Roma, año 64 d.C.
En el taller de acuñación junto al templo de Juno Moneta, el aire huele a carbón y a metal fundido. El procurador de la ceca sostiene un denario recién salido del cuño: el rostro de Nerón brilla, todavía tibio. Frente a él, el enviado del palacio baja la voz.
—El César necesita más denarios de los que la plata permite acuñar. El incendio arrasó diez de los catorce distritos y la reconstrucción no da espera.
—La plata que llega es la que llega.
—Por eso mismo. Desde hoy, cada denario llevará 3,4 gramos de plata y no 3,9. El áureo baja de 8 gramos de oro a 7,2. La diferencia queda para el tesoro imperial.
—¿Y cuando el pueblo lo note?
El enviado gira la moneda entre los dedos y se la devuelve.
—Nadie pesa el rostro del emperador.
Aquella tarde se perfeccionó el impuesto más eficiente jamás inventado: el que no necesita recaudador, ni edicto, ni cobrador en la puerta. Dos siglos y medio después, el denario era una lámina de bronce con trazas de plata en la superficie, y Roma, un imperio incapaz de pagarles a sus legiones con algo que valiera la pena defender.
Bogotá, julio de 2026.
Mauricio llega a la comida con el celular en la mano y la pantalla abierta en el gráfico. Lo pone sobre la mesa, frente a Ricardo, su amigo de la universidad.
—61.000 dólares. Yo compré en 112.000. De 126.000 a esto en nueve meses. Esto se acabó, hermano. ¿Para qué me recomendaste comprar?
—No te recomendé: te expliqué la virtud del activo. Y no voy a discutir la responsabilidad de cada uno con lo que compra. Mejor hagamos una cuenta. ¿En cuánto está la TRM?
—Por ahí en 3.260. Mínimos de años.
—Entonces un bitcoin cuesta hoy unos 200 millones de pesos. ¿Cuándo fue la última vez que costó eso?
—Ni idea.
—Primer trimestre de 2021. Y hace un año, con el precio arriba de USD 100.000 y la TRM sobre 4.000, ese mismo bitcoin costaba más de 430 millones. Si esa noche te hubieran ofrecido comprarlo a menos de la mitad, al precio en pesos de comienzos de 2021, ¿qué habrías hecho?
—Habría vendido el carro.
—Esa oferta está servida sobre la mesa. Y te tiembla la mano.
Mauricio se queda mirando el gráfico. Se da cuenta de que en el activo no cambió nada: ni una línea de código, ni una regla de emisión, ni un bloque fuera de horario. Cambió el ánimo de los hombres.
—Ya sé lo que estás pensando. Tienes la misma cara burlona que ponías cuando me explicabas cálculo.
—Es que me causa ternura la inocencia de quien confunde el clima lluvioso de una tarde con los milenios geológicos de la montaña que recibe la lluvia —señala cáusticamente Ricardo.
—Entonces explícame otra vez el activo, pero con la paciencia de cuando me enseñabas una y otra vez a integrar —dice Mauricio—, como si nunca me lo hubieras explicado.
—Agarra ese whisky y vamos al balcón para no aburrir al resto, porque para explicarte otra vez por qué Bitcoin es la maravilla de activo que es, necesito empezar por donde nadie empieza: por el pecado original de la moneda.
Resulta que la moneda arrastra un defecto de fábrica, casi que un pecado original: alguien —una contraparte— la valida (o legitima) y la emite. Y quien la emite puede hacer exactamente lo que hizo Nerón: expandir su oferta (emitiendo más o arañándole un poco de su contenido), envileciéndola para embolsillarse ese valor extraído y, así, transferirse en silencio parte del patrimonio de todos los tenedores, de todos quienes confiaron o se vieron obligados a transar en ella.
He ahí el denario del año 64, el marco de Weimar, el bolívar, el sucre, el peso argentino.
El 31 de octubre de 2008, en plena quiebra del sistema financiero global, un anónimo que firmaba como Satoshi Nakamoto publicó 9 páginas que resolvían el problema. Es decir, absolvían a la moneda de su pecado original. A lo que creó lo llamó Bitcoin: una moneda digital consistente en un registro público de créditos y débitos entre personas (ledger o libro mayor contable), replicado y verificado por miles de nodos independientes en una cadena de bloques (blockchain) de dichas transacciones, donde nadie —ni un emperador, ni un banco central, ni Satoshi mismo— puede meter la mano.
El 3 de enero de 2009 el propio Satoshi minó el primer bloque de transacciones con Bitcoin y, con evidente sarcasmo, dejó grabado en él el titular de The Times de ese día: “Chancellor on brink of second bailout for banks”.
En mayo de 2010 dos pizzas costaron 10.000 BTC y el mercado le puso su primer precio: 0,4 centavos de dólar. Con ese mismo protocolo intacto, el precio exhibe una tasa de crecimiento anual compuesta superior al 30% desde 2018, mayor al 50% si tenemos en cuenta la última década y astronómica si se mide desde su primera formación de precios con la pizza en 2010.
De tal manera que, con todo y el desplome de precio de los últimos meses, quien invirtió 1.000 dólares en BTC hace 10 años, hoy tiene un patrimonio de USD 92.000. Es decir, ¡92x en 10 años! Los mismos USD 1.000 en el S&P 500 durante esos 10 años serían unos USD 3.300 hoy, y guardados en pesos colombianos habrían perdido cerca de una tercera parte de su poder de compra. No en vano la red de Bitcoin custodia en la actualidad USD 1,3 trillones de valor económico o patrimonio de las personas.
Así que mirar la evolución del precio de BTC en el último año y desanimarse por ello —en vez de aprovechar la oportunidad de compra vigente— es perder de vista la dinámica completa de valor y apreciación del activo; una dinámica que proviene de 5 virtudes que solo Bitcoin y ningún otro activo en el planeta tiene a la vez. Veámoslas.
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