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Mirth as Medicine · Aug 9, 2026

Cosas que me encantan

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Ana Bosch · Mirth as Medicine

Tres mujeres corriendo por la orilla de un río, con un hombre observándolas — 1911

El pasado mes de marzo me tomé un mes de permiso sin sueldo para mudarme a Dinamarca. En pleno momento en el que estaba harta de ser Ama de casa, me inscribí en una carrera de 30 km solo para sentir emoción por algo, lo que fuera. Lo curioso es que la carrera ni siquiera era en marzo, sino que es este septiembre, y en mi frenesí de “¡apúntame!” se me olvidó tener en cuenta que mi vida sería muy diferente a estas alturas y que, evidentemente, tenía que entrenar.

¿Por qué 30 km? Bueno, porque correr es una de las cosas que me encantan. Además, ya he corrido medias maratones antes y dar el salto a una completa, cuando una empieza a oír historias de otros de mi edad que sufren infartos, me parecía un poco arriesgado. Porque esa parte de mí que se le da muy bien animar engañar a la otra parte no dejaba de susurrarme: “¿Qué son 10 km más? Puedes hacerlo con los ojos vendados”.

Podría hacerlo perfectamente con los ojos vendados, guiándome por los gritos de los espectadores para no chocar contra las paredes. El problema es que los organizadores no requieren que lleve los ojos vendados; lo que requieren es que corra. Desde 2024, cuando participé en todas las carreras en las que pude inscribirme, mi interés se ha centrado en el entrenamiento de fuerza, y desde entonces la distancia que he recorrido es de 7 km a la semana como mucho.

Y aquí estamos.

Como no me interesa batir ningún récord, mi único objetivo es llegar a la meta. Aun así, tengo algunas expectativas, como llegar antes de que los organizadores envíen una partida de rescate a buscarme o, peor aún, que dejen de esperar a que llegue el último y yo haga mi sprint final al sonido de los vítores de nadie. Me imagino llegando a la meta y ver que alguien ha dejado mi medalla (todos recibimos una) colgada de un palo porque ya han recogido los bártulos y se han ido. También me gustaría llegar antes que el coche escoba, no porque sea especialmente competitiva, sino porque tengo cierto respeto por mí misma que me gustaría mantener.

En definitiva, mi programa de entrenamiento de las últimas tres semanas ha sido intenso, pero hasta ahora he conseguido mantener el ritmo. Por trabajo y debido a que tengo niños que mantener con vida, las carreras largas las tengo que hacer los domingos por la tarde, cuando lo único que realmente me apetece es vegetar en el sofá. Además, mi PT está llenando mis sesiones de entrenamiento de fuerza con sentadillas búlgaras y zancadas (insertad aquí emoji de náusea). Dada mi genética, me despierto por la noche con sudores fríos pensando que terminaré el año con las piernas de Roberto Carlos. Pero lo que realmente me pone los pelos de punta son las sesiones de resistencia. Esas sesiones en las que se supone que mi corazón debe superar las 160 pulsaciones por minuto me hacen darme cuenta de lo lamentablemente poco preparada que estoy para un eventual infarto de miocardio.

Independientemente de mi estado de salud, pasar tantas horas de pie me permite reflexionar durante esas largas carreras sobre otra de mis cosas favoritas: el inicio del siglo XX. Llega un momento en el que una conoce tan bien el recorrido que puede verlo incluso estando en otro lugar. Elijo estar en Londres en 1905. Oigo el susurro de las faldas largas al caminar, el silbido de las locomotoras de vapor que anuncian viajes a las fincas de campo, el raspado de plumillas escribiendo sobre el papel grueso. Veo farolas de gas, baúles de viaje, cuellos de encaje, relojes de bolsillo, libros de biblioteca con letras doradas y los recogidos al estilo “Gibson Girl”, sostenidos de manera imposible por solo tres horquillas.

Comparo todo lo que encuentro en mi cabeza con mi presente y, como buena romántica que soy, la música que llega a mis oídos por los auriculares conectados a mi teléfono móvil me chirría. Se trata de una recopilación de finales de la década de 2010 a 150 BPM, pensada para mantener el ritmo de la marcha. La música choca tan dramáticamente con las imágenes de mi mente que mi delicada sensibilidad se ve herida. “¿Qué música escucharían en la década de 1900 para correr?”, me pregunto. Durante unos segundos fantaseo con correr al ritmo de la Marcha Radetzky, pero esta cuestión requiere más investigación. Por curiosidad, escribo en Spotify música para correr de los años 1900, solo para ver si alguna alma gemela ya ha hecho el trabajo por mí. Spotify da por hecho que sufro un cortocircuito neuronal: seguro que me refería a los años 1990. Sin duda.

Empieza a sonar Cotton Eye Joe.

No me sorprende que Spotify haya dado por hecho que sufría un fallo cerebral. La gente de principios del siglo XX no corría por diversión. El entrenamiento cardiovascular no existía, y el entrenamiento de fuerza formaba parte del trabajo diario. Para ser sincera, no hace mucho mi abuela (que Dios la tenga en su gloria) me preguntaba perpleja “¿Para qué?” si le decía que iba a salir a correr. Claro, en su juventud se levantaba a las 5 de la mañana para cosechar tomates. Mi abuela cantaba Antonio Machín cuando trabajaba. Leo que para el trabajo duro que requería coordinación se cantaba también. Canciones marineras.

Salgo a hacer una carrera rápida al son de una lista de reproducción de marineras. ”¡Santo Dios!”, digo entre dientes. Esto no me está ayudando mucho.

Me vienen a la mente otras cosas que me encantan. Los derechos laborales. El sufragio femenino. La epidural. Los antibióticos. Las vacunas. “¡Ah! Las mamografías” pienso al doblar la última esquina hacia mi calle. Mi mano roza mi seno izquierdo.

Últimos metros. Mis reflexiones viran 180°. Pienso en moda. Correr con un corsé… eso sí que sería un reto.

Los sujetadores deportivos. Otra de las cosas que me encantan.

Classic - Happy Birthday Roberto Carlos Never skipped a leg ...
Roberto Carlos jugando para el Real Madrid. Sus muslos son referente cultural clave para la generación X.

Read the original on anabosch.substack.com

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