Amigas, ¿cómo están? 👋
Les dejo por acá el episodio de esta semana, en el que abrimos uno de los melones más grandes en el mundo laboral: la expectativa de que las mujeres, además de trabajar, “maternemos” a toda la oficina.
Mientras tanto, estoy escribiendo otro newsletter sobre por qué mi tesis sobre Globant terminó siendo bastante acertada (Ojo de Amiga, no se equivoca). Y les traigo todo el chisme de la demanda. Mientras vayan poniendo el pochoclo o palomitas de maíz, como le quieran decir, en el microondas.
Aprovecho para contarles que el curso de la semana pasada fue un éxito y la pasamos bomba. Sí, es posible pasarla bien en un curso de inversiones. Incluso reírse. Incluso hacer amigas. Ya está abierta la inscripción para la próxima edición, el 25 de julio.
Y además estoy ultimando detalles para un curso de introducción a las inversiones, presencial en Barcelona, justo antes de que todas desaparezcan rumbo a la playa con un libro que prometieron leer y nunca leen. Atentas, porque las plazas de todos los eventos se están agotando más rápido que las entradas de Bad Bunny.
Hablando de libros que prometen leer, les dejo por acá dónde encontrar la segunda edición. Lo pueden conseguir prácticamente desde cualquier parte del mundo.
Hay una pregunta que me hice después de grabar el episodio de esta semana, que trata sobre la expectativa de que las mujeres, además de trabajar, cuidemos emocionalmente a quienes nos rodean.
Si tantas mujeres terminan gestionando emociones, organizando equipos, resolviendo conflictos, conteniendo egos y haciendo que todo funcione mejor...
¿Por qué eso casi nunca aparece en la descripción del puesto? (Manito en la pera).
La respuesta es bastante sencilla. Porque si algo se espera por defecto, no hace falta pagarlo. El trabajo invisible tiene una característica maravillosa para quien se beneficia de él: parece surgir espontáneamente.
Como si las mujeres nacieran sabiendo mediar discusiones, organizar cumpleaños de oficina, recibir a las personas nuevas, tomar notas en las reuniones o detectar que alguien está incómodo antes de que abra la boca.
Pero nada de eso surge espontáneamente. Es trabajo. Trabajo que consume tiempo. Trabajo que consume energía. Trabajo que compite con otras cosas: aprender una habilidad, construir visibilidad, liderar un proyecto, negociar un aumento o simplemente terminar tu trabajo, agarrar tus cosas e irte a casa. Todo esto, repercute en tu bolsillo.
Lo interesante es que muchas empresas dicen valorar estas capacidades. Habilidades blandas, les llaman. Y probablemente sea cierto. El temilla es que no siempre hacen es recompensarlas.
Porque valorar algo y pagar por algo son dos conversaciones distintas.
Por eso vale la pena hacerse una pregunta incómoda:
¿Las tareas que te hacen indispensable, también te hacen avanzar? ¿Aparecen en el recibo de sueldo?
Porque a veces las mujeres terminamos convirtiéndonos en las personas que sostienen el funcionamiento emocional de un equipo mientras los ascensos, el reconocimiento y el poder terminan yendo hacia otro lado.
No porque ese trabajo no tenga valor. Precisamente porque tiene muchísimo valor. Tanto valor que algunas organizaciones llevan décadas obteniéndolo gratis.
Me suena este modus operandi de algún lado…
Si todavía no escuchaste el episodio de esta semana, hablamos de la expectativa de cuidar en el trabajo y de por qué ser mujer y ser madre nunca fueron la misma cosa.
De cómo muchas mujeres terminan haciendo trabajo emocional que nadie les pidió formalmente, pero que todos esperan. Y de cómo, cuando dejamos de cumplir ese rol, el castigo suele aparecer disfrazado de feedback sobre nuestra personalidad, nuestras formas o nuestra supuesta falta de calidez.
Porque muchas veces no se nos evalúa sólo por lo que hacemos. También por cómo hacemos sentir a los demás.
Nos escuchamos (y leemos) la próxima! De paso, por favor dale seguir, recomendalo, comenta. Ya sabés, toda la danza algorítmica que ayuda a Amiga.

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