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antonella en cdmx · Jul 6, 2026

El dharma, la sangha y la Selección Mexicana

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Antonella Parolini Arroyo · antonella en cdmx

Desde que tengo memoria, recuerdo a los futbolistas mexicanos como ególatras, fiesteros, y más preocupados por cobrar lo que les dejaría un comercial de Sabritas que por jugar el juego. Este probablemente sea un recuento injusto, ya que parto solamente de lo que veo en las noticias, y tampoco soy la aficionada más grande del juego, pero recuerdo el escándalo de la fiesta del 2010 donde rompieron concentración con las famosas “veintiséis mujeres” sin conocimiento de su director técnico, incidente que se repitió en el 2011 antes de la Copa América. Recuerdo cuando Cuauhtémoc Blanco se postuló cómo gobernador de Morelos, una gobernatura entintada por enriquecimiento ilícito y el asesinato del activista Samir Flores Soberanes. Recuerdo el video de Zague, (sí, ese), y la soberbia del Piojo Herrera en las entrevistas y en la cancha. Incluso recuerdo al Chicharito ya retirado, queriendo jugarle a ser un Andrew Tate región cuatro. Imposible enlistar todas las controversias que han existido en torno a la Selección Mexicana, estas solo son algunas que a mí me han saltado. Hemos tenido muchos equipos y jugadores a los cuáles ha dado pena apoyar.

Esto, señoras y señores, es lo que en el budismo y en las comunidades psicodélicas llaman EGO INFLADO. El acceso al poder de estas pseudo celebridades les hacía actuar de la peor forma posible. Desde una búsqueda incesable por el placer, un desinterés por su equipo y sus fans, y un interés único por sí mismos, cada mundial venía pintado de una controversia que nos hacía perder la esperanza. Ante estos hechos, era inevitable despreciar y condenar el futbol mexicano. Parecía solamente un dispositivo para crear hombres soberbios y violentos, que se mareaban con subir al más pequeño banquito. Y me limito a hablar sobre lo que veíamos en la cancha y en las noticias, porque lo que sucede detrás es mucho peor. Corrupción para seguir creciendo dentro del equipo, lavado de dinero, narcotráfico, incluso asesinatos. El fútbol mexicano es así una herramienta del heteropatriarcado capitalista (Wow, hace mucho no escribía esas palabras juntas. Regrésenme a la universidad y pónganme un pañuelo morado en la cabeza), que perpetúa lo peorcito de nuestra sociedad. Porque, lo más cabrón, era que ni así daban buenos resultados. Pasamos de ser un equipo atorado perpetuamente en octavos, a que en el mundial del 2022, no pasáramos de la fase de grupos. Entonces, hombres insoportables y malos resultados, ¿qué quedaba por apoyar?

El Mundial del 2026 alojado en México, en conjunto con otros dos países irrelevantes para el fútbol y para este texto, venía con una energía rancia desde el principio. El presidente que anunció que el mundial sería en México fue nada más y nada menos que Peña Nieto, un títere del PRI que es el más fiel representante de un gobierno interesado solamente en el poder y todo lo que este le puede traer. Una FIFA que busca expandirse golosamente, sin consideración alguna por la cultura del deporte que representa, que viene cargando un legado de corrupción (la palabra que más leerás aquí) y sacudidas de manos con países y personajes que le ayudan a expandirse económicamente sin límites. México sería el único país que no le cobraría impuestos a la FIFA al ser anfitrión, y los precios de los boletos en el estadio dejaron claro que este sería un mundial para unos cuantos. Aunado con los problemas preexistentes a nuestro país, que fueron caso de manifestaciones y denuncias por parte de la civilización, que señalaba al gobierno de dedicarle mayores recursos al deporte que a la inseguridad y la violencia sistemática.

Con todo esto en conjunto, ¿qué chingados quedaba por celebrar? Corrupción, violencia, soberbia, es increíble el nivel de disonancia cognitiva con el que tenemos que vivir los mexicanos para tener una vida normal. Yo fui al partido inaugural. En ese momento, a quienes les emocionaba ligeramente el torneo se les llamaba cómplices. A mi, el boleto me lo regalaron, y entendía las implicaciones que tenía. El mundial de unos cuantos, unos cuantos de los que yo formaba parte. De camino al estadio, una chica y un chico de alrededor de veinte años caminaban detrás de mí. Venían vestidos de negro e iban a la manifestación que se formaba fuera de las inmediaciones que la FIFA había bardeado. Decían en un tono lo suficientemente fuerte para que los pudiera escuchar, “Qué chido poder estar en un partido de fútbol en vez de denunciando a los desaparecidos.” “No sí, qué chido poder pensar en el mundial en vez de en el despojo, las madres buscadoras, el crimen organizado…” Voltearme y decirles que yo respetaba su derecho a la manifestación, y que de hecho yo también me había manifestado para protestar en contra de los temas que ahora decían que no me importaban, parecía estúpido e inútil. Sabía que formaba parte de un grupo de gente que ahora se consideraba ignorante y desconsiderado, y que me tocaba comer mierda.

Al inicio, parecían ser pocos los emocionados por el torneo. Mientras los partidos avanzaban, más y más personas se unieron a las celebraciones. En el partido contra Sudáfrica, fueron cuatrocientas mil personas al Ángel, contra Corea el doble, y contra República Checa, habían más de un millón de personas celebrando en conjunto. También fue cambiando la percepción pública que había contra quienes veían el mundial. Ya no era un tema de ellos contra nosotros, sino que se empezó a vislumbrar lo que es tan bonito del fútbol. Éramos todos con todos, chile, mole y pozole, juntos para celebrar la victoria de México. En este país, victorias parece que tenemos pocas, por lo menos victorias que formen parte de la monocultura (Por ejemplo, el mismo día que perdimos contra Inglaterra, el mexicano Isaac del Toro ganó la segunda etapa del Tour de France. De eso no nos enteramos ni fuimos al Ángel a celebrarlo).

Con el internet, la cultura se ha dividido en mil pedazos. Ya no escuchamos todos la música que suena en la radio, sino que escarbamos nichos musicales que nos separan de los demás jóvenes. Ya no vestimos la misma ropa, ni vemos las mismas series, ni las mismas películas. Cada quien es una isla, y lo que nos emociona a nosotros difícilmente emociona al de al lado. La Selección Mexicana nos estaba regresando la oportunidad de celebrar en conjunto, con un mismo objetivo en mente.

Se volvió más fácil celebrar a la selección entre más conocíamos a los jugadores, por medio de redes sociales y videos del pasado que se iban desenterrando. Supimos que a uno de los jugadores más queridos (La Hormiga) le gusta el anime, algo nunca antes visto por los que crecimos bulleados por nuestros gustos “raritos”, a manos de los que jugaban fut en el recreo. Otro futbolista con gustos alternativos, el Piojo Alvarado, era skater profesional antes de debutar. Quiñones, haciendo su debut en el mundial con el país que lo adoptó y regalándonos cuatro goles, convirtiéndose en el máximo goleador que ha tenido esta selección. Y claro, imposible no mencionar a Mora, el jugador más joven del mundial con solo diecisiete años que ya está rompiendo los records que rompía Pelé a su edad. Incluso a los que ya habíamos visto cientos de veces antes, los vimos distintos. Raúl Jiménez, desafiando todas las expectativas que los doctores le habían dado con su lesión en la cabeza. Memo Ochoa, que se robó nuestros corazones con su última aparición en un Mundial, y parecía guiar a los jugadores más jóvenes con devoción. El fútbol sostiene la posibilidad de transformar realidades, como en el caso del Tala Rangel, que vivía en pobreza extrema antes de ser el arquero de la selección. Mateo Chavez, Jorge Sánchez, Edson Álvarez, hay suficientes historias para escribir sobre cada uno de ellos. Pero lo mejor sobre esta selección, fue que trabajaron en conjunto. El interés no fue hacer brillar a la estrellita del equipo, sino utilizar las fortalezas de cada uno para hacer sobresalir a la selección como un todo. Y aquí, a quien tenemos para aplaudir es al Vasco Aguirre, que tomó una dirección distinta para crear un equipo que parecía jugar con el corazón en la cancha.

Maldita sea, se nos olvida que somos un animal SOCIAL. Venimos aquí a convivir con el otro, construir en conjunto a crear cultura. Y cuando nos apoyamos los unos a los otros, realmente nos volvemos más fuertes. Esa unión se sentía dentro y fuera de la cancha, con la afición en las calles, con los amigos en los bares, con los hinchas en el estadio. La fortaleza de la raza humana es esa, crear sistemas elaborados en conjunto por medio de la comunicación. Es hablar, colaborar, construir, soñar.

Entonces, ¿por qué no ganamos?

El budismo nos enseña muchas cosas, pero creo que la lección más grande es esta: El deseo es la raíz de todo el sufrimiento. Las expectativas que generamos en torno a nuestras vivencias, las demás personas, nuestro propio desempeño, vienen desde el apego a que las cosas deben suceder de una cierta forma para que nos sintamos felices con los resultados. Cuando los hechos inevitablemente suceden de otra manera, empieza un ciclo de insatisfacción. Deseo algo (fundamentado en mi ego), no lo consigo, me decepciono. O inclusive, deseo algo, lo consigo, entonces deseo más. Sea como se den las cosas, el deseo siempre lleva a más deseo. El deseo siempre puede terminar en decepción.

El icónico “¿Y si sí?” se volvió interesante porque era una pregunta abierta. Ahí se sostenían todas las posibilidades de a lo que podía llegar la selección. El deseo nunca fue solamente ganar, sino que las cosas sucedieran de forma distinta.

No intento decir que no debemos luchar por conseguir nuestros objetivos, sino que debemos soltar la expectativa de lo que nuestros esfuerzos darán como resultado. Podríamos enlistar aquí todo lo que llevó a que nos quedáramos otra vez en octavos: La dirección del Vasco Aguirre, el descuido del contragol, la participación de los Ingleses… Esa es una tarea para los comentaristas y para Rafa Marquez. Pero nosotros, los fans, tenemos otro lugar. Nosotros podemos reconocer el sentimiento, lo que sí fue distinto de este mundial. De venir cargando con jugadores llenos de soberbia, que nos daban pena con las noticias sobre su comportamiento, a llegar con una nueva generación de jugadores, que tenían un auténtico interés por jugar el juego en equipo, de la mejor forma posible. Muchos de nosotros tenemos la edad que tienen estos nuevos jugadores, y nos tocará verlos crecer y participar en muchos más mundiales. Hay que cuidarlos y no caer en la desesperación. Si los abucheamos, o dejamos de reconocer lo que hicieron distinto, estamos alineando su camino para crear una nueva generación de vatos pendejos más preocupados por sí mismos que por la cancha. Sí se sintió diferente este mundial, y sí pasamos al quinto partido, aunque no contáramos con que cambiarían las reglas del juego (tal vez a la próxima, debamos ser más específicos con lo que pedimos.)

Y también, nunca hay que dejar de ser críticos. El caso de Gilberto Mora es uno que nos enseña que cuando la LigaMX se enfoca en encontrar talento joven y apoyarlo, la selección se vuelve más fuerte. Hay que condenar la corrupción que ha caracterizado los ascensos dentro de nuestras ligas, y seguir impulsando que los directivos desarrollen el talento joven, que muchas veces se encuentra en lugares poco privilegiados, en vez de consentir al que existe para exprimirle unos centavos. Seguimos limpiando los precedentes del pasado. Querer todos los resultados rápido es de golosos, la paciencia es nuestra virtud más grande. Hay que construir con cimientos fuertes, cimientos que parece apenas acabamos de conseguir. Diría mi novio, “no seas hambreadx con tu éxito.”

También, debemos seguir siendo críticos con nuestro gobierno. Debemos apoyar a quienes encontraron en el mundial un espacio para exponenciar su voz al denunciar las violencias sucedidas a manos del sistema. Quienes disfrutamos de este mundial también estamos preocupados por el estado de nuestro país. También nos duelen las desapariciones, la corrupción y la violencia sistemática. Y hablo de todos y no solo de mi porque elijo creer que la mayoría de las personas somos buenas. No partiré del cinismo que señala a quienes ven el mundial como ignorantes. Algunos han querido señalar la contradicción que rige nuestro comportamiento como una forma de hipocresía, yo considero que es una herramienta para la sobrevivencia. Aún soñamos y celebramos en un país donde parece que no hay tierra fértil para hacerlo, y eso también es una forma de esperanza. El fútbol mueve muchos intereses, pero el juego en sí, siempre se tratará sobre la gente. Los humanos que salen y sueñan en la cancha.

Y los quiero ver apoyando a la selección mexicana femenil en el mundial de Brasil 2027, cabrones.

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Read the original on antoparolini.substack.com

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