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Entropía: La newsletter de Antonio · Aug 16, 2026

El eclipse de la conversación.

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Antonio Valenzuela · Entropía: La newsletter de Antonio

Somos seres sociales por naturaleza. Necesitamos sentirnos vistos, escuchados y tenidos en cuenta.Quizá la forma más fácil de mostrarle al mundo quién soy sea decirle qué opino de él.

Nos hemos convertido en opinólogos profesionales que, en un alarde de sincericidio, vamos repartiendo a diestro y siniestro opiniones no solicitadas sobre asuntos que, en realidad, ni nos van ni nos vienen.

Quizá la cuestión sea precisamente esa: opinamos mucho pero conversamos muy poco.

En nuestro día a día, la mayoría de nuestras conversaciones son meramente transaccionales: anodinas, prácticas, mecánicas, operativas. Hablamos de lo que tenemos que hacer, de lo que necesitamos comprar, de dónde debemos ir o de a qué hora tenemos que llegar. Hablamos, hablamos y hablamos, pero rara vez conversamos sobre lo que pensamos, tememos, creemos o anhelamos.

Durante estos días, un fenómeno astronómico que no necesita de nosotros para suceder ha terminado convirtiéndose en una oportunidad para exhibir nuestra cosmovisión.

El eclipse era solo la excusa. Lo importante era dejar claro de qué lado estábamos.

Entonces desplegamos nuestras certezas como un pavo real despliega su cola, en un estallido de «verdades» personales. Cargamos las tintas contra todo aquello que no nos cuadra. Elevamos el tono. Exageramos las diferencias. Tratamos de generar el mayor histrionismo posible con el único fin de arañar un puñado de likes entre nuestros afines.

Así, terminamos reafirmando quiénes somos mediante la exhibición pública y explícita de quiénes no somos.

Esto sucede cuando dejamos de defender nuestras opiniones como ideas y comenzamos a hacerlo como si fueran partes de nuestra identidad. Cuando convertimos una opinión en una declaración pública sobre quiénes somos. Entonces dejamos de ser Antonio, María o Juan para convertirnos en veganos, carnívoros, paleo… El hacer se funde con el ser. La tribu da paso al tribalismo.

En este contexto, cuando alguien cuestiona una de nuestras ideas, sentimos que no está cuestionando lo que pensamos, sino lo que somos. Cualquier desacuerdo comienza a parecernos una amenaza.

Pero que alguien exprese algo con lo que no estás de acuerdo no significa que esa persona esté contra ti. Significa, únicamente, que observa la realidad desde otro lugar…su lugar.

Pero qué difícil resulta cambiar de opinión cuando la hemos convertido en nuestro documento de identidad. Antes te bebías dos cervezas y decías una tontería en un bar y, al día siguiente, nadie se acordaba. Hoy la dejamos por escrito. La publicamos. Y esperamos que otros la aplaudan.

Firmamos así una especie de contrato identitario en nuestras redes sociales que termina convirtiéndonos en prisioneros de nuestras propias opiniones.

Porque cambiar de parecer ya no supone únicamente reconocer que estábamos equivocados. Supone arriesgarnos a decepcionar al grupo al que habíamos demostrado pertenecer.

Tal vez, si conversásemos más en nuestro día a día, nos acostumbraríamos a que nuestras opiniones no formasen parte de nuestra identidad. Aprenderíamos a no convertirnos en aquello que pensamos. A cambiar de opinión sin sentir que nos traicionamos. A escuchar al otro sin interpretar su perspectiva como una amenaza para la nuestra.

Marco Aurelio escribió:

«Si alguien puede demostrarme que estoy equivocado, cambiaré con alegría; porque busco la verdad».

Y quizá entonces podríamos volver a contemplar juntos un eclipse sin necesidad de eclipsarnos los unos a los otros.

Con cariño.

Antonio.

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Read the original on antoniovalenzuela.substack.com

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