Recientemente fui a una fiesta de "la industria”, de esas donde todos fingen hacer networking mientras platican solamente con las tres personas que conocen. “Con que te vean ya estás haciendo algo” es el pensamiento que ronda entre las personalidades ansiosas que se rehúsan a platicar con alguien nuevo.
Terminé en una conversación con un productor millennial. Él me preguntó qué escribía, sin ningún interés por escuchar la respuesta. Yo respondí que estoy desarrollando mi primer largometraje, un coming of age de ciencia ficción, tampoco con ganas de contarle. “Está padre pero, aquí nadie la va a comprar ¡Escríbela en inglés!” Me dictó como sentencia. Yo intenté justificar las razones por las cuales este proyecto podría funcionar, y por qué solo funcionaría aquí. Su desinterés inicial se volvió más latente, tal vez en su cabeza enlistaba las razones para justificar mi esperanza: Joven, ingenua, novata. Yo también pensaba en las razones por las cuales él me había descartado sin escuchar: Maleado, ruco, capitalista. Decidí dejar de hablar después de unas palabras más, y él huyó de la conversación con gusto.
Me fui a mi casa con un mal sabor de boca, repitiendo en mi cabeza las palabras que me dijo con tanta certeza. “Eso le gusta a los gringos, mejor vela a hacer allá”. Cómo yo podría hacer una película en inglés sobre un mito del noreste de México, acerca de una tradición que solo sucede en las provincias de nuestro país, se me escapa. La realidad es que él tampoco escuchó de qué iba la trama, en cuanto mencioné ciencia ficción se desconectó de la conversación ¿Habrá tenido alguna mala experiencia a la que otorgarle esa inflexibilidad? Si vemos los números, algo de razón tiene su lógica.
Casi cualquier película de ciencia ficción en Latinoamérica se ha quedado corta en taquilla al intentar recuperar la inversión (Imaginum, Sleep Dealer), y las que sí lo lograron, fue porque contaban con presupuestos muy bajos o tuvieron éxito en festivales y premiaciones (La Antena, Moebius, La Región Salvaje). Hay algunos casos de éxito, como Bacurau, pero se podría atribuir las idas al cine al éxito previo del director Kleber Mendonça.
Un punto para el productor pesimista. Si la gente no va al cine a ver estas películas, es porque no les gustan ¿Verdad?
Pues, no estoy tan segura.
Las películas mexicanas más taquilleras en los últimos veinte años son comedias: No se aceptan devoluciones, No Manches Frida, Nosotros los Nobles… ¿Qué genera la comedia en este país que ningún otro género logra?
Los cineastas más clasistas atribuyen la falta de interés al cine de género a una falta de inteligencia. “No lo entienden, por ende, no lo quieren ver.” Esto genera un feedback loop dentro de la industria del cine. Hagan más comedia, entre más pendeja mejor. Solo así tendrán un retorno en su inversión. Entonces ahí tienes a gente que no le importa en lo más mínimo la comedia produciendo una película tras otra protagonizada por los mismos tres vatos (ya sabes de quienes hablo) con la esperanza de ganar dinero.
Yo me relaciono estrechamente con la comedia, quienes me conocieron en mi faceta de estandupera pueden testificar a ello. Fue mi punto de entrada a la escritura y es el género con el que más me identifico como escritora y consumidora de cine y televisión. Veo comedia alternativa, comedia mainstream, stand up, dramedy, sitcom, high comedy, low comedy, dark comedy… en fin. Es un género que respeto, quiero y produzco. A pesar de ello, me enoja como se piensa en México. Los cineastas mainstream lo piensan como la forma más rápida de ganar dinero, sin ningún interés por realmente conocer el género, y los cineastas de arte lo piensan como una bazofia, un género menor al que se le atribuyen todas las desgracias del cine mexicano. A pesar de las opiniones de cada grupo, no podemos negar que es prácticamente el único género que llena asientos en el cine. ¿Cuál será la razón real por la cual los mexicanos ven comedia?
Cuando llego a mi casa después de trabajar (Una jornada mucho más corta y menos exigente que la de la mayoría de los mexicanos), no quiero ver películas tripeadas. No quiero pensar, no quiero reflexionar, no quiero ni hacerme una quesadilla. Quiero aligerar la carga para irme a dormir y empezar el día otra vez mañana. Normalmente pongo un sitcom que ya haya visto antes, algo a lo que no tenga que prestarle mucha atención, que me permita ir cerrando los ojos hasta quedarme dormida en el sillón. Yo no sé quien es el psicópata que llega a su casa un martes en la noche, se abre una chela y pone una película sobre la precariedad del sistema migratorio en la frontera del norte.
Cuando duermo mejor, o tengo días libres, puedo ver películas o series que implican más de mi. Ahí escojo la apreciación por encima de la comodidad, pero solo porque tengo espacio mental para involucrarme con un contenido más denso.
Que la comedia popular sea el género más visto en México hace todo el sentido del mundo. Según la OECD, los mexicanos trabajan ≈400 horas anuales más que el promedio mundial1. Al mismo tiempo, es el país con menor retorno económico por sus horas trabajadas.2 El mexicano promedio vive cansado, algo que los burgueses de la industria del cine no vivimos y no logramos comprender del todo. Cuando la gente va al cine, se quiere relajar de la renuente jornada laboral que le implicó la semana, no ponerse a pensar más mamadas. La comedia es un escape, las películas de género rara vez lo son (Esta es solo una teoría, comprobarla implicaría estudios de mercado que cuestan dinero que no tengo.)
También a las animaciones familiares les va muy bien en taquilla, tanto las extranjeras (Intensamente 2, Súper Mario Bros) como las nacionales (La Leyenda del Charro, Un gallo con muchos huevos), y eso no implica que haya cambiado la narrativa dentro de la industria sobre si vale la pena producir animación (Spoiler alert, la respuesta es no).
Ver los números que publica el Canacine sobre el número de boletos que se compran para ver películas mexicanas es un martirio. Hay quien lo atribuye a la distribución y hay quien dice que es el género, pero los números hablan por sí solos: La gente no va a ver cine mexicano, y solo algunas comedias comerciales o animaciones familiares se salvan.
Y a pesar de este largo argumento, también hay otros datos. México es el cuarto país con mayor asistencia al cine y el noveno en ingresos monetarios en taquilla.3 También, a las películas nacionales parece irles cada vez mejor. Se reportó un incremento del 14.8% en ingresos de taquilla en el cine mexicano desde el 2024, y subieron las idas al cine en un 9.52%, cuando la tendencia sigue siendo que baje el boletaje en películas internacionales.4 En cuanto a televisión, no sabemos con certeza cuales fueron las series más vistas porque las plataformas de streaming no comparten esos números, pero sabemos que The Last of Us, y Squid Game tuvieron un redundante éxito en sus respectivas plataformas. Las dos son distopías con temáticas estresantes, lejanas a la narrativa de comedia simple que abunda en nuestro país. Claro está que ambos son contenidos extranjeros, y las películas más taquilleras también lo fueron. Eso tiene otras implicaciones, pero igual nos hablas de un interés por otro tipo de contenidos, contenidos de género.
Entonces, ¿Qué nos queda a los cineastas jóvenes? ¿Apostarle a un género explotado, sin ganas de innovarse? ¿O seguir haciendo cine para la misma industria, que solo le va bien en festivales y circuitos cerrados?
Pues… ojalá tuviera la respuesta. Desde hace años ciertos productores claman tener la fórmula del éxito pero la realidad es que ni el mismo Hollywood puede prever con exactitud qué va a pegar y qué va a fracasar en taquilla. Una fórmula que ha funcionado cien veces puede un día disgustar, y algo que nunca se ha visto de un creador nuevo puede ser un éxito.
Lo que a muchos se les olvida es que esta es una industria de apuestas. Siempre ha existido un interés por ganar dinero, pero desde que empezó este negocio se sabía que difícilmente habría seguridad sobre si eso sucedería. Esto siempre ha sido de alto riesgo y alta recompensa. Hoy en día, la gente a cargo del dinero intenta disponer de trucos y mañas para profetizar el éxito de un proyecto. Así es como productores millennials y de la generación X buscan solo a actores y escritores con una plataforma en redes sociales, sometiendo al talento joven a una presión por tener un éxito previo a su obra que ellos nunca tuvieron. Esto en un intento por asegurar que el trabajo tenga vistas y por ende, dinero. No siempre es el caso, pero muchas veces en lo que resulta esto es en un empobrecimiento de la calidad de contenidos que sale de la gente joven. Chris Jesu Lee lo explica con mayor detalle en su ensayo en inglés “Who wants to be on TV anymore?”
La gente se pregunta por qué ya no hay grandes autores entre la generación más joven. Si conocieran a más artistas jóvenes sabrían que el talento no falta. Nada más en mi grupo de amigos puedo mencionar gente extremadamente talentosa en la escritura, el cine, la música, el diseño, la arquitectura… pero nadie se quiere arriesgar por ellos. Vivimos en una economía influencer, donde a las generaciones de arriba se les olvidó quienes apostaron por ellos cuando estaban empezando y prefieren invertirle a la gente que ha convertido su imagen pública en un producto, en vez de artistas que llevan años perfeccionando su oficio en privado. Por otro lado, prefieren seguir revolcando a la gata del P.I. conocido, dándonos un refrito interminable de personajes e historias que cruzaron nuestras pantallas hace veinte años. Nos llaman a nosotros la generación impaciente pero son ellos quienes quieren ver una recompensa inmediata a su inversión, sin pensar en el largo plazo.
Cada generación que llega tiene ideas, tendencias y expectativas nuevas. La mía pide otro tipo de contenidos. Hay ciertas características fáciles de identificar, como el llamado a una mayor representación del 95% de los mexicanos al frente y detrás de las pantallas, pero hay otras que no sabemos aún. Si seguimos sin arriesgarnos, replicando el mismo contenido que pegó hace quince años hasta que podamos exprimirle el último centavo, nunca vamos a saber lo que realmente le gusta a la gente.
El arte no es una ecuación matemática. La replicabilidad funciona hasta cierto punto, pero después la gente se cansa y prefiere voltear a otro lado. Hay películas rarísimas que les fue bien en taquilla, y hay películas que tenían todo para funcionar y no jalaron gente. La experiencia humana no se puede reducir solo a números, también somos pensamiento y, a mi parecer, alma. Y sobre todo, la gente no es pendeja. Sabemos cuando algo se hizo para ganar dinero o premios, y lo resentimos.
Yo no sé si mi película de ciencia ficción algún día va a pegar. Me falta muchísimo tiempo, trabajo (y dinero) para producirla. No sé cómo va a estar el mercado en unos años, si va a salir algo antes que la vislumbre o si siquiera alguien la va a querer producir. Al chile no sé nada, pero prefiero vivir mi carrera de escritora apostándole a algo diferente. Y tal vez algún día lea esto, maleada, ruca y capitalista, y me trague todas mis palabras. Tal vez me ría de mis aspiraciones y quiera regresar en el tiempo a decirme a mí misma que escriba comedias de pastelazo. Pero eso es lo chido de ser joven y pendeja, que todavía tengo espacio para soñar.
https://www.oecd.org/en/data/indicators/hours-worked.html
https://www.oecd.org/en/data/indicators/average-annual-wages.html
https://www.eleconomista.com.mx/arteseideas/baja-asistencia-cines-mexico-frena-recuperacion-20250203-744770.html
https://almomento.mx/el-cine-mexicano-incremento-14-8-sus-ingresos-de-taquilla-respecto-de-2024-reporto-canacine/

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