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antonella en cdmx · Jun 23, 2026

Italia v Francia, 2006

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Antonella Parolini Arroyo · antonella en cdmx

Algunos de los hechos redactados no sucedieron tal cual están escritos. Esto sucedió hace veinte años, y olvidé algunos detalles en el camino. De cualquier forma, este cuento está basado en hechos reales.

Mi papá estaciona la minivan rentada afuera de un hotel, que más que un hotel es un conjunto de cabañas en medio del bosque, a media hora manejando del Lago di Garda. Se baja del coche y corre hacia la cajuela. Mi mamá se encarga de bajar a mi hermano. Mi hermana, Loredana, y yo, Antonella, tenemos siete y ocho años respectivamente, por lo que podemos hacernos cargo de nosotras mismas. Mi mamá ayuda a Giorgio de seis años a saltar de la pequeña plataforma del coche. También viene con ella Alessio, pero nosotros todavía no sabemos. Tiene apenas tres meses de embarazo. Mi papá baja las maletas con prisa. Carga una tras otra sin cuidado y nos pide que le ayudemos a llevarlas. Esa prisa con la que hace las cosas, la preocupación que muestra en el rostro cuando no le sale como él quiere, provoca en mí una angustia que me lleva a actuar. Resolver, ayudar, arreglar, lo que sea para que mi papá deje de refunfuñar mientras completa sus tareas. Apuro a mi hermana para que entre las dos carguemos las maletas hacia la recepción. Mi mamá se acerca enojada y le dice que se calme, va a llegar con tiempo al tren.

Llevamos manejando por Europa dos semanas, un viaje que hacemos cada dos años para visitar a la familia de mi papá. De paso, aprovechamos para conocer otras ciudades europeas. Este año, empezamos en París, una ciudad con la que mi mamá comparte una larga historia. Ella vivió aquí en sus veintes, y me había contado mucho sobre sus aventuras aprendiendo francés, tomando Kir Royal y comiendo croissants en los cafecitos esquinados. Llegamos a un hotel con vista a la Torre Eiffel, que cumple con las anécdotas románticas de mi mamá. Tiene cortinas de gamuza sobre los ventanales que van desde el techo hasta el piso. Las camas son moradas y las paredes magenta están cubiertas de patrones tipo damasco. Me siento en un sueño.

El viaje estaba estratégicamente planeado para que llegáramos antes del primer partido de Italia en fase de grupos, donde juegan contra Ghana. El mundial de fútbol se lleva a cabo en Alemania, por lo que la emoción de la audiencia se siente a la vuelta de la esquina. Vamos a un bar cerca del hotel, donde nos encontramos con otros expatriados italianos usando la azzurra.

Nos toca arriconarnos en una mesa justo por debajo de la tele, ya que todos los asientos están llenos. El bar parisino continúa con mi fantasía: Acabados de madera oscura, candelabros dorados pegados a la pared, manteles de lino blancos. Estoy inmersa en un idioma que no conozco pero que se siente familiar. Mis clases de italiano nunca surtieron efecto, a menos de que cuente saberse los nombres de los animales y una canción sobre tomarse una foto (“Ti faccio la foto, stai così, ti faccio la foto, guarda qui”). Fue hace dos años que visité Europa por primera vez. Ahí, Italia se dejó de sentir como un recuerdo distante de una vida ajena y pasó a tener rostros, olores y sensaciones. Mantuve en mi cabeza la forma de los árboles, que son largos y picudos y llegan a alturas obscenas. Se quedaron ahí también las construcciones de mármol y ladrillo, que resuenan con épocas que aún no logro razonar. Sobre todo el sabor a jugo de durazno fue un punto de inflexión, algo que me regresa instantáneamente al verano en la bota europea. Aunque no entiendo el idioma, entiendo ya la entonación con la que hablan los locales, las series que ven las niñas de acá (Winx Club), y los colores que pintan sus cordilleras. Pero Paris, Paris me sigue sorprendiendo.

Italia mete un gol poco antes del medio tiempo que anima a todo el bar. A mi papá le invitan una cerveza para celebrar, mientras que mi mamá rechaza la oferta. Mi papá habla en italiano con los demás comensales, y mis hermanos y yo lo observamos como si tuviera una vida secreta de la cual no nos ha contado. Mi mamá aprendió italiano cuando conoció a mi papá, y también hace comentarios, sobre todo acerca de como nosotros no entendemos nada (“No, non parlano italiano”).

La segunda mitad del juego nos mantiene tensos hasta el minuto ochenta y tres, donde Italia mete otro gol. El bar irrumpe en celebraciones, en lo que es el debut y primer partido ganado de La Nazionale. Mi papá canta las porras de los hinchas que inundan el bar, y a mí me apodera algo que entiendo como felicidad. Nunca había experimentado este nivel de euforia colectiva. Las presentaciones de ballet y piano en los que participo nunca provocan una reacción de este estilo. Esta gritadera, esta jalada de pelos, esta expresión pura de la emoción, algo hace click dentro de mi. Cuando se acaba el partido, mi mamá anuncia que se irá de vuelta al hotel con nosotros. Yo le pido quedarme con mi papá. Mi mamá pregunta si estoy segura, ya es bastante tarde. Yo respondo que sí, con total seguridad. Nos quedamos un rato más ahí, mi papá y yo. Él tomando cerveza y hablando con los demás comensales en italiano, yo tomando agua mineral y viéndolo intercambiar frases de ese código secreto. Ya sin mis hermanos, solo él y yo, creo entender lo que dice.

Salimos hacia el hotel una hora después, a ubicarnos entre las calles estrechas y las construcciones Art Noveau. Mi papá se pierde en el camino. Con solo un mapa de papel para guiarnos, y él con una, dos, tres, cuatro… cervezas encima, parece una misión imposible llegar a nuestro destino. Recuerdo que desde el hotel se ve la Torre Eiffel, le digo a mi papá que tenemos que caminar hacia ella para llegar. Cual Reyes Magos siguiendo la estrella hasta Belén, avanzamos hacia la construcción de hierro hasta llegar a nuestro destino, con solo la luz del alumbrado público iluminando nuestro camino. Al entrar a mi cuarto, escucho como mi mamá le grita a mi papá con la puerta cerrada, pero yo sonrío mientras me cubro con las sábanas acartonadas.

Desde entonces, habían pasado dos semanas. Dos semanas en las que Italia logró pasar la fase de grupos (después de empatar con Estados Unidos y ganar contra República Checa), para luego ganarle a Australia en octavos y así, llegar a cuartos. México había pasado la fase de grupos, pero el partido contra Argentina (en el mundial donde debutó Messi) los eliminó en octavos. Por descarte, le íbamos a Italia. Cada partido lo vimos en algún punto de nuestro viaje por carretera, ya sea en pueblos de paso con un total de mil personas, dos perros y una iglesia cucha, en alguna ciudad con pizza, pasta y piazzas, o en un Autogrill, donde parábamos por paninis de prosciutto y por Nutella & GO! con Estathé (el snack de carretera perfecto). Con cada partido en el que el equipo de mi papá avanza, algo maquina dentro de su cabeza. Una obsesión por estar ahí. Mientras tanto, mi mamá se enfoca en que sus tres hijos lleguen con todas sus extremidades al siguiente destino.

Cuando fue evidente que Italia podía llegar a la final, en un arrollante 3-0 contra Ucrania que lo llevó a semis, mi papá hizo un ajuste en su itinerario. Nos instaló con su familia en Brescia, y se fue a a Florencia a inscribir a su sobrino a la universidad (Convenció a mi mamá de hacerlo en una conversación que resultó en el brillante intercambio “Tienes que cuidar a tus hijos, eres su papá”, “Sí Claudia, pero él no tiene papá”). Lo que mi mamá no sabía es que un amigo ecuatoriano de su sobrino había ganado la rifa de la FIFA, y le estaba ofreciendo la entrada en mil dólares. Mi papá accedió, y así fue como terminó con un boleto para la final del mundial 2006, en el gallinero del Olympiastadion en Berlín. Cuando regresó a Brescia, nos dio la noticia. Prometió que se iría una noche antes del partido y se quedaría a dormir solamente una noche más. Sobra decir que a mi mamá no le encantó la idea.

Solamente faltaba esa semifinal contra Alemania, donde Italia se enfrentaría al anfitrión del mundial en su propio territorio. Llegamos a nuestro siguiente destino del viaje en carretera, Montinelle, un poblado a un lado del Lago di Garda en donde vive mi tía Chiara con su esposo y sus gemelas de dos años. Nos reunimos en un beergarden, que a pesar de ser alemán, está lleno de italianos. Pedimos de comer salchichas, papas fritas y hamburguesas. Yo amontono mi hot dog con sauerkraut, el inicio de una bella y larga relación con los encurtidos.

Empieza el partido. Mi papá dice que Cannavaro está jugando muy bien. Yo no entiendo nada pero reconozco con mi hermana que el capitán del equipo está guapo, con sus pestañas largas y sus ojos claros. Ninguno de los dos equipos mete un gol. El partido se va a la larga y a mi papá se le ponen los pelos de punta. Ya cuenta con un boleto para esa final, ya se peleó con su esposa al respecto, ya es personal el asunto. La Azzurra le debe una.

En los siguientes veintinueve minutos, no pasa nada, y parece que los equipos se enfrentarán en penales. No es hasta el minuto 119’ que Pirlo le filtra un pase a Grosso, quien anota el primer gol del partido. A un minuto de que termine, el equipo italiano lleva la delantera. El beergarden se vuelve loco. Todos chocan sus vasos llenos de cerveza alemana para celebrar el logro del equipo italiano. Mis hermanos y yo gritamos “GOOOOL” con singular alegría. No hemos dejado de celebrar el primero, y Del Piero anota un segundo gol en tiempo extra. Italia asegura su lugar como finalista.

Mi papá hace el check in más veloz jamás visto en la historia de la humanidad. Nos da a cada uno un beso en el cachete, y cuando ya está por regresar al coche para emprender carretera hacia Milán, mi mamá le dice.

—Giorgio, no te pases, ayúdanos con las maletas.

Entre mi hermana y yo llevamos la nuestra a un cuarto. Mi papá lleva las demás al cuarto donde mi mamá se quedará con mi hermano. Ahora sí se despide: nos dice que nos portemos bien y que regresa en tres días. Intenta despedirse de mi mamá, pero ella no le da la cara. Él toma el coche, para llegar a la estación en Milán. Ahí, lo dejará estacionado para después tomar un tren de trece horas hacia Berlín.

En las cabañas no hay nada. Nada más una máquina dispensadora de papitas, un jardín, y una alberca llena de hojas de los árboles. Loredana y yo nos instalamos en nuestro cuarto, con paredes beige de palomita y cortinas pesadas de manta, y nos echamos en la cama a jugar Nintendo. Mi mamá va a la recepción, escucho que les pide el teléfono (es la misma palabra en italiano y en español). A quién le habla y lo que está diciendo no lo entiendo por lo del idioma, pero el tono con el que dice las cosas lo conozco muy bien. Está molesta, cansada, un nivel de cansancio que provoca que se le forme un nudo en la garganta mientras habla. Mi mamá regresa al cuarto y azota la puerta. Salgo para allá y le toco.

—Voy

Se aclara la garganta y me deja pasar. Veo que tiene los ojos rojos, hinchados, mientras saca ropa sucia de las maletas. Le pregunto si todo está bien.

—Tu papá, no piensa en nadie mas que en él mismo.

Yo me siento en una esquina de la cama sin decir nada. Mis papás nunca han sido muy cariñosos, pero este viaje es la primera vez que los veo peleándose. Es la primera vez que entiendo que algo no está bien. La escucho un rato más mientras sigue recogiendo ropa.

—¿Qué haces con la ropa?

—La voy a lavar, otra cosa que a tu papá no se le ocurre que tengo que hacer.

—Yo te ayudo.

Entre mi mamá y yo llevamos las cubetas de ropa sucia a la lavadora. En México, mi mamá no lava ropa. La lava Romina, la señora que trabaja con nosotros desde que éramos chicos. Ver a mi mamá dividirla en diferentes tandas me parece una imagen ajena. Al mismo tiempo, disfruto que me explique donde tiene que ir el jabón y qué botón se debe picar. Mientras lo hace, me cuenta sus anécdotas parisinas, donde tenía que llevar la ropa a una lavandería a cinco cuadras de su departamento. Me gusta hacer esto con ella. Mientras separa la ropa a color de la blanca, me pide que ponga toda la ropa interior en un fregadero. Me explica que antes de echarla a la lavadora, debemos tallarla a mano.

Una vez terminada la separación, empezamos a lavarla. Primero, unos calzones míos y otros de mi hermana. En el fregadero, los tallamos con jabón hasta que ya no tienen manchas, y los echamos a la lavadora. Después, unos de mi mamá y otros de mi hermano. Hacemos lo mismo, y los echamos a la lavadora. Luego, me pasa unos calzones de mi papá y ella lava unos suyos. Tomo los calzones en la posición que estaba empezando a perfeccionar, y noto algo distinto. Una mancha café en la parte posterior. La simple imagen hace que me dé una arcada. Mi mamá pregunta qué pasó.

—El calzón de mi papá tiene popó.

Ella lo ve, me ve a mí y se muere de la risa. No ante el calzón cagado de mi papá, sino ante mí reacción nauseabunda. Intento volver a tomarlo, cerrar la nariz y respirar por la boca, pero la imagen me genera tanto asco que me vuelve a dar una arcada. Mi mamá se ríe como nunca antes la he visto reírse. Intento limpiarlo una vez más, pero algo dentro de mí no me lo permite. Mi mamá lo toma y lo limpia ella, aún riéndose ante la imagen. Lo echa a la lavadora, y seguimos lavando lo demás.

En la noche, llega mi tía Chiara.

—Non posso credere che Giorgio ci ha lasciato qui, e senza nemmeno l’auto.

Ella nos lleva en su coche por una pizza (no crean que lo de los italianos y la pizza es un estereotipo, la regla se cumple al cien por cien). Mis hermanos y yo compartimos una de salami, la única que nos gusta, mi mamá pide una insalata della casa y mi tía se pide una pizza vegetariana para ella sola. Nos molesta por compartir una pizza entre todos, ya que en Italia las pizzas se consideran individuales.

—State a dieta, nipoti?

Mientras mis hermanos y yo cenamos, discutiendo sobre alguna serie de Disney Channel o el perrito que adoptamos en el Nintendogs, mi mamá habla rápidamente en italiano con el mismo tono que usó al hablar por teléfono.

El día siguiente pasa sin más acontecimientos. Salimos al jardín a correr, nos echamos a jugar Nintendo, mi mamá lee un libro. Casi no parece que la final sea esa noche. Se acerca la hora del partido y yo me pongo ansiosa. Quiero estar ahí. Quiero saber qué hace mi papá, cómo se ve su alrededor. Quiero salir a las calles y estar con la gente. Considero preguntarle a mi mamá si podemos salir a verlo a algún lado, pero decido no hacerlo. Mi intuición me dice que no es buena idea.

El partido empieza a las ocho p.m. Mi mamá pide unas pizzas a la habitación de la misma pizzería a la que fuimos ayer (otra vez, es así) y ponemos la final en la pequeña televisión del cuarto. Entran los jugadores y empiezan las porras. Buffon, Materazzi, Cannavaro, todos recibidos con una bulla extraordinaria. Mis hermanos y yo observamos el estadio, lleno de italianos y franceses perdiendo la cabeza. Intentamos encontrar a nuestro papá en el público pero es imposible, hay demasiada gente. Después de que suenan los himnos nacionales, Zidane y Cannavaro intercambian balones, intercambian banderas, y empieza el partido. Hemos escuchado mucho de este tal Zidane, el pelón que lidera el equipo francés. Dicen que este será su último partido, su retiro del fútbol. Sabemos que se quiere retirar con una copa en las manos.

Las narraciones son en italiano y pretendemos entender lo que dicen. En el minuto seis, Materazzi le mete el pie a Malouda, y el árbitro argentino saca una tarjeta roja. Mi mamá voltea a la pantalla, mientras termina de doblar ropa.

—Esto es lo que le pasa a los italianos, se ponen nerviosos y juegan sucio.

Yo asiento, aunque no sé a qué se refiere. Ponen a Zidane al mando del penalti. Él patea hacia la izquierda y Buffon se avienta a la derecha. Mete el gol, una noticia devastadora para estos tres niños ítalo-mexicanos. No entendemos mucho de defensas y medias canchas, pero entendemos muy bien lo que es un gol en una final tan reñida. Incluso mi mamá dice algo en voz baja que se asemeja a una grosería. Llega la pizza.

Mi mamá trae servilletas del restaurante del hotel y comemos nuestra pizza de salami desde la cama, atentos a lo que sucede. Mi mamá jamás nos deja comer en la cama en México. En el minuto 19’, un tiro de esquina y un cabezazo de Materazzi lleva al equipo italiano al empate. Gritamos con emoción total.

El primer tiempo termina sin muchas noticias. Muchos goles parados pero nada que cambie el marcador. Durante el medio tiempo, Giorgio patea una pelota en el jardín, gritando “¡GOOOOL!” cada que pega en cualquier lado. Parece que somos los únicos huéspedes en el hotel, ya que nadie se queja del ruido. Mi mamá nos trae bolsas de papitas de la máquina dispensadora. Las papas italianas no son muy buenas, tienen sabores raros como tomate y cebolla con aceituna. Aun así, nos las devoramos en cuanto empieza el segundo tiempo.

En el minuto 62’, Italia mete un gol. Nosotros celebramos lo que parece que llevará al equipo a la victoria.

—No, esperen. Fue fuera de lugar.

Vemos las repeticiones en pantalla. Toni se encontraba dentro del área chica al patear la pelota. El gol se anula. La tensión regresa mientras avanza el tiempo. A Zidane se le disloca el hombro, y mi hermana y yo nos estremecemos con asco mientras se lo acomodan fuera de la cancha. El partido se va a la largue, y nos queda claro que hoy vamos a desvelarnos. Mi mamá no dice nada, está igual de atenta que nosotros. En el minuto 104’, Zidane intenta meter un gol con un cabezazo, pero Buffon usa los reflejos que lo hicieron famoso y para la pelota. Zidane grita como un loco, y el equipo italiano celebra el paradón. Nosotros gritamos “ITALIA, ITALIA, ITALIA”.

Vemos como los jugadores se ponen más tensos, se gritan cosas entre ellos que nadie logra escuchar y se deja notar el nerviosismo en sus rostros.

—¿Ven? Así son los italianos, ya están insultando a los franceses.

En el minuto 110’ la cámara captura a Materazzi, que no ha dejado de ser protagonista desde el primer segundo. Le dice algo a Zidane con desdén. Algo que lo hace enojar tanto, que le da un cabezazo seco en el pecho que lo tumba al piso.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¿Viste?

Yo me quedo atónita. Nunca había visto algo así pasar en la cancha. El árbitro saca una tarjeta roja, y Zidane se retira del partido.

—Vean niños, así lo van a recordar. En vez de como ganador, va a irse del partido con la cabeza abajo. Por orgulloso.

Mi mamá inserta una lección de vida más en su narración del partido. Para este punto, ya sabemos que si no sucede nada en los siguientes diez minutos, se irán a penales. Pensamos que sin el mejor jugador de Francia, Italia tiene más chances de meter un gol. Pero no, no sucede nada.

Ahora sí estamos al borde de la cama, atentos a cada movimiento. Los equipos se alinean frente a la portería y el nerviosismo es casi demasiado. Mi mamá considera salir del cuarto, y regresar una vez que termine todo, pero le pedimos que se quede. Todos nos agarramos las manos para presenciar el primer intento, liderado por Pirlo. Él mete la pelota y celebramos, aunque poco, porque sabemos que faltan tres más. Francia también mete su gol. Después viene el ya protagonista Materazzi, que mete el siguiente. Se sigue con uno de Trezeguet, un jugador francés que lleva el balón directito, directito al palo. La hinchada italiana celebra, nosotros nos volvemos locos. Aunque aún no hay garantía de nada, un penalti fallido de Francia nos catapulta más cerca de la copa.

Nos volvemos a agarrar las manos, esperando el tercero de De Rossi. Anota, luego anota Francia, luego Italia, luego Francia otra vez. El quinto penalti cae en manos de Fabio Grosso, quien tiene la oportunidad de darle a su país la copa del mundo. Nos acercamos a la pantalla, con ojos de canica. Bajo otras circunstancias, mi mamá nos diría que no veamos la pantalla de tan cerca, pero incluso ella se acerca con expectativa. Grosso tira el balón a la derecha, el portero se avienta a la izquierda, y esta entra sin dificultad alguna a la portería. Los jugadores salen corriendo por la cancha, y nosotros junto con ellos por el cuarto.

—“¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!”

Escuchamos a los coches pitar en la calle. Es así como nos entonamos con el resto de la ciudad, que celebra con nosotros esta final vencida. Saltamos de una cama a la otra. Mi mamá grita junto con nosotros. Los narradores repiten una y otra vez:

“CAMPEONI DEL MONDO, CAMPEONI DEL MONDO, CAMPEONI DEL MONDO”

Nos sentimos parte de algo, de este país que solo hemos visitado dos veces y cuyo idioma no conocemos. Nos entendemos como parte de sus celebraciones, de su fiesta. Hoy ahorita, nos entendemos campeones del mundo. El equipo sale a la cancha y Cannavaro levanta la copa.

Mi papá sale del estadio a las once y media de la noche. Las calles se inundan con el casi millón de turistas que visitan la capital alemana para celebrar la final. Al llegar al hotel, donde planeaba quedarse esa noche, un amigo le dice que vayan a un bar juntos, a terminar de celebrar la victoria con los demás compatriotas. Mi papá responde:

—Sabes qué, yo creo que ya me voy. Dejé ahí sola a la familia.

Toma sus maletas del cuarto y pide un taxi a la terminal Hauptbahnhof. Ahí, compra un boleto para el primer tren hacia Milán. Se trepa en el vagón, lleno hasta la borda. A falta de asientos, se duerme en el piso hasta reunirse con nosotros.

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Read the original on antoparolini.substack.com

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