Amigas 👋
Acá ya preparadísima para el curso del sábado. Fue sold out en solo unos días. Infinitas gracias de corazón. Y como sé que muchas se quedaron afuera, estoy abriendo otra fecha en diciembre, pre-pan dulce. Se anotan acá. Tienen precio early bird por unos días. 💛
Este lunes nos encontramos en Barcelona en Casa del Llibre de Passeig de Gràcia, para charlar del libro junto a Pilar de bowiebooks_. Todavía quedan algunos lugares.
Tardé un poco en escribir este newsletter, y no es por pereza, se los juro. Es porque China es un tema complejo de abordar, y hablar de ella requiere un poco de cuidado… y ganas de no simplificar demasiado.
Sin más, CHINA 🇨🇳
China no es simple de entender, ni de abordar. Pero una vez que pisás suelo chino, entendés por qué tanto escándalo. Por qué las sanciones, por qué las rabietas de Trump. El hombre-cara-de-carrot-cake tiene por qué estar preocupado. Yo lo estaría, en su lugar.
Hay una verdad que conviene decir de frente: China es permanentemente leída desde la sospecha. Se asume que mienten con los datos, que su crecimiento es artificial, que no pueden ser el futuro porque el futuro —según Occidente— solo puede escribirse en inglés.
Pero la diferencia se siente apenas salís del aeropuerto: autopistas impecables, trenes bala que llegan a 350 km/h, ciudades limpias y conectadas, autos eléctricos por todas partes. China está viviendo el futuro que nos imaginábamos de chicas. Los autos no vuelan, no. Pero son 100 % eléctricos, que para el caso, digamos que es lo mismo. Y no es el futurismo ornamental de Dubai, ese que rascás un poquito y se desarma con rascacielos vacíos y estética de renders. Va en serio. Dicho esto, claramente no es un cuento de hadas: es un gigante complejo que juega con reglas propias, con luces y sombras, de poder y control.
Mientras medio mundo discute si la transición energética es posible (o rentable), China simplemente la está ejecutando. Y el resultado es brutal: mientras Europa debate subsidios verdes y Estados Unidos sale y entra del Tratado de París como si fuese Tinder, China ya juega décadas por delante en la transición energética. Ya. No están esperando a que el mercado “valide” la transición: la están haciendo. Es el único país que está en camino a cumplir con lo prometido en el Tratado de París: una completa descarbonización de su economía para el 2060.
Entonces, la diferencia es filosófica, no solo económica. En Occidente, el mercado es tratado como una entidad divina: un dios al que hay que aplacar con promesas de rentabilidad constantes. En China, el mercado es una pieza más del tablero, no el tablero entero. Mientras los políticos occidentales temen al costo político de cualquier transición profunda, China entiende que no hay revolución energética posible sin asumir pérdidas temporales. Que no todo cambio se financia con rentabilidad inmediata. Que a veces hay que apostar primero y cobrar después.
Y en esa diferencia está el secreto: Occidente teme al riesgo de incomodar al mercado. A China se la suda el mercado. Porque mientras en Occidente cada movimiento se filtra por la lógica del corto plazo —¿cómo lo recibe Wall Street?, ¿ay, qué dice el DAX?, ¿cuál es la reacción del Nasdaq?—, en China las decisiones se toman con una brújula de política de Estado, no de cotización.
El horizonte no es el trimestre: es el siglo.
Durante años, China fue considerada como la fábrica barata del mundo. El lugar donde se ensamblaban las ideas ajenas, donde se copiaba, donde la innovación “de verdad” sucedía en otro lado. Eso ya no aplica. China pasó de ensamblar productos a reimaginar industrias completas.
Hoy fabrica literalmente todo: desde paneles solares hasta baterías, desde la energía verde hasta los semiconductores que van a definir la próxima década. Lo que antes era mano de obra barata, ahora es capacidad industrial a escala.
Estados Unidos, entre tanto, intenta ponerle el palo en la rueda con sanciones, controles de exportación y guerras comerciales. Pero China ya no juega ese partido. Está en otra liga. Mientras Washington mira hacia adentro, China invierte hacia afuera: invierte en litio, invierte en África, duplica su presencia en Brasil. No es altruismo: es estrategia. Está asegurando los recursos que van a sostener la próxima economía global.
La inteligencia artificial no se sostiene sin energía. Mucha energía. Los modelos más avanzados requieren centros de datos que consumen tanto como una ciudad entera. Y ahí es donde China vuelve a aparecer: produce energía barata y estable.
Como dijo —y luego tuvo que matizar— el CEO de NVIDIA:
“China va a ganar esta carrera porque produce energía barata.”
Traducido: la inteligencia artificial no será dominada por quien programe mejor, sino por quien pueda alimentar mejor los servidores. Y si entendés eso, entendés por qué todo el mundo está tan nervioso. Y China lo está haciendo a base de algo que en Occidente se olvidó: la planificación. No promesas, no conferencias, no discursos bonitos sobre sostenibilidad, con aplausos y tote bags.
Mientras nosotros debatimos si el futuro será verde, ellos ya lo pintaron de ese color. Y lo más incómodo es esto: no les importó si al mercado le gustaba la paleta.
Mientras todos la miran como la gran fábrica del siglo XXI, China está atravesando un momento medio raro: el país que más produce en el mundo está empezando a consumir menos.
La inflación, allá, no sube. Baja.
Y cuando los precios bajan, no es buena noticia: significa que la gente no gasta, que el consumo se frena y que la economía interna se enfría. Deflación. Una palabra que suena técnica, pero en la práctica es esto: una economía que se enfría por dentro. El gobierno empuja crédito, baja tasas, promete estímulos, pero nada parece mover demasiado la aguja: la gente está en modo “permitime dudar”.
Entonces, China, el país que piensa de acá a 100 años, parece haberse olvidado de mirar el ahora. Es una contradicción perfecta: un país obsesionado con el largo plazo que, por mirar tan lejos, se le está escapando el presente.
Nos leemos la próxima 👋
Parece que Estados Unidos finalmente sale del shutdown más largo de su historia. ¿Nos va a gustar la data macroeconómica que viene? Spoiler: todo indica que va a doler un poquito.
Ahora Orbán también quiere que Washington lo salve. El primer ministro húngaro, conocido por sus maniobras autoritarias , parece haber aprendido la lección: si sos “amigo” de Estados Unidos, a veces la democracia viene con “asistencia técnica”. Washington, al parecer, está dispuesto a darle una mano con otro swap pero la pregunta es, ¿hasta cuándo pueden seguir con estas políticas, cuando todo lo que prometieron fue America First?
La semana pasada las tech sufrieron un poquito. Hoy hubo otro mini sell-off. Hablamos de esto en el newsletter pasado. ¿Es una burbuja, no es una burbuja? Lo que sea, sería la burbuja más anunciada de la historia.
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