Hace tres años aproximadamente decidí que iba a escribir. No como lo había hecho hasta entonces—de manera desordenada y pasional, dejando mis textos olvidados en algún rincón de mi celular, libreta o computadora—sino con la intención de ser leída. Leí algunos libros sobre el oficio, entre ellos “On Writing” de Stephen King. Él dice que solamente hay dos reglas inescapables para escribir bien (o bueno, mejor): escribir mucho y leer mucho. La escritura es una práctica que solamente mejora con la repetición, y la mejor forma de aprender es leyendo lo que otras personas escriben.
Cuando era chica leía todos los días, todo el día. En la primaria leía libros sobre niñas con mucha personalidad: Junie B. Jones, Judy Moody, Clementine. En la pre-pubertad, mi género favorito se volvió el YA (Young Adult Fiction) y formé parte del furor de The Hunger Games, cualquier cosa de John Green, Pretty Little Liars… En cuanto acababa uno, corría a la librería a comprar el siguiente. Los recuerdos más alegres que de mi infancia son de cuando estaba rodeada de libros. Cuando cumplí quince, dejé de leer.
A un mes de entrar a la prepa probé el alcohol, di mi primer beso y fumé mi primer cigarro. Todo en la misma noche, por si tenías la duda. La ilusión de adultez me hizo pensar que hay cosas más importantes en la vida que leer: Discutir con mis amigas por hombres mediocres, probar nuevos destilados solo para descubrir que todos me llevaban al vómito y pelearme con mi mamá por el tamaño de mis faldas. De un día para otro, leer dejó de interesarme. En mis clases de español, ninguneaba a Pedro Páramo y leía los cliffnotes de La Metamorfosis para pasar el examen. Ponía de excusa que por primera vez estaba viviendo mi vida, en vez de vivir para leer sobre la vida de otros. Seguí más o menos en ese mismo ritmo hasta graduarme de la universidad.
Un buen día se desarrolló mi corteza frontal y me di cuenta que había vaciado mi vida de cualquier hobby que tenía antes de descubrir el alcohol. Ya no me interesaba pasar mis fines de semana en antros con música mala, tomando hasta que se me acabara la consciencia. En un afán por volverme una persona completa, intenté retomar la lectura. Fue un desastre. Ya no me interesaba leer libros dirigidos a adolescentes, pero leer lo que me recomendaban los adultos era peor. Me había perdido años clave en los que mi vocabulario y comprensión de la gramática debieron haberse expandido. Por lo mismo, intentar leer a Juan Rulfo o a Gabriel García Marquez se sentía como hablar con mis abuelos con demencia. Me di cuenta que ya no sabía leer. Obviamente podía registrar las palabras que estaban frente a mí, pero ya no sabía sentarme a pasar la frustración inicial que implica engancharte con un libro.
Comencé a leer bajo la conclusión de que de ahora en adelante, todo lo que leería sería aburrido. Ya nada me haría sentir como lo hizo el final de Catching Fire en el 2012, el cuál me quedé leyendo hasta la una de la mañana hasta descubrir que el Distrito 12 ya no existía. Un final que me hizo cerrar el libro, recargarlo en mi pecho y ver hacia la nada con expectativa, asombro, felicidad, anticipación, no sé. Es una sensación que llevo conmigo hasta hoy en día.
Esto me llevó a pensar: si esto es lo que leen los adultos, prefiero no leer ¡Qué pinche aburrido! Muy bonito el realismo mágico pero, verga, ¡soy una adulta joven en el siglo XXI! ¡Tengo una adicción a mi celular y una estrella de reality TV es presidente de Estados Unidos! No me identifico con estos personajes ni con esta forma rebuscada de escribir y prefiero ahogarme en vodka tamarindo antes de intentar terminar La Peste por tercera vez.
Esto fue hasta que leí This Book Will Save Your Life de A.M. Homes. Lo compré porque la edición de Anagrama tiene una portada surreal con colores vividos que inmediatamente llamó mi atención. También, el título me intrigó demasiado como para dejarlo pasar. La historia transcurre en los dosmiles en Los Ángeles. Sigue la vida de un cincuentón retirado con suficiente dinero para contratar a una nutrióloga, una masajista y un entrenador personal. Todos van a atenderlo a su casa en Malibú, con vista a la costa azul. No hace mucho, pero parece estar tranquilo con su vida de no hacer nada. Un día, un dolor inexplicable lo lleva al hospital, pero nadie va a visitarlo. Ahí se da cuenta de que necesita replantearse su vida.
Cuando terminé este libro me cayó el veinte: Hay mujeres vivas que escriben sobre cosas que me atraviesan de formas que me interesan. Esto me llevó a una obsesión con las autoras contemporáneas: Ottesa Moshfegh, Chimamanda Ngozi, Gabrielle Zevin, Mariana Enriquez, Guadalupe Nettel, Brenda Navarro. Tuve que pasar por unos buenos dos años de leer cosas que me daban hueva para encontrar algo que me volvió a enamorar con la lectura.
Hoy entiendo que lo que siento en torno a la escritura y la lectura (dos prácticas que me parecen inevitablemente entretejidas) es más una obsesión que un pasatiempo. Entiendo que no todas las personas tienen esta necesidad desesperada por consumir y escupir palabras hasta que la melodía que forman haga sentido. Sin embargo, me quedo con la duda de cuándo fue que la televisión, el celular y otros medios digitales pasaron a reemplazar los libros. Me acuerdo de llegar a la secundaria y que todas las niñas estuviéramos leyendo el mismo libro, alguna novela de amor adolescente que hoy probablemente me daría ñañaras. ¡o 50 Shades of Grey! Antes de que existiera la película, su popularidad se debía a que todas las amas de casa estaban leyendo el libro a escondidas de sus esposos ¿Por qué ya no hay libros que generen ese nivel de obsesión colectiva?
Mientras escribo eso, me doy roña. Yo también estoy esperando con anticipación el estreno dominguero de White Lotus. Es más, mi profesión en realidad es escribir guión, ¿Quién soy yo para quejarme sobre el consumo audiovisual de los demás?
Quien me conoce sabe que soy una de las mayores aficionadas al reality TV en este país (Si alguien tiene alguna duda al respecto, estoy dispuesta a demostrarlo). Algo que me encanta del reality es que no requiere absolutamente nada de mí. Son sesenta minutos de pendejez ininterrumpida. Esta pendejez requiere de una atención flotante que me ayuda a diferenciar los momentos insignificantes (Cuando Khloe y Kim platican sobre su semana) de los importantes (Cuando Kourtney se enoja porque su boda en Italia fue patrocinada por Dolce and Gabbana y luego Kim hizo una campaña publicitaria con Dolce and Gabbana). Tejer horas interminables de vidas ajenas para formar una narrativa coherente requiere un interés profundo por la condición humana. Pero puedo hacerlo mientras juego Tetris en mi celular.
Leer implica echarle ganas a consumir contenido. La respuesta dopaminérgica no es inmediata como cuando paso horas viendo TikToks. Implica superar la frustración de ver si le entiendo, si me gusta y si vale la pena terminarlo. No puedo hacer nada más mientras leo, tal vez escuchar música instrumental. Si hay contenido mucho más accesible que puedo consumir y me da satisfacción inmediata, ¿Por qué tomarme el tiempo de leer?
Alguna vez vi en TikTok (porque TikTok también tiene lo suyo) que, para tener una buena autoestima, debemos hacer cosas difíciles. Decirnos afirmaciones diarias frente al espejo (¡Eres inteligente! ¡Eres bonita! ¡Todo el mundo quiere trabajar contigo!) no las convierte en realidad si no estamos haciendo el esfuerzo necesario para alcanzar esos objetivos. Cuando me di cuenta que ya no sabía leer, me sentí muy tentada a no hacerlo. Lo que me motivó a volver a la práctica fue darme cuenta de que no quiero pasar el resto de mi vida consumiendo contenido en formato corto que me hace sentir mal, cuando sé que leer me hacía sentir tan bien. Si quería aprender a leer otra vez, iba a implicar hacer algo difícil. Lo curioso es que cuando estoy aprendiendo, es cuando más pendeja me siento.
Hay una gráfica llamada el "Efecto Dunning-Kruger". En su eje Y está la confianza y en el eje X, el conocimiento. Explica como cuando aprendes muy poco sobre algo de lo que no sabías nada, crees que eres un experto. Ahí te encuentras en el pico de "Mount Stupid" (Mucha confianza, poco conocimiento). Después, aprendes un poco más y te das cuenta de todo lo que te falta. Ahí, entras al "Valle de la Desesperación" (poca confianza, poco conocimiento). Muchas veces nos perdemos ahí, sintiéndonos intimidados por el camino que hay por delante. Si decides avanzar y aprender más, entras a la "Subida de la Iluminación", en el que tu conocimiento y tu confianza van creciendo a la par. Eventualmente llegarás a la "Meseta de la Sostenibilidad" (suficiente confianza, suficiente conocimiento): probablemente nunca sepas todo sobre un tema, pero ya sabes lo suficiente como para ser competente. Este es un gran lugar para estar, porque ahí puedes decidir lo que te gusta o no, y reconocer que lo que la gente dice que es “¡lo mejor!” no siempre lo es para ti.
Sé que hay personas que vienen a este mundo a leer los clásicos, hablar sobre literatura bla bla bla y otras cosas que no termino de entender. Creo que no soy de esas personas. No me cierro la puerta, porque, en la medida en que leo más, puedo entender textos más complejos (Meseta de la Sostenibilidad, ¡ahí voy!), pero ya entiendo que eso no es lo que me gusta. Ahora sé que lo que acompaña el prestigio de ciertas obras es un pequeño grado de pretensión, y que a mi me puede gustar lo que me gusta, y ya. Mis libros favoritos también reflejan quién soy, y entiendo más sobre mí misma cuando leo algo que me encanta, que cuando me obligo a leer algo que no me gusta.
Creo que aún no respondo la pregunta que planteé hace unos párrafos ¿Por qué leer? Tal vez, para salir del gusto impuesto por los grandes corporativos y encontrar tu propia voz. Para desarrollar nuevas sensibilidades y aprender sobre otros mundos. Para viajar a países en los que aún no has estado y conocer personas con las que nunca te cruzarás. Para aprender: sobre ti, sobre el mundo, sobre las drogas, sobre la comida, sobre los videojuegos... Para levantarle el dedo a Netflix, a Amazon, a Estados Unidos. Para dormir mejor.
No sé, empecé escribiendo esto con la idea de convencer a más gente de adquirir el hábito de la lectura y tal vez así conseguir más suscriptores para mi blog, pero terminé pensando que no puedes obligar a nadie a hacer nada. Empezar a leer es un reto, y ya superamos el momento como sociedad en que era una de las pocas formas de entretenimiento que existían. Pero si ya sientes el gusanito que te dice que deberías leer más, la recompensa será infinita. Los libros te acompañarán el resto de tu vida, y son una de las pocas formas de resistencia que tenemos ante los corporativos que demandan el cien por ciento de nuestro tiempo. Un libro nunca te escuchará para luego sacarte un anuncio de exactamente lo que estabas platicando.
Si este texto te inspiró a comenzar a leer, te dejo aquí algunos de los libros que me re-enamoraron con la lectura:
Casas Vacías de Brenda Navarro
No voy a pedirle a nadie que me crea de Juan Pablo Villalobos
El vampiro de la colonia Roma de Luis Zapata
Dorayaki de Durian Sukegawa
El Acontecimiento de Annie Ernaux
El Lector de Bernhard Schlink
Tomorrow and Tomorrow and Tomorrow de Gabrielle Zevin
My Year of Rest and Relaxation de Ottessa Moshfegh
This Book Will Save Your Life de A.M. Homes
Gracias por leer una chica en cdmx.... Suscríbete de forma gratuita para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo.

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