Hola Amigas 👋
Feliz año. Qué tremendo viene este 2026. Apenas digerimos el pan dulce y ya tenemos un mundo nuevo que procesar.
Varias noticias rápidas: el curso de este mes está sold out, pero ya están las fechas para febrero, a pedido de las que se quedaron afuera.
Por otro lado, estoy relanzando este espacio, en un esfuerzo por centrarme en producir más contenido de calidad y pasar menos tiempo en redes. Este es mi humilde aporte ante la tiranía del scroll. Así que van a ver mucho más contenido por acá. También lanzo una opción de pago para responder todas las preguntas que tengan: desde dudas puntuales hasta discusiones más profundas sobre dinero, economía o el mundo que nos toca navegar. El resto del contenido, como este newsletter, sigue siendo gratuito y abierto para todas.
Sin más, allá vamos.
Durante años nos contaron que el mundo funcionaba con reglas. Tratados, organismos multilaterales, sanciones, derecho internacional, arbitrajes, comunicados “expresando preocupación” y pidiendo “mediación pacífica”.
Lamento informarles que ese mundo no existe más.
Pero ojo, no terminó de golpe.
Terminó cuando nadie pagó el costo real por romperlas.
Cuando violar las reglas ya no genera consecuencias y todo se olvida en un scroll. Cuando la barbarie se volvió rentable y absolutamente todo se convirtió en un meme.
Los memes son la herramienta normalizadora de la barbarie en este siglo. Hacen digerible cualquier noticia hasta volverla compatible con el desayuno, el transporte público, y hasta el baño.
Entonces, pasó algo peligroso: todo se volvió contenido. Literal. Lo absurdo, lo ilegal, lo injusto: todo se comparte, se normaliza, y en consecuencia, se banaliza.
La última herramienta de control es el scroll infinito.
Putin no invadió Ucrania por nostalgia soviética. Lo hizo por algo mucho más básico y estratégico: recursos y control sobre Europa.
Putin invadió Ucrania sin mucha explicación. ¿Qué pasó después? No mucho. Sanciones graduales. Mucho ruido. Poco castigo estructural.
Ahí se rompió algo.
Rusia sentó un precedente. El mensaje fue claro, aunque nadie lo formuló así: si el activo es estratégico y se resiste lo suficiente, el mundo se adapta. El shock inicial no mata. La indignación se negocia. La atención tiene fecha de vencimiento.
Tres scrolls en el teléfono y a otra cosa.
Ese aprendizaje es el que hoy están aplicando otros.
Cuando Trump mira a Venezuela no está “interviniendo”. Está haciendo inventario.
Con el tiempo, Make America Great Again dejó de ser un eslogan ambiguo. Hoy es bastante claro a qué “again” se refiere: a los años noventa. Un orden unipolar, extractivo, con Estados Unidos en el centro de los flujos de energía, capital y comercio, y con menos intermediación institucional. (El Congreso, ¿qué era eso?)
La diferencia es que en los noventa, estas operaciones todavía requerían un marco narrativo robusto. La exportación de la democracia, la lucha contra el terrorismo, la defensa del mundo libre. Armas de destrucción masiva y coso. La brutalidad necesitaba justificarse. Hoy, ya no. La lógica es más directa, más transaccional y menos pudorosa. No se construyen grandes relatos: sólo se identifican activos.
La pregunta, entonces, no es por qué Venezuela. Eso es fácil de responder. Un régimen agotado, con una economía devastada, violaciones sistemáticas de derechos humanos y un tercio de su población viviendo en el exilio, dejó la situación servida.
Venezuela no es una anomalía. Es parte de un patrón. (Nota incómoda: del top 10 de productores de petróleo del mundo, solo dos son democracias. Ouch).
La pregunta es, ¿por qué ahora?
Todos los caminos conducen, una vez más, a China.
En el último año, Venezuela había profundizado su vínculo energético y financiero con China. Llevaba un año vendiéndole petróleo a China. En yuanes, no en dólares.
La última reunión que tuvo Maduro en Miraflores fue con… Qiu Xiaoqi, el encargado de relaciones exteriores para Latinoamérica. Sólo 10 horas antes de ser capturado.
Estados Unidos no puede permitirse que países con grandes reservas de commodities estratégicos queden integrados a una arquitectura financiera alternativa, paralela al dólar. Especialmente hoy, en un contexto donde su hegemonía económica depende de sostener el rol central de su moneda en el comercio global. Y con el dólar habiendo perdido valor contra todas las principales monedas en el 2025.
Entonces, esto no ha sido solo un golpe contra una dictadura agotada como nos quieren hacer creer. Ha sido un golpe contra los BRICS, y sobre todo, contra la idea de desdolarización.
Venezuela no es solo petróleo: es un símbolo incómodo de un orden alternativo que empezaba a tomar forma, donde los commodities podían empezar a comerciarse fuera del dólar.
Estados Unidos no podía permitirse ese precedente. Menos en América Latina, región que históricamente sienten que les “pertenece”. Y menos todavía en un momento en apuesta todo a la IA mientras enfrenta una crisis de deuda gigante. El petróleo venezolano, en términos estratégicos, puede valer más que varias de las grandes tecnológicas juntas.
Cuando Xi Jinping dijo el primero de enero que la “reunificación” con Taiwán era “imparable”, no era sólo retórica nacionalista: estaba marcando timing.
Taiwán no es un territorio más: produce el 90% de los semiconductores avanzados. Sin esos chips, la gran apuesta económica de Estados Unidos se cae a pedazos. Literalmente. China lo sabe. Pero no necesita precipitarse ni usar la fuerza. El rol de matón se lo deja a Estados Unidos. Le basta con demostrar que puede presionar el corazón del poder económico estadounidense. Su reputación de adulto responsable en la sala que ganó en la última década vale más que un ataque militar precipitado.
Durante decádas vivimos en una fantasía cómoda: que lo “peor” ya había pasado. Se rompió esa fantasía. No estamos regresando a la Guerra Fría. Estamos entrando en un orden más primitivo: un mundo donde las reglas existen, pero no obligan; y donde el costo de romperlas es casi inexistente.
Pero hoy la guerra no es solo por petróleo, semiconductores o territorios estratégicos. También es por nuestra atención. Cada scroll, cada like, cada opinión forma parte del tablero. Ahí es donde tenemos margen, y podemos elegir cómo dar la batalla.
Preguntarle a alguien cómo está de verdad, informarnos antes de compartir, no confundir reacción con acción. Pequeños gestos que rompen la dinámica, y que muestran que nos importa la gente, no el feed. En un mundo donde todo es consumo, hasta nuestra atención, preocuparse de verdad por el otro (en el mundo real) se vuelve un acto casi subversivo.
Nos leemos la próxima 👋
Para las amigas que leen desde Venezuela, esperamos que ustedes, sus familias y amigos estén bien. Abrazo enorme 🫂
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