Como muy posiblemente ya sepas, soy un apasionado de la medicina ancestral. Me fascina explorar ese territorio liminal donde confluyen la ciencia y la espiritualidad. En dos de mis libros, Estimula tu nervio vago y Vida nootrópica, profundizo en la neurociencia que puede ayudarnos a comprender algunos rituales chamánicos.
Fruto de ese interés, hoy quiero compartir en Entropía la apasionante historia de Rupert, Kristin y su hijo Rowan. Una historia que habla de autismo, caballos, chamanes y Mongolia, pero, sobre todo, de la búsqueda de unos padres por encontrar el camino hacia su hijo.
Rupert Isaacson es un periodista y escritor londinense conocido por su trabajo junto a pueblos indígenas del Kalahari y por su defensa de sus derechos territoriales. Durante años convivió con comunidades tradicionales del sur de África, donde documentó sus formas de vida, sus rituales de sanación y sus tradiciones chamánicas. Lo hizo siempre desde una mirada periodística y antropológica, interesado en comprender aquellas culturas, no en practicarlas.
Su esposa, Kristin Neff, profesora de Psicología en la Universidad de Texas, es una de las mayores especialistas del mundo en autocompasión y una reconocida investigadora en el ámbito de la salud mental.
En 2001, la joven pareja fue bendecida con la llegada de Rowan, su primer hijo. Durante los dos primeros años de vida, todo parecía transcurrir con normalidad. Sin embargo, poco a poco comenzaron a aparecer signos que preocuparon a sus padres.
Rowan perdió el lenguaje que había adquirido, dejó de mantener contacto visual, aparecieron estereotias como el aleteo de manos, sufría rabietas muy intensas, mostraba una gran sensibilidad sensorial y tenía dificultades para controlar los esfínteres.
Finalmente, recibió un diagnóstico de trastorno del espectro autista.
La familia comenzó a recorrer el camino de las terapias convencionales, probando distintas estrategias sin encontrar un beneficio aparente. Hasta que, por pura serendipia, apareció el descubrimiento que lo cambió todo: los caballos.
Sus vecinos tenían una preciosa y dócil yegua llamada Betsy.
Un día, Rowan escapó hacia el prado en dirección a ella. Rupert corrió aterrorizado, convencido de que el animal podría hacerle daño.
Sin embargo, a veces, cuando esperas lo irremediable, aparece lo inesperado.
La yegua se acercó despacio, bajó la cabeza y permaneció completamente inmóvil frente al niño. Rupert, que llevaba montando a caballo desde pequeño e incluso había trabajado como entrenador, aseguró que nunca había presenciado una reacción semejante.
Entonces decidió subir a Rowan al caballo.
Mientras montaba, las estereotipias parecían desvanecerse, su cuerpo se relajaba, el contacto visual regresaba y, por momentos, surgían palabras donde antes solo había silencio.
En una entrevista concedida al podcast Because of Horses, Rupert recordaba: «Cuando Rowan estaba sobre un caballo, era feliz. Era el único lugar donde parecía completamente en paz».1
Así mismo, Rupert contó que «el diagnóstico fue como un duelo». No porque hubiera perdido a su hijo, sino porque sintió que había perdido la posibilidad de comunicarse con él y, con ella, la idea que había construido sobre cómo sería su futuro.2
También explicaba que «no buscábamos una cura. Buscábamos recuperar la comunicación con nuestro hijo».3 De ese anhelo nació una gran aventura.
De la unión entre un periodista acostumbrado a convivir con culturas tradicionales y una psicóloga profundamente vinculada a la investigación académica nació un viaje a Mongolia que cambiaría para siempre su forma de entender el autismo y, sobre todo, a su propio hijo. Aquel viaje sería el germen del libro y del posterior documental El niño de los caballos.
Quizá sea precisamente esa tensión entre ciencia y espiritualidad, entre lo medible y lo inefable, la que hace tan fascinante esta historia. En ella confluyen dos maneras de acercarse al sufrimiento humano: la ciencia occidental, representada por una psicóloga e investigadora, y la antropología de campo, encarnada por un periodista que había convivido durante años con pueblos tradicionales.
¿Por qué Mongolia?
Los padres se preguntaron : «Si los caballos son el puente hacia Rowan… ¿dónde nació la cultura del caballo?».
La respuesta era Mongolia. Para las tribus nómadas mongolas, el caballo más que un medio de transporte, es una extensión del propio cuerpo. Jinete y caballo se funden hasta convertirse en un único ser.
Además, los años Rupert conviviendo con pueblos indígenas y su trabajo documentando las prácticas de sanadores tradicionales africanos le habían llevado a desarrollar un profundo respeto por el chamanismo desde una perspectiva antropológica. Algunos de aquellos sanadores incluso habían realizado ceremonias con Rowan, tras las cuales Rupert creyó observar mejoras transitorias en su comportamiento.
Aquello le llevó a preguntarse si existía algún lugar donde confluyeran dos elementos: una cultura profundamente ecuestre y una tradición chamánica aún viva.
Mongolia era, probablemente, el mejor ejemplo del mundo.
El viaje
En 2007, la familia viajó a Mongolia acompañada por un pequeño equipo de filmación.
Su intención era recorrer el país a caballo en busca de distintos sanadores tradicionales.
Les esperaban jornadas interminables a caballo, cruzando majestuosas montañas entre tormentas, vadeando ríos y pasando las noches en yurtas. Un contexto tan duro hacía inevitable que, por momentos, Rowan sufriera regresiones y rabietas de enorme intensidad.
Rupert reconoce que, durante la primera parte del viaje, intentó imponer su propia idea de cómo debía desarrollarse la experiencia, hasta que comprendió que debía seguir el ritmo de Rowan, y no el suyo.
Quizá fue en ese cambio de actitud donde comenzó la verdadera transformación de su relación con su hijo. La aceptación como una forma de liberación.
Los chamanes
Durante su travesía visitaron a varios chamanes, que celebraron distintos rituales de sanación en los que los protagonistas eran los tambores, los cantos, las invocaciones a los espíritus ancestrales, las ofrendas, el humo y los estados de trance.
Un contexto que, según el neurocientífico Cris Timmermann, del Imperial College London, favorece profundos cambios en la dinámica cerebral y una reorganización transitoria de las redes neuronales.
Al contrario de lo que cabría esperar, ninguno de los chamanes que visitaron prometió «curar el autismo».
Más bien parecían hacerse una pregunta muy distinta: «¿Qué necesita verdaderamente este niño?»
En lugar de intentar normativizar a Rowan o convertirlo en un individuo que encajara en los estándares occidentales de normalidad, lo trataron como alguien dotado de una sensibilidad especial.
En una entrevista concedida en 2010, Rupert explicaba que, en muchas culturas tradicionales, personas que en Occidente podrían recibir diagnósticos como autismo, trastorno bipolar, epilepsia o esquizofrenia eran consideradas aptas para convertirse en chamanes.
De hecho, afirmaba: «En nuestra cultura serían institucionalizadas; en esas culturas se consideran cualificadas para un trabajo, no descalificadas de la sociedad».
Y concluía con la siguiente reflexión: «Es un enfoque completamente diferente: ¿es una persona enferma o simplemente una persona diferente destinada a desempeñar otro papel?».4
Y es que el encuentro con Ghoste cambió su cosmovisión…..
El episodio más conocido ocurrió con Ghoste, un chamán del pueblo tsaatan, pastores de renos del norte de Mongolia.
Durante una ceremonia nocturna, Ghoste realizó un ritual de sanación y, al finalizar, dijo a los padres que los problemas más graves de Rowan —especialmente las rabietas violentas y la incontinencia— desaparecerían. Y concluyó que “para vuestro pueblo, Rowan es un enfermo, para nosotros sería un Chamán”.
En muchas tradiciones chamánicas de Siberia, Mongolia y Asia Central existe la llamada «enfermedad chamánica»: un proceso iniciático en el que personas que, desde la infancia, muestran comportamientos inusuales, una gran sensibilidad, estados alterados de conciencia o dificultades para encajar socialmente pueden ser interpretadas como individuos «llamados» por los espíritus para convertirse en chamanes.
Según relata Rupert, los cambios comenzaron a apreciarse al día siguiente.
En las semanas posteriores observaron una disminución de las rabietas, una mejor regulación emocional, la desaparición de la incontinencia, una mayor capacidad de comunicación y un creciente interés por relacionarse con otras personas.
Con el paso del tiempo, Rupert llegó a una conclusión que trascendía la propia experiencia del viaje: «En muchas culturas tradicionales estas personas no son vistas como defectuosas, sino como personas con un papel diferente dentro de la comunidad».4
Sin embargo, siempre ha sido extraordinariamente prudente al interpretar lo sucedido. Nunca ha afirmado que el chamán «curara» el autismo. Al contrario, en una entrevista concedida al diario El Mundo insistía: «No, el mensaje que yo quiero transmitir es que mi hijo no está curado, Rowan sigue siendo autista». Y añadía: «No hay nada que cure el autismo, pero sí hay cosas que pueden ayudar a mejorar los síntomas».1
Lo que Rupert sostiene es que no puede explicar exactamente qué ocurrió en Mongolia. Pero también que aquel viaje marcó un antes y un después para su hijo… y para él mismo. Quizá, como terminaría preguntándose años después, el problema nunca fue el niño. Quizá el verdadero problema era la cultura en la que intentábamos que viviera.
Ghoste fue el destino, pero quizá lo verdaderamente sanador fue el camino.
Como Rupert comentó en una entrevista para The Guardian: «La naturaleza exige mucho menos al sistema nervioso de un niño con autismo que una ciudad moderna».5
Años más tarde, al recordar la extraordinaria conexión entre Rowan y los caballos, explicaba: «Los caballos nunca intentaron cambiar a Rowan. Simplemente lo aceptaban. Y, precisamente por eso, Rowan podía relajarse».6
Con el paso del tiempo, Rupert terminó resumiendo toda aquella experiencia con una frase que, probablemente, explica mejor que ninguna otra el verdadero sentido del viaje: «El viaje terminó cambiándome mucho más a mí que a Rowan».1
Con cariño.
Antonio.
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Gracia de corazón.
REFERENCIAS:
Rupert Isaacson. Entrevista para el podcast Because of Horses, episodio «Rupert Isaacson and The Horse Boy».
Rupert Isaacson, entrevista con María Valerio, El padre que susurraba a los caballos, El Mundo, 20 de junio de 2009.
Rupert Isaacson, The Horse Boy, Little, Brown and Company, 2009.
Isaacson, R. Rupert Isaacson on Miracle Cures for Autism. Entrevista realizada por Nigel Warburton para Five Books, 2010.
Rupert Isaacson. Entrevista con The Guardian, «The Horse Boy: healing autism», 23 de enero de 2010.
Rupert Isaacson. Entrevista para One Movie, Five Views, «Interview with Rupert Isaacson», 2009. (Idea reiterada posteriormente en otras entrevistas sobre The Horse Boy).

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