Amigas 👋
Por acá, sigo peleando con Meta para que bajen la cuenta clon. Presa de mi propio éxito.
Tuvimos el primer curso y fue increíble. Muy, muy emocionante. Se debería llamar INTERPELADAS, no Interesadas. Este finde hacemos el de diciembre, también sold out como el anterior. Pero se abrieron los cupos de enero.
La acción del 25N fue un éxito… y también un pequeño desborde. Se anotaron más de 1000 Amigas (sí: mil). Así que lo más probable es que las agrupe en un webinar más cortito. Si no, iban a terminar entrando por turnos hasta el 2064. Ya jubiladas.
Amigas de Barcelona: las que vinieron a la charla en Casa del Llibre, ¿se quedaron con ganas de más? Bueno, reserven el 17 de diciembre a las 18.30. Sale cava y charla Con Pili de @bowiebooks en el estudio. Se anotan acá.
Amigas de Madrid: reserven el 18 de diciembre a las 19 en Tirso. Panel, vinitos y obvio, muchos libros para comprar. En breve sale flyer.
Ahora sí, vamos al tema de hoy.
Hace unos días estaba hablando con unos amigos. Charla de fin de año, esa mezcla de cansancio y balance existencial que flota en diciembre. En un momento, alguien preguntó: “¿Y vos? ¿Qué planes tenés para las fiestas?”. Le digo que nada especial… y al segundo agrego, casi como confesión:
“Me cansé de subvencionar normalidad”.
Solté la frase y les vi las caras. Ouch.
Demasiada honestidad para un intercambio que se suponía liviano.
Después de los 40, algo en vos se quiebra. Y no, no es tu humor o tu cordura, como les encanta sugerir. Lo que se rompe es el pacto silencioso que venías sosteniendo desde los cuatro años: el pacto de agradar.
Louann Brizendine, en su libro The Female Brain, hace un trabajo fenomenal explicando que durante décadas, la combinación de estrógeno y oxitocina cablea a las mujeres hacia la armonía y la disponibilidad emocional permanente. O sea, te convierten en una máquina de agradar. La biología arma el circuito; la cultura lo perfecciona. Pero de repente, bam, ya no estás en edad de gestar. Y tu cuerpo dice: “Epa, esto cambió”. La química se reorganiza, y con ella tus prioridades. Lo que antes fluía automáticamente—soportar, ceder, agradar—empieza a sentirse innecesario, incluso absurdo. En realidad, lo que se apaga es la parte de tu cerebro que te hacía priorizar la comodidad ajena como si fuera una emergencia. (Ni hablar del doble clic de que en nuestra edad fértil estamos programadas químicamente para agradar. El cerebro: hecho trizas).
La otra menopausia
Cuando hablamos de menopausia (y la peri, su etapa previa), siempre se habla de deterioro: memoria que flaquea, concentración que se pierde, ánimo que se altera. Y sí, todo eso existe y no hay que negarlo (hola abrir la heladera y no saber qué fuiste a buscar). Pero lo que casi nunca se menciona son las ganancias.
La menopausia también devuelve criterio y autonomía que antes estaban secuestrados por la obligación de agradar.
Ellen Scher lo dice mejor de lo que yo podría en su artículo, que fue el disparador de este newsletter, y el clic que me hizo ver que la menopausia no es un “colapso” como nos quieren vender: es devolución histórica.
El problema cuando esto se choca con el mundo laboral
Tus hormonas se reorganizan. Vos perdés todos los filtros. La sociedad te dice que es un defecto, pero en realidad estás recuperando recursos, al filtrar lo que importa, de lo que no. Cuidar nuestro capital emocional (AL FIN!) como lo más preciado que tenemos.
¿El problema? Muchos sistemas laborales cuentan con que las mujeres nunca hagan ese giro. No tengo data que respalde esto (sólo experiencia) pero quizás porque mientras tu cerebro se vuelve más directo y con menos pulgas, el mundo laboral sigue enamorado de tu otra versión, la que era diviiiiiiina.
¿Por qué me atrevo a llegar a esta conclusión? Porque este despertar coincide exactamente con la edad en la que más mujeres pierden el empleo. La mayor cantidad de mujeres en paro de larga duración en España están justamente en esta franja etaria. No es un capricho estadístico: es un patrón. Un patrón que, además, erosiona nuestras cotizaciones en el momento más sensible de la vida laboral. Y ya sabemos cómo termina esa ecuación: con jubilaciones más bajas, más precarias y más dependientes.
El sistema te descarta justo cuando dejás de ser dócil. Casualidad, mis ovarios.
¿Qué tiene que ver todo esto con el dinero? Absolutamente todo
Perder filtros no es pérdida: es energía recuperada en criterio y límites. Muchos límites. Y esto puede ser genial para tu bolsillo.
Menos necesidad de agradar → negociás mejor.
Cuando ya no estás en “modo conciliación eterna”, aparece algo revolucionario: decís lo que querés. Lo que necesitás para decir que sí y tenés clarísimo tu no. La negociación deja de ser una coreografía para no incomodar y se convierte en una transacción consciente.
Menos paciencia para la incompetencia → elegís mejores proyectos y clientes.
Ya no tenés ganas de sostener melodramas ajenos. Ese filtro que “perdés” es, en la práctica, un GPS afinadísimo para evitar fugas de energía (y de ingresos). La menopausia tira abajo el decorado de una patada: deja al descubierto qué te sirve y qué no. Te permite discernir mejor y cortar el bullshit. Y esa lucidez también es un activo.
Tiempo finito, energía cara → podés poner precio a todo lo que antes dabas gratis.
La menopausia te enseña economía aplicada: si algo te drena, cuesta. Así de simple. De golpe empezás a cobrar donde antes “ayudabas”, a poner límites donde antes “acompañabas”, a decir no donde antes tragabas saliva y le dabas para adelante.
El mundo te quiere dócil justo cuando tu cerebro te quiere libre
Como digo en el libro: pasados los 40 las mujeres ganamos canas, pero perdemos filtros. El problema es que culturalmente nos enseñaron a vivir esta transición como una tragedia, como si envejecer fuera un colapso y no un renacimiento.
Y ahí está la maravilla: la libertad aparece justo cuando nadie espera que la tengas. La menopausia revela lo que hemos sacrificado y nos ofrece, por primera vez, un espacio propio, ese del que hablaba Virginia Woolf. (Pasa que también lo ofrece con sofocos, insomnio, y un festival de otros síntomas que nadie pidió, pequeño detalle).
Por eso el mundo intenta vender esta “pérdida de filtro” como un desperfecto.
“Está loca”.
“Perdió la cabeza”.
Qué conveniente. Porque si te convencen de que tu claridad es un síntoma, pueden seguir tratándote como un felpudo. Pero la verdad es otra: no perdiste el filtro, recuperaste tu criterio. Y eso, Amiga, es mucho más peligroso para el sistema.
En este cruce —hormonal, cognitivo y económico— aparece una verdad incómoda:
Tu yo verdadera era esta.
La que piensa por sí misma. La que pone límites. La que cobra. La que elige. La que exige. La que no financia más el mundo a costa propia.
Y esa versión, Amiga, no está rota. Está despierta.
Nos leemos la próxima 👋
Noticias de la semana
¿Nvidia maquilló los resultados? Bueno, no es sorpresa: ya viven en la zona gris entre exageración y fantasía pura. Parece la empresa infló un poco sus previsiones de ventas de chips y el mercado reaccionó. Los números no cerraban. ¿O cerraban? Como todo, depende como lo mires.
Esta semana Bitcoin se pegó un buen porrazo: China volvió a poner el ojo en las criptos. Bloqueos, regulaciones y advertencias del gobierno chino sacudieron al mercado. Resultado: el precio se desplomó y los inversores corrieron a buscar refugio en algo menos volátil… Ah no, cierto que ya no queda más nada.

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