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antonella en cdmx · Apr 1, 2025

El ejercicio y yo

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Antonella Parolini Arroyo · antonella en cdmx

He estado pensando en que tengo que hacer el esfuerzo consciente porque este blog no se convierta en una página de superación personal. Supongo que como estoy en mi propio camino por mejorar mi vida, termino hablando de lo mismo. Pero lo último que quiero es terminar predicando acá sobre ¡Los buenos hábitos! ¡La alimentación saludable! ¡El ejercicio! Entonces para que no te sientas regañadx al final de leer esto por no levantarte a las siete de la mañana a tu clase de Siclo (cosa que nunca he hecho, y prometo nunca haré) te contaré más bien sobre mi propio camino con el ejercicio.

Odio el ejercicio. No hay cosa que me cague más que el sentimiento de estar a la mitad de una clase a sabiendas de que todavía faltan treinta minutos y yo ya no puedo sostener la plancha de lado (Mi enemigo personal, la plancha de lado). Justo antes de cualquier clase se me cruza el pensamiento: ¿Y si no voy? Finalmente, nadie me está obligando. A la única a la que se lo debo es a mí misma. Sin embargo, ese no siempre fue el caso:

Cuando eramos chicxs y llegó el momento en el que nuestra motricidad gruesa decidió que teníamos que aprender a hacer vueltas de carro, yo escogí quedarme estática. Cuando la gente empezó a pararse de manos, yo preferí mantener mis pies en el suelo, bien gracias. Desde que tengo memoria no me gustan las marometas o movimientos que cambien mi percepción del espacio/tiempo.

El ejercicio más temprano que comencé a hacer de forma constante y disciplinada fue el ballet. Mi mamá creció haciendo ballet y naturalmente metió a sus dos hijas a clases en cuanto estuvimos en edad. Para mi hermana fue una gran decisión: siguió mejorando sus habilidades liderando el equipo de baile de la escuela y hoy todavía la puedes ver haciendo contorsiones imposibles en sus historias de instagram (Hola, Lore). Para mí, fue una catástrofe.

La primera vez que le dije a mi mamá que la odiaba fue porque no quería ir a una clase de ballet. No odio a mi mamá, pero sí odiaba el ballet. Tengo memorias de que me pedían que estirara más las piernas aunque ya no podía (qué puedo decir, tengo las rodillas abultadas), que subiera más la pierna aunque mi flexibilidad es equivalente a la de una viejita en una clase de aqua aerobics o que apretara más la pompi, a la que no temían tocar por si se me olvidaba dónde estaba.

Más adelante, intenté entrar al equipo de baile de la escuela. Audicioné, pero no quedé, así que terminé como “manager”, lo que básicamente significaba que, en vez de bailar, les llevaba agua a las que sí lo hacían. Creo que puedes imaginar lo humillante que fue eso para una niña migrante en plena pubertad. En su momento no lo veía así, pero al año siguiente, cuando volví a audicionar solo para que me pusieran hasta atrás en todos los bailes—retada por la mirada desafiante de las maestras, que me obligaban a hacer un grand jeté aunque jamás en mi vida había logrado mover las piernas de esa manera—, terminé de entenderlo.

Lo que reconozco ahora que me cagaba sobre el baile era la exigencia. En mi breve carrera, nunca sentí que mi cuerpo fuera apto para hacer los movimientos que se esperaban de mí, lo cuál yo vivía con una profunda angustia de no ser lo suficiente. Y como tú también fuiste niñx, sabes que en ese momento no entiendes que el mundo es mucho más grande que tus clases y la escuela. El no ser buena en el baile significaba que no era lo suficientemente buena en general.

Para que no digas “pobre de Antonella”, en este camino llegó un resquicio de esperanza. En una de mis últimas clases de baile, la que llevaba en mi freshman year of high school para mi P.E. credit (porque yo viví en una película gringa un rato), tuve una maestra que no se parecía a las demás. Ella era muy linda y nos dejaba movernos hasta donde podíamos. En una clase, nos enseñó lo que era el yoga. Hicimos un vinyasa y una meditación. Cuando te digo que algo sucedió en ese cuarto, no estoy exagerando. Recuerdo que todas las niñas nos volteamos a ver con asombro al finalizar la clase, ¿Qué chingados fue esto que acabamos de experimentar? Yo recuerdo sentir una paz con la que nunca me había encontrado, y no sé si es mi memoria distorsionada, pero hasta este momento no recuerdo haberlo vivido otra vez. Esa clase de yoga me llevó a buscar clases por fuera de la escuela. En un momento en el que la relación de mis papás estaba desmoronándose, el yoga era lo que me mantenía. Fue mi primer encuentro con el ejercicio como algo positivo que me podía hacer bien.

Después pasaron algunas cosas, entre ellas que regresé a vivir a México, donde la gente tomaba y fumaba desde hace ya tiempo aunque seguíamos pareciendo espermatozoides, y yo decidí que eso era lo que quería hacer. Consciente o inconscientemente, decidí que nunca iba a volver a hacer ejercicio en mi vida. En vez de eso, le di prioridad a otras actividades más autoafirmativas, como una situationship que me duró hasta la universidad y a probar todo el alcohol que nos pudieran vender en el Oxxo sin INE.

Dejar de hacer ejercicio fue una promesa que mantuve hasta mis veintes tempranos. En ese proceso me salí de vivir en casa de mis papás, abrí una cafetería, tuve una crisis de ansiedad, cerré una cafetería, y fui godín durante un muy breve periodo. Ser godín fue lo que me hizo recordar que el ejercicio no es solo una forma de tortura que existe para manipular a niñas en edad primaria, sino una necesidad humana. Estar sentadx nueve horas al día no es de dios, y las contracturas en mi espalda fueron prueba de ello. Decidí comenzar a hacer veinte minutos de yoga antes de ir a la oficina, muy bajas en exigencia, pero con la intención de no terminar acartonada al finalizar mi jornada laboral. Poco a poco empecé a reconectar con el ejercicio desde un lugar de autocuidado, en donde de hecho nadie me estaba viendo, y nadie me estaba exigiendo, lo hacía por mí.

Este recordatorio ha estado ahí durante más o menos dos años, que es el tiempo que ha pasado desde que fui godin. En momentos lo he retomado, en otros lo he dejado, pero luego pasó algo más. Para contextualizar, es importante decir que yo pesé 48 kg desde los catorce hasta los veintiséis años. Me imaginaba que siempre sería esta persona delgada, y por lo mismo el no hacer ejercicio era algo que no alardeaba a nadie a mi alrededor. Fruto de la sociedad gordofobica en la que vivimos, mientras yo no subiera de peso, no era importante que me ejercitara. No importaba que un viento muy fuerte me pudiera llevar o que tuviera menos masa muscular que la ahora difunta Reina de Inglaterra (Chance bájale a los chistes de viejitas, Antonella).

Cuando cumplí 26 años comencé a tomar antidepresivos. Me los recetaron como una primera barrera contra la ansiedad, con la intención de que cuando mi cerebro se aprendiera a regular, me los quitaran. Esto trajo consigo un cambio significativo en mi mente, pudiendo finalmente abrir el ojo sin sentir un hoyo en el estomago por alguna exigencia que sentía que tenía que cumplir, y trajo un cambio significativo en mi cuerpo. Subí más o menos 10 kg, la última vez que chequé. Mira, no es por tirarme flores, pero creo que tenía bastante deconstruidos mis pensamientos gordofobicos como para que esto no me provocara una crisis existencial, no es ese tipo de historia. Solo comencé a notar como tenía grasa en lugares en los que nunca la había tenido.

Al hablar con mi psiquiatra, señaló que la rapidez con la que había subido de peso era algo que teníamos que tener en cuenta. Me mandó a checar la tiroides (cosa que no he hecho porque me da miedo la sangre) y a hacer ejercicio. Mi peor pesadilla. Hacer quince minutos de yoga al día es una cosa, pero hacer ejercicio con la intención de subir mi masa muscular es otra ¿Voy a empezar a ir a Commando y a tomarme un smoothie de proteína al salir? ¿Voy a empezar a subir fotos de mis nalgas con pants de lululemon en el gym? ¿Voy a empezar a aplaudir al final de mis clases de Siclo?

La realidad es que mi odio a la cultura del ejercicio nace de que me recuerda a lo que era ser una niña en mis clases de ballet, siendo exigida por alguien más para hacer movimientos corporales que me incomodaban. Probé algunas clases, muchas no regresé porque el maestro decía cosas cómo “¡Si no hacen todos los ejercicios no están aprovechando su tiempo!” “¡Ustedes decidieron estar aquí!” En efecto, yo decidí estar aquí, y no necesito que un cabrón me grite en la oreja que tengo que moverme de forma que se me baje la presión.

No sé como transicionar a esto pero hace dos semanas noté que estaba mandando mi vida al carajo. Mi relación con el alcohol y la marihuana eran menos una relación de iguales y más yo siendo un rehén de sus efectos. Siempre llegaba una cierta hora del día donde decidía (o más bien, respondía a) que ya era momento de darse un toque y a partir del miércoles en la noche hasta el domingo en la tarde se me antojaba perpetuamente una chela, un gin, un lo que sea. De alguna forma relacionado a esto, traía un bloqueo creativo que no me permitía llegar a la hoja. Era un ciclo vicioso: No me salía nada interesante, me ponía a fumar, amanecía anulada, no me salía nada interesante, me ponía a tomar, amanecía anulada, etc. También, esta rutina me estaba estropeando la autoestima. Cada cruda venía con cruda moral. El no poder escribir me hacía sentir sin propósito y mi nula energía me estaba dando en la madre.

Tras hacerlo consciente decidí que era momento de hacerme cargo de mi misma y dejar de tomar y fumar, por lo menos durante seis semanas. Las seis semanas son porque también estoy completando un libro de ejercicios llamado “El Camino de la Escritura” de Julia Cameron que promete insertarte en un ritmo en el que escribir se de naturalmente. Junto con estos cambios, decidí que durante este tiempo haría una hora de ejercicio diaria.

Ahora, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Si no es evidente por mis relatos, durante mucho tiempo me he vivido como un cerebro con patas. Mi cuerpo solo era la manifestación física con la que me movía por el mundo, y había una desconexión total entre mi cuerpo y mi cerebro. En mis bloqueos creativos escogía leer, ver la tele o fumar mota. Fue “El Camino de la Escritura” y ver entrevistas de otros escritores lo que me hizo entender que mi cuerpo es una herramienta igual de valiosa en mi proceso que cualquier otra.

En el 73 questions de Phoebe Waller Bridge con Vogue le preguntan “¿Qué le aconsejarías a un escritor bloqueado?” ella responde, “Sal a caminar”. No es la primera vez que escucho este consejo, en entrevistas con escritores cuya vida consiste de sacar nuevas ideas y no se pueden dar el lujo de esperar a que les llegue la bendita inspiración, siempre mencionan caminar mucho.

Yo creo que lo único que me podía obligar a integrar el ejercicio en mi rutina es la creatividad. Es mi piedra angular, y cuando se disipa en mi vida yo me disipo como cuando a Campanita no le dan atención. Decidí que tenía que integrar el ejercicio no solo por mi bienestar físico, sino por mi integridad creativa.

En estas pruebas y errores, llegué al pilates. No voy a decir que todo es perfecto, me han tocado algunas clases donde la profesora es igual de exigente que cualquier otra clase donde te gritan, pero en general el pilates tiene una filosofía parecida al yoga: Hacer movimientos conscientes, a tu ritmo, y manteniendo siempre contacto con tu cuerpo.

Llevo un poco más de una semana en esta rutina: Cero alcohol, cero mota, ejercicio y escribir. Madre mía, ¡Qué sana! No te preocupes, no he dejado de fumar cigarro. Sin embargo, tengo que decir que me siento muy bien. Hacer mis chistes pendejos sin sobrepensarlos, amanecer el fin de semana para hacer cosas y no solo para curarme la cruda y sí, salir de mis clases de ejercicio con una dosis renovada de dopamina me ha estado reconectando con quién soy.

Lo escribo aquí porque sé que llevo poco, pero quiero recordármelo a mí misma mientras siga avanzando. Porque entre más tiempo pase, probablemente más difícil sea. Pero creo que lo que me mantiene en este camino es haber retomado mi autoestima, que tenía abandonada en algún rincón detrás de mis malos hábitos.

Y para terminar mi reflexión le escribiré una pequeña carta al ejercicio:

Querido Ejercicio,

Tú y yo hemos tenido una relación compleja. En momentos me recordaste todo lo que no soy capaz de hacer, lo que me faltaba. Me hiciste sentir menos, como si la forma en la que me muevo no fuera suficiente. En ocasiones he llorado por la frustración que me provocas, y la forma negativa en la que me hiciste relacionarme conmigo misma. Cuando mi cuerpo me pedía parar, la exigencia exterior me pedía seguir. Dejé de escuchar mi intuición por seguirte a tí, aunque sabía que no me estaba haciendo bien. Me has provocado dolor, angustia y hasta miedo.

Ahora entiendo que el problema no eres tú, sino la forma en la que me impusieron relacionarme contigo. Me identificaba contigo desde un lugar de carencia, en vez de entender que con cada movimiento estaba aumentando mi fortaleza, mi movilidad y mi bienestar. Tú, al igual que cualquier otra cosa, necesitas de mi intuición para formar una relación positiva.

¿Sabías que tengo mi marte en Piscis, Ejercicio? Eso significa que la forma en la que impongo mi energía agresiva es a través de la sensibilidad y la intuición. Entonces sí, el relacionarme contigo desde un lugar emocional me viene muy bien. No me sirve pensar “Solo termina esta hora horrible y sigue con tu vida”, tengo que saber que hay un bien mayor que estoy buscando a través de tí.

Tal vez por eso te estoy escribiendo una carta cursi solo para poder llegar a mi clase de pilates hoy a las 6 p.m. En fin, la verdad es que has estado mejorando mi vida de formas que no sabía que necesitaba. Tengo más hambre, duermo mejor, y escribo más. De que, acabo de escribir un ensayo de 2500 páginas acerca de tí.

Tal vez todo esto es para decirte que creo que te había menospreciado, y que de ahora en adelante me voy a relacionar contigo desde un lugar que me venga bien a mí.

Y no, no te odio. Y sí, aplaudo al final de mis clases de pilates.

- Antonella

¡Gracias por leer una chica en cdmx...! Este post es público, así que siéntete libre de compartirlo.

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(La imagen del post es un collage que hice con fotos de Gita Studio, mi estudio de yoga predilecto)

Read the original on antoparolini.substack.com

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