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antonella en cdmx · May 27, 2026

La última entrada de mi diario

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Mi discurso interno del 26 de mayo

Procuro escribir mis pensamientos casi todos los días en una libreta. Es una práctica que empecé hace tres años, después de leer “The Artists Way” (¡como todas las chicas bonitas e inteligentes de mi generación!). Mi forma de hacerlo ha evolucionado con el tiempo para moldearse a mis tiempos, intereses, ganas… No escribo tres páginas obligatorias, y no regreso a leer todo hasta terminar con la libreta. Escribo a mano, una transición que hice hace un año y medio y marcó un antes y después en mi acercamiento con la práctica.

Llevo escribiendo en una libreta verde desde septiembre del 2025, una libreta de papel que se está despedazando. Como paso por muchas de ellas, le compro a hands & crafts sus Secret Boxes, donde te mandan las libretas que no pueden vender porque son muestras o tienen algún detalle. Creo que esta libreta era un prototipo, y entiendo por qué no la venden. No importa, a mí me gusta adoptarlas.

Marco (mi novio) le dibujó la carta del Mago del tarot en la portada, porque el mismisimo tarot me dijo que esa era la energía que traía esta libreta. Después de siete meses, finalmente la terminé. O, bueno, decidí que ahí terminaría. Dejo aquí la última entrada. Cualquier falta de ortografía, gramática o sintaxis es parte de la naturaleza del texto.


26 mayo 2026

Esta será la última entrada a esta libreta. Aunque le queden hojas al final, las dejaré vacías. Creo que he estado escribiendo menos porque ya me cansé de escribir aquí. Me lleva acompañando demasiado tiempo, como un hongo en la uña del pie. Que, por cierto, no tengo, ya me chequé con el podólogo. Decidí no llevarme esta libreta a Nueva York por varias razones: La primera, por miedo a perderla y que se pierdan la infinidad de pensamientos intrusivos, malas ideas y dudas que me han inundado en los últimos meses. También porque como que no quería escribir. Dije que me compraría una libreta llegando allá pero ese momento nunca llegó. Mantuve todo en mi cabeza. Más que vivirlo, quería procesarlo. Nueva York me persigue como la Coppel persigue a un deudor. Esa ciudad y yo tenemos una deuda. Demasiado iluso pensar que llegando allá, todos mis sueños se harían realidad. A veces quisiera congelar el tiempo y tener 28 años para siempre. Es una edad que me permite no haber cumplido mis sueños. Es la edad justo antes de ya no poder hacerlo. “¡Apenas tienes 28!” un recordatorio de mi propia juventud. No sé si esa misma frase funciona con los 29 o los 30. A veces la Ciudad de México funciona como los 28. Si tus sueños no se cumplen aquí, puedes culpar a la ciudad. Falta de oportunidades, tercer mundo, falta de interés… gente sin cultura, analfabeta de las artes, puro low brow… no hay dinero, no hay tiempo, otras prioridades… Siempre habrá una razón para culpar a la ciudad. Siempre habrá una razón para culpar a los 28. Falta de experiencia, falta de herramientas, falta de apoyo… Dicen que la juventud se desperdicia en los jovenes pero eso es porque hablan con la voz de la experiencia. Más sabe el viejo diablo por viejo que por diablo. Me siento en una zona segura, 28 y en Ciudad de México. Donde puedo culpar a todos por mis problemas, por no haber llegado a mis objetivos. Y algo de culpa tendrán, no los eximo por completo, pero se me acerca una edad donde apuntar dedos ya se vería algo patético. Y tengo que decidir, si esta pinche ciudad no me da lo que quiero, pues me tengo que salir. Y me abruman las posibilidades, o la falta de. A veces lo que más me abruma es solo no conocer las pinches convocatorias y en qué fecha abren y cierran. Dedicarle tiempo y esfuerzo y que la respuesta sea no. Pero también sé que no aplico a las convocatorias más competídas porque creo que no me las merezco. Creo que no soy lo suficientemente buena. Sigo esperando a que alguien me de permiso. Y luego me quejo y me quejo de que nadie me apoya y estoy sola en el mundo. La única que tiene que confiar en mi soy yo, y aquí estoy, valiendo verga. Carcomiéndome la cabeza con todas las razones por las cuales la sociedad, la vida, el sistema no me va a permitir avanzar cuando yo soy mi más grande tope. Me da miedo el rechazo, me da miedo que alguien ponga en palabras lo que mi cabeza repite. Me da miedo no tener la fortaleza para mandarlos a la verga, y sucumbir ante sus comentarios. Todavía no me sé defender, como en el Muay Thai. Cuando me sueltan un putazo, todavía cierro los ojos y me echo para atrás. En vez de poner una guardia y golpear de vuelta. Antes lo achacaba a una falsa humildad, pensando que lo hacia por mi disposición a seguir aprendiendo. Mentira, lo hago porque no hay huevos. En el MOMA, dos viejas distintas me quitaron el lugar que Marco me estaba apartando. Y en vez de decirles algo, solo me quité. Amabilidad, mantener la paz, ser budista y que se me resbale, mis pinches huevos. Es puritito miedo. A generar un conflicto, a quedar mal, a caer mal, a que la gente diga groserías sobre mí, a mis espaldas o en mi jeta. Humildad, paz, amor, vete a la verga. Solo quiero hacerme tan chiquita que desaparezca. Solo quiero quedar bien. ¿con quién? quien sabe. Pues a base de puro quedar bien, ser buena onda y estar en mi zona de confort, no voy a lograr nada con mi pinche vida. Nada de lo que quiero, nada de lo que me haría feliz. Verga, por eso ser mamá a veces suena bien. Sucumbir a eso, al pobre de mi, pobre de mi, yo no logré nada, entonces a ver si tú lo haces por mi. Quien quiere de mamá a una vieja que no se sabe defender, que no le sabe defender. Este es el “amor propio radical” del que habla mi carta astral. Tengo que imponerme en el mundo. Aunque me de miedo, miedo, miedo y miedo. Tengo que entrarle a los putazos y aprenderme a defender.

¡Ahí te voy pinche mundo!

¡Soy yo, Antonella Parolini Arroyo!

¡Y tú te vas a la verga! ¡Y tú también! ¡Y tú más!

¡Soy yo! ¡Solo yo contra el mundo!

Y hay huevos, sí hay.


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