Escribo esto desde mi escritorio, que hace doce horas funcionaba como la extensión de un comedor, compuesto también por el escritorio de mi novio, Marco. Cuando él se preocupó porque el escritorio era muy angosto y había una viga que atravesaba donde debían ir las piernas de la gente, respondí ¿Quién tiene un comedor para quince personas en sus veintes?
Todo fue improvisado. Metimos la mesa debajo de las escaleras y le pedimos a un amigo que trajera una hielera para que cupieran las chelas que no entraban en el refrigerador. Alguien más trajo platos desechables y saqué las copas que me regalaron en un intercambio hace cuatro años para compensar mi vajilla incompleta. Le pedí a mis amigos que trajeran de comer porque yo trabajaba y no me daría tiempo de cocinar para todos. También porque si nos repartimos el gasto, no se vuelve tan pesado invitar gente a la casa. Marco sacó un shaker que solo acumulaba polvo en la esquina de nuestra alacena, que una vez más se quedó en la barra sin usar. Guardamos dos bolsas de basura llenas en la lavandería, a la que le cerramos la puerta para disimular el cagadero. Nuestro cuarto estaba hecho un desmadre, lleno de ropa que no había querido doblar y los tiliches que subimos para hacer espacio abajo. Intentamos hacerle un espacio a los gatos para que estuvieran cómodos mientras hubieran invitados. Moví algo de mi ropa para que tuvieran donde echarse y subimos su comida, su agua y el arenero.
Llegaron los amigos y yo no había terminado la ensalada. Ellos me pidieron el hornito para calentar una entrada que prepararon, un bowl de pan con brie. No compramos chelas porque no tomamos, entonces no tenía nada que ofrecer cuando llegó la gente. Pasaban por la puerta más personas y traían más y más comida: papas al gratin, un costillar, lasagna, otra ensalada… Era tanta comida que no sabía si nos la terminaríamos. Mandé a Marco por chelas y se llevó a otros dos amigos para cargarlas todas. Mientras tanto, entre yo y dos personas terminamos de calentar lo que faltaba, cortar los platillos en porciones individuales y acomodar los cubiertos para que estuvieran al acceso de todos.
Empezamos a cenar hasta las once, ya con la hielera llena de chelas y la comida a una temperatura aceptable. Nos sentamos algo revueltos: invité a quien sea que no tuviera plan en año nuevo y eso implicó que no todos se conocían. Lo que nos unía era la celebración, y la comida. Al final no quedó tanta, cenaron más personas de lo que esperaba y una amiga le había recordado a todos que llevaran sus tuppers para repartirnos el recalentado.
Cuando terminamos de cenar, escuchamos algo de música, vimos la transmisión en vivo del año nuevo en París, en Nueva York, en Ciudad de México (Donde tocaba Arca frente al Ángel de la Independencia) y platicamos hasta las altas horas de la noche. Vino una amiga con la que reconecté hace unos días después de dieciséis años y otra de Guatemala que estaba de visita. También vinieron los de siempre. Empezaron a ser los de siempre hace poco. Los que sabes que van a llegar, y llegarán bien armados: Con chelas, comida, cigarros, mota, barajas del tarot… lo que fuera necesario para pasarla bien.
Nosotros pusimos la casa, pero ellos pusieron todo lo demás. No me tuve que preocupar por nada más que acomodar los muebles. Y me da miedo, porque tener algo tan lindo trae consigo la implicación de que se puede perder. Empiezo a ver que algún día ellos tendrán hijos y se regresarán a sus ciudades natales. Si Diosx quiere, esto de la escritura va a dar frutos, que me llevarán de un lado a otro con mi trabajo. Se volverá más difícil mantener esta cercanía (lo digo como sentencia porque sería iluso ignorarlo). La vida nos llevará a cada quien por su lado, y las reuniones serán más espaciadas y escasas.
Pero ahorita tenemos veintitantos, algunos ya treinta, y podemos poner casa e improvisar una reunión en donde llegarán los de siempre, con algunas excepciones y agregados. Y se siente bien, aunque da miedo, cultivar esa cercanía. Se siente bien y da miedo saber que si le dices a la gente que traiga comida, van a cocinar todo el día en preparación del evento. Y qué padre y qué miedo invertirle tanto a la gente, como una apuesta de alto riesgo al cariño. Qué padre sorprenderme de todo lo que me regresa.
Cuando se fueron todos, a las seis de la mañana, recogimos lo más que pudimos. Tiramos las colillas que se desbordaban de los ceniceros y acomodamos los platos sucios a un lado del fregadero. Hicimos chicharrón las latas que alineaban cada superficie disponible del departamento y sumamos otras dos bolsas de basura al acumulado que nos esperaba en la lavandería. Tiramos la comida que quedaba en los platos para que no se la comieran los gatos y nos fuimos a dormir.
Nos despertamos a las tres de la tarde y vimos que el Klein’s cerraba a las cinco. Nos pusimos los primeros trapos que encontramos y salimos corriendo para allá. Pedimos lo de siempre: Marco unos hotcakes con un extra de tocino y yo unas enchiladas divorciadas de salsa verde y quemada. Ese tramo de Reforma estaba cerrado por la fiesta que hubo ayer. La gente caminaba sobre la calle, de la Diana hacia el Ángel de la Independencia y de regreso. Mientras Marco le contestaba a sus papás por mensaje, me le quedé viendo a la ventana. Pasó una familia de chicanos rockeros con su hijo adolescente, que portaba el mismo look oscuro que ellos. Pasó un grupo de tres amigas con changuitos meones en la cabeza. Pasaron varios gringos que observaban el Ángel con asombro. Pasó una pareja con su hijo, que se tomaban fotos con el monumento. Y no pude evitar llorar, sabiendo que cuando cierras una calle y la gente tiene un día libre, solo salen a caminar.
Le pedí a Marco que fuéramos, sabía que le dolía la espalda por subir y bajar tantos muebles ayer pero quería unirme a esa ocupación colectiva de Reforma. Dimos una vuelta, del Ángel a la Diana. Entre las alas del Ángel posaba la luna, se veía enorme y más cercana que lo que se logra ver en la noche. Caminamos y platicamos, nos tomamos unas fotos para mandarle a la familia y regresamos al departamento.
Finalmente, nos tocó terminar de limpiar. Yo barrí, Marco trapeó, yo le pasé un paño a las mesas y Marco volvió a atornillar el travesaño al escritorio. Volvimos a acomodar los muebles en su lugar, con varias cosas aún pendientes por limpiar, y descansamos.
En el 2026 cumplo veintiocho años. Sé que el amor y la escritura son lo más importante, y que trabajar en una quesería, por alguna razón, también lo es. Sé que tengo que regresar, y regresar y regresar, aunque sea difícil. Sé que tengo que saber parar también. Pero ultimadamente aprendí que si pones la casa, quienes te quieren traerán la comida, y, al final, solo debes lavar los platos.

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