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antonella en cdmx · Mar 11, 2026

Falta crítica, no criticar

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Antonella Parolini Arroyo · antonella en cdmx

Hace dos años, estuve en una residencia de guión, donde trabajé el tratamiento de mi primer largometraje. En la segunda semana, un* de l*s escritor*s encargad*s de darnos notas destruyó mi tratamiento como si yo hubiera enterrado vivo a su perro. A la Kill Bill, parecía necesitar vengarse de alguna vendetta personal en mi contra. Yo, como buena escritora joven, me tomé tan personal sus comentarios que tuve que encerrarme a llorar en el baño después de recibirlas. Cuando apenas estaba empezando, cualquier comentario negativo de alguien que tenía más experiencia se convertía en una sentencia. Pero, tampoco se preocupen mucho por mí, que nunca soy una víctima perfecta. Organicé al resto de los escritores (porque no fui la única que salió de ese cuarto con sus ilusiones destrozadas) para que no fuéramos a la proyección de su cortometraje esa misma noche.

En un primer acercamiento con una obra de arte distinta, que no ha sido validada por las instituciones, hay casi un impulso por saltar a la negatividad. Me pasó con Motomami, el tercer álbum de Rosalía. Hablar de Motomami en pleno 2026 es revivir un cadáver, pero es innegable el parteaguas que fue este álbum en la música. La primera vez que lo escuché, no me gustó. En particular canciones como Hentai o CUUUUuuuuuute. No las entendí, no entraban en ninguna preconcepción que tenía de lo que usualmente disfruto. Me tomó varias escuchas, y verla en vivo en un festival de música del que ya no hablamos, para que se me partiera la cabeza en dos como un coco. Lo integré, lo entendí, y me encantó. Si hubiera escrito una reseña basándome en mi primera impresión, no hubiera reflejado lo que dejar que madurara en mi eventualmente trajo. El valor de este álbum recae en dos cosas: Es experimental, innovador, distinto, pero está bien hecho.

Lo “bien hecho” es un término que puede parecer ambigüo, pero raramente lo es. Partiría en primera instancia de hablar sobre su claridad. Cuando una obra es clara en lo que quiere decir, en su estructura, en sus intenciones, es también efectiva. Sí sí, la obra es subjetiva y cada quién la integra como quiere, pero la intención del artista al crearla debe llegar a algún fin. Poder innovar en un medio viene solamente a través de tener una maestría en las herramientas que lo componen. Pero, ¿cómo adquirimos esas herramientas?

Después de varios años de escribir a solas, me di cuenta que quería mejorar. Quería (y quiero) escribir increíblemente bien. Por más que me levantaba diario a escribir, leía libros, veía películas y videos de YouTube, no veía una mejora significativa en mi trabajo. Había potencial, pero no se terminaba de vislumbrar a lo que podía llegar. No hasta mi primera chamba. En un acto ciego de fe, un productor y escritor de televisión compró una idea original que yo tenía para desarrollar una serie. Lejos de entusiasmarse, me aterró. Yo sabía que no tenía las herramientas para desarrollar una serie completa, solo lo había hecho torpemente una vez antes en un curso donde te llevaban de la manita hasta el final. La presión de hacerlo para un escritor que admiro en un contexto que ya no es educativo, me parecía demasiado. Aún así, acepté, porque hay que aventarse al vacío de vez en cuando (y porque hubiera sido estúpido no hacerlo). El camino hacia el resultado final fue tropezado, por decir poco. Yo no sabía ni siquiera redactar adecuadamente un argumento, y todas mis ideas eran destellos de algo interesante que no sabía desarrollar del todo. El escritor fue muy paciente conmigo, pero firme al decirme lo que no funcionaba. Trabajé un millón de versiones del tratamiento, la sinopsis de cada episodio, los arcos de personaje… y fue un dolor de huevos. Era más fácil soñar con ser mejor escritora que recibir la crítica a mi trabajo que me dolía. Cuando terminé el proyecto, entendí que de otra forma no hubiera mejorado. Tenía que atravesar el proceso de escritura, pero hacerlo con alguien que supiera más que yo. Porque esta persona iba señalando mis errores en el camino, errores que yo nunca hubiera visto por mi falta de conocimiento y experiencia.

Cuando empecé en esta industria, no entendía por qué existían los críticos. Me parecía una profesión arraigada en el odio y con ganas de aplastar cualquier rayo de inspiración o talento. Esto porque había estado en espacios en los que la crítica se percibía como un mandato. Cualquier comentario negativo era una señal clara de que debías dedicarte a otra cosa. Cuando la crítica es así, no deja espacio para el crecimiento, y aquellos eruditos que se creen dignos de clasificar a quienes son capaces de crear y a quienes no, siempre tienen la última palabra. La crítica vista desde este punto de vista, ignora que cualquier persona, sin importar cuán aguda es en su criterio, tiene una historia. Todos cargamos con motivaciones, referencias e intereses que pintan nuestra mirada. Cuando estudié psicología, nos decían que el trabajo del psicólogo (más específicamente, el psicoanalista) es dejar atrás toda su historia para mirar a su paciente desde una mirada objetiva. Aunque es una intención noble, rara vez se traduce en la realidad. Un gesto más realista sería analizar lo suficiente nuestra propia historia como para tener claros nuestros puntos ciegos. Aún así, por algo son ciegos, difícilmente nos libramos de ellos del todo. Lo que tal vez podamos hacer es conocer nuestras reacciones instantáneas ante lo que nos molesta, nos enoja o no va con nosotros y abordarlas con curiosidad en vez de actuarlas (¿Por qué me cagó tanto esto? ¿Por qué causó tanta aversión en mí? ¿Qué de mi gusto o historia atravesó esto para que me disgustara?)

Creo que algo importante de la crítica que recibí de este escritor es que actuaba en buena fe. De saber que algo de talento tenía, y en un auténtico interés por que se haga la obra. Cuando la crítica nace y muere en un lugar destructivo, ayuda solamente a aplastar las ideas que pudieron florecer en esa obra, pero se quedaron a la mitad del camino. Habrán críticos cuyo único objetivo sea destruir carreras. Para mí, ese es un lugar poco productivo del cuál partir. La única forma de saber todos los errores que cometí, fue cometiendolos y que alguien me lo señalara. Pero si me hubieran perdido la fé antes de tiempo, no hubiera avanzado.

El valor de la crítica también es movilizar el arte hacia un mejor lugar. Veo otras industrias creativas en México, como el stand up comedy o la televisión, que quedaron estancadas por la falta de instituciones que las analicen. Cuando dejó de existir una plataforma para discernir entre lo que valía la pena ver y lo que no, todo se aglomeró en la tan conocida categoría de “hacen pura mierda”. La realidad es que no hacen pura mierda, hay comediantes como mi amigo Edgar que traen una propuesta nueva a la comedia, con chistes bien pensados y producción elevada, y series como Nadie nos va a extrañar que tocó un nervio en el corazón de muchos mexicanos jóvenes. Cuando no hay alguien que separe lo que es bueno de lo que no, predomina la mierda. También. porque no hay nadie responsabilizando a los creadores o productores que hacen mierda y, pues, no da pena hacerlo, da pena que te cachen.

Empiezo a ver también como los premios o reconocimientos, pueden darle un aliento a aquellos jóvenes creadores que se meten entre las grietas de lo mainstream. Que seleccionen tu obra o te den un premio por tu trabajo después de años de producir, puede ser el empujon necesario para seguir avanzando. Cuando no hay sistemas de reconocimiento, difícilmente se decide continuar.

Cuando se consume arte, hay que hacerlo desde la curiosidad. No hay que tener miedo de hacer preguntas, (¿Qué quiso hacer este artista aquí? ¿Cuáles son sus referencias? ¿Cuál es su contexto?). Después, hay que dejar que pasen unos días. Digerir lo que viste, pensarlo desde otros lugares, volverlo a ver si es posible. Cuando ya sientes que tienes una comprensión suficiente de lo que viste, señalar lo que sí funciona. Una reseña que solo dice lo negativo es el equivalente a un morro saliendo del cine y diciendo “Esto es una mierda”. Tal vez lo sea, pero hay que diseccionar la mierda. Después, sí, señalar lo que no funciona. Yo diría que es bueno cuidar el tono en el que lo haces, sino puede parecer que tienes algo personal en contra del creador (“You killed my father, prepare to die”), pero también puedes escribir tu reseña ojete. Qué se yo, probablemente haya algo formativo en que alguien te diga tus verdades sin miedo a que tus emociones se lastimen. También hay que aguantar vara, recibir algunas críticas con gracia y contestar a otras, “Al chile no estoy de acuerdo”.

Hoy en día, probablemente actuaría distinto ante la crítica que recibí en la residencia. La hubiera entendido como una opinión contextualizada en quien es ell*, no como un reflejo directo de mi trabajo. Después, hubiera separado lo que era una crítica auténtica, que podía ayudarme a mejorar, y lo que era una venganza personal por lo que yo, o mi texto, representan. Como último, le hubiera contestado algo. Un no estoy de acuerdo contigo, o un, bueno, no se puede complacer a todos. Porque sí está chida la crítica, pero si no me defiendo yo, ¿quién me va a defender?

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Read the original on antoparolini.substack.com

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