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Mirth as Medicine · Jul 12, 2026

Algo supuestamente divertido que, desafortunadamente, tendré que volver a hacer

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Ana Bosch · Mirth as Medicine

1Hace más o menos diez días, después de pasar diez días maravillosos en Cerdeña, volvimos a casa para encontrarnos con una semana de lluvia. C volvió directamente al trabajo (la ciencia, al parecer, nunca duerme) y yo me quedé con tres niños que necesitaban entretenimiento bajo techo. Como la perspectiva de ver Garfield en Netflix ocho horas al día amenazaba seriamente con acabar con mi cordura, preparé un plan cuidadosamente diseñado de visitas a museos.

Los dos primeros museos fueron, al menos desde mi punto de vista, un éxito rotundo. Empezamos por la Kunsthal Charlottenborg, donde en una pequeña sala de proyección se emitía una serie de entrevistas con algunos de los artistas cuyas obras estaban expuestas. Fue muy interesante escuchar cómo hablaban de su trabajo y luego contemplar el resultado final en las salas del museo. Incluso llegamos a cruzarnos con una de ellas por uno de los pasillos, y CA se quedó bastante impresionada.

Dos días más tarde pasamos toda la mañana en la Colección Hirschsprung, admirando a pintores daneses de finales del siglo XIX y principios del XX, así como una exposición dedicada a la artista sueca Hanna Hirsch Pauli. Después de darnos un festín de arte de primer nivel, nos fuimos a comer ramen y, acto seguido, a una tienda de manualidades para comprar el material necesario para la siguiente tarea: dibujar lo mejor del día (véase la figura 1).

Figura 1.

Resultado educativo: tres horas en uno de los mejores museos de arte de Copenhague, seguidas de un homenaje artístico unánime a la comida. Bueno, salvo por la obra maestra de E (panel superior izquierdo), titulada Fuego. No tengo claro si pretendía rendir tributo al expresionismo o si, simplemente, quiere ver arder el mundo.

Después de aquel desastre artístico recordé que mis amigas A y R me habían recomendado el museo de ciencias para niños Experimentarium y decidí llevarlos allí. Naturalmente, mi idea distaba mucho de ser original y, en aquel lluvioso día en particular, TODOS los padres de Copenhague habían tenido exactamente la misma brillante ocurrencia.

Lo que en mi cabeza iba a ser un día dedicado an absorber ciencia y maravillarnos con los fenómenos físicos y biológicos que rigen el mundo natural se transformó en una pesadilla que incluía hordas de niños gritando y pulsando botones. En un momento dado, después de que mi particular colección de hijos hubiera jugado a un videojuego en el que había que activar primero el sistema inmunitario innato y luego el adaptativo para combatir una infección, les pregunto:

–Entonces, ¿qué habéis aprendido?

Me devuelven una mirada completamente inexpresiva, propia de personas que ni siquiera son conscientes de que hubiera algo que aprender.

En ese momento me rindo. Me siento en el suelo, en un rincón relativamente tranquilo, les doy instrucciones muy concretas sobre dónde pueden encontrarme, los dejo sueltos por la jungla y me pongo a reflexionar sobre hasta qué punto la idea que el museo tiene del aprendizaje choca frontalmente con la mía… y sobre la caída de la civilización occidental.

Desde entonces hay una serie de preguntas bastante acuciantes que no dejan de rondarme la cabeza. No cabe duda de que hemos sustituido la contemplación por la interacción, pero desconocía por completo que hubiéramos llegado también a la conclusión de que pulsar botones es, en sí mismo, una actividad educativa.

Mi verano también ha estado dedicado a leer la serie de Bernie Gunther, de Philip Kerr. Cuando empecé la saga Berlin Noir me quedé perpleja al darme cuenta de que este autor me había pasado completamente desapercibido hasta ahora. Para mí, Philip Kerr es la combinación perfecta de Eric Ambler, Raymond Chandler y Graham Greene. Su detective protagonista trabaja en la Alemania nazi y está lleno de defectos.

Lo que más me gusta es que, en las novelas ambientadas después de la guerra, Bernie vuelve una y otra vez a la misma pregunta: ¿Cómo pudimos dejar que esto ocurriera? Se da cuenta de que, aunque intentó con todas sus fuerzas preservar su integridad (no os voy a destripar los libros), sobrevivió porque en muchas ocasiones hizo la vista gorda. Eso le convirtió en cómplice, y ese es precisamente su tormento. En un momento dado, Kerr expresa una idea que me recuerda a una reflexión deViktor Frankl: las personas verdaderamente buenas no sobrevivieron.

Las novelas de Kerr me han llevado a cuestionarme la naturaleza del mal y, dada mi capacidad de irme por las ramas, quise profundizar un poco más. Eso me llevó hasta Hannah Arendt, quien, tras asistir al juicio de Eichmann en Jerusalén, formuló una de las ideas más inquietantes del siglo XX: el mal no siempre tiene el rostro de un monstruo. La mayoría de las veces tiene un aspecto inquietantemente normal.

“El problema de Eichmann era precisamente que muchísimas personas eran como él, y que esas personas no eran ni perversas ni sádicas; eran, y siguen siendo, terrible y aterradoramente normales.”

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal.

No he leído a Arendt. C me sugirió que quizá todavía no era el momento porque había empezado a ver nazis fugados en el supermercado. En lugar de eso he optado por un camino más edificante y esperanzador. El caso es que una de las luchas constantes de Bernie consiste en conservar un resquicio de decencia a pesar de todo lo que ocurre a su alrededor. Así que la pregunta “¿Cómo se vuelven cómplices del mal las personas corrientes?” ha sido sustituida por otra bastante más esperanzadora: “¿Cómo consiguen las personas corrientes seguir siendo decentes?”. Y, dado que me temo que los niños del siglo XXI no van a encontrar la respuesta en los museos modernos, interactivos e inútiles, la cuestión pasó a parecerme mucho más urgente. Así fue como acabé tropezando con Sobre los deberes, de Cicerón.

Ahora bien, antes de embarcarme en esa lectura necesitaba un poco de contexto histórico. He descubierto que Cicerón es otro personaje histórico controvertido que luchó con todas sus fuerzas por mantener la República romana como una república. Como cónsul se opuso ferozmente al poder autocrático y a las dictaduras (Sila, los triunviros, Julio César, los aires de grandeza de Marco Antonio y, por último, el responsable último de su muerte: Octavio Augusto). También era un hombre profundamente imperfecto: vanidoso e incapaz de ceder.

Y aquí viene el giro irónico. Cuando vio que, tras el asesinato de Julio César, Marco Antonio empezaba a presentarse como el nuevo César, tomó bajo su protección a Octavio, que tenía apenas dieciocho años, con la idea del famoso laudandum adulescentem, ornandum, tollendum: alabar al joven, honrarlo... y luego apartarlo. Las cosas no salieron exactamente según lo previsto. Octavio terminó aliándose con Marco Antonio, quien exigió la ejecución de Cicerón como represalia por los innumerables insultos que había recibido en las Filípicas. Y así murió Cicerón2.

Aquello despertó mi curiosidad por Octavio. El muchacho era astuto, decidido y, dejando a un lado el nepotismo (al fin y al cabo era sobrino nieto y heredero adoptivo de Julio César), a los dieciséis años ya acompañaba a César en campaña por España (Hispania por aquel entonces), de modo que también podría decirse que era valiente.

Las comparaciones con los jóvenes de hoy son injustas, pero también completamente deprimentes.

Estaba leyendo sobre estas hazañas cuando oí a mi hijo de once años discutir con su padre porque, al parecer, le resultaba materialmente imposible poner la mesa para cenar. Me sorprendí a mí misma diciendo, con auténtica indignación:

– P, ¡Octavio Augusto estaba invadiendo Hispania con dieciséis años! ¿Qué estás haciendo tú con tu vida?

La ceja arqueada de C me hizo darme cuenta de que, quizá, mi elección de modelos de conducta era un tanto cuestionable.

Educar es difícil.

Y ahora E quiere volver al Experimentarium para celebrar allí su cumpleaños.

1

Mis disculpas a David Foster Wallace por apropiarme descaradamente del título de su desternillante libro.

2

Nota al pie para quienes hayan encontrado un poco confuso mi intento de condensar la política romana: Marco Antonio no asesinó a Julio César. Lo que sí quería era el poder que César dejó tras de sí. Cicerón estaba horrorizado ante la posibilidad de otro hombre fuerte y defendía con vehemencia que Roma siguiera siendo una república. Por eso escribió una serie de discursos, las Filípicas, en los que sometió a Marco Antonio a un nivel de escarnio público que haría que la mayoría de los políticos actuales llamaran inmediatamente a sus abogados.

Antonio acabó aliándose con el heredero de César, Octavio (el niño prodigio), y exigió que Cicerón pagara aquellos insultos con su vida. Octavio, que tenía sobrados motivos para estar agradecido a Cicerón y que, según la mayoría de las fuentes, incluso lo admiraba, respondió: “Vale”. Y Cicerón fue ejecutado.

Si os parece entretenida la política del siglo XXI... esperad a descubrir la historia de la Roma republicana.

Read the original on anabosch.substack.com

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