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Leer por leer · Apr 12, 2026

Por mí, ya.

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Amaya Ascunce · Leer por leer

He leído un libro luminoso a pesar de que habla de la crisis actual del mundo “Hijos del optimismo”, de María Álvarez. La escritora es listísima y el libro es una explicación detallada y bien resuelta acerca de porqué nuestra economía está en crisis y todos sentimos que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina.

Que me perdone María porque no se puede resumir toda su propuesta en una newsletter pero más o menos viene a decir que el mundo de la economía industrial (esfuerzo, trabajo, productividad, crecimiento, éxito) se ha acabado. Dice que desde 2008 la economía ha dejado de crecer al ritmo que lo hacía desde la revolución industrial. También dice que no pasa nada, porque hasta la revolución industrial no crecíamos tampoco a ese ritmo.

“Si tuviéramos que grabar a fuego en nuestra conciencia una lección extraída de todo esto sería la siguiente: el pasado no regresará. No volverá a haber una sociedad industrial. No volverá a crecer la productividad. Al contrario, esto no ha hecho más que empezar. En la aldea global en la que habitamos, cualquier tecnología que nazca lo hará de forma distribuida. Es decir, en todas partes al mismo tiempo. Y cuanto más se difunda ese conocimiento, más encogerá la economía de mercado. No será posible restringir de nuevo la tecnología a unas pocas empresas. El requisito para que eso ocurriera era que no hubiera tantísima gente preparada para entenderla”.

Ella asegura que estamos ahora en el tiempo de la abundancia: la plutonomía. Y que el futuro pasa porque las cosas valgan menos, gracias al conocimiento compartido. Me explico (o lo intento) porque ella ha necesitado un libro para esto. Antes irte a dormir a un hotel era caro, muy poca gente lo hacía porque había pocos hoteles. Pero la tecnología ha llevado a que cualquiera pueda alquilar su casa. Millones de alojamientos producen un acceso mucho más barato que los hoteles. No es que la gente gane mucho más, si no que, por ejemplo, hay muchos más aviones porque es más fácil producirlos. Lo mismo pasa con una cazuela, un bolígrafo, la ropa… Cuando había pocos, su precio era alto, pero la abundancia hace que sean accesibles para la mayoría y la abundancia viene de que mucha gente sabe cómo hacer una cazuela.

“La plutonomía es el motor primario de la sociedad, porque es mucho más eficiente que la economía. Los bienes plutonómicos se consumen sin coste y se renuevan mediante el uso. De manera que nadie tiene que pagar por el lenguaje de su comunidad. Si el lenguaje fuera un bien económico, cada grupo social debería invertir en comprarse uno y después en mantenerlo. O peor, tendría que pagar una licencia para usar el idioma de su comunidad (como ocurre con el software que hemos convertido artificialmente en un bien privado).

El problema es que estamos en la visagra de esos dos mundos. Se pierden los trabajos que antes había en hoteles y aviones, o de personas que hacían bolígrafos, y la economía sigue pendiente del crecimiento tradicional, en parte porque los medios tradicionales siguen en manos del grupo social que triunfó en el siglo xx.

“Siguen difundiendo los paradigmas del mundo antiguo y explicando la realidad partiendo de sus mitos: la economía industrial, el progreso y el esfuerzo. Y quizá no sea una decisión consciente ni de los periodistas, ni de los editores, sino solamente una caja de resonancia donde se siguen replicando los mismos discursos porque nadie ha roto con los esquemas tradicionales. Pero esta inercia produce un gigantesco efecto burbuja que impide a las personas que protagonizaron los cambios del siglo pasado (que llevan cuarenta y cincuenta años leyendo los mismos medios) percibir que el mundo ha cambiado. Enchufados a la misma pantalla, que les sigue transmitiendo su mundo, escuchan que si las cosas van mal es porque las siguientes generaciones son descentradas, vagas, hedonistas e incapaces de sacrificarse para conseguir sus objetivos. (…).

Esta grieta se manifiesta hoy por todas partes: en las discusiones sobre la maternidad y la educación de los hijos, sobre la disciplina, sobre el esfuerzo o sobre las pantallas, entre otras muchas. Pero el impacto más trascendente no lo ejerce en la cultura, sino en la economía: esta división radica entre dos maneras de ver el mundo, esta ceguera elegida de una parte de la población es el artefacto moral que ha permitido que la riqueza haya seguido creciendo como si no pasara nada aunque la economía real lleve estancada veinticinco años”.

La riqueza y la economía son cosas distintas, claro. Explica que el sistema social de pensiones tal como lo conocemos tiene que dejar de depender del crecimiento del dinero de las pensiones porque la economía está estancada y nunca va a crecer ya al ritmo que se necesita para sostenerlas. Su idea es que nos vamos a mover en una economía del conocimiento que nos va a llevar al pleno desempleo…

“La solución está en la abundancia. Solo con el compromiso de que los bienes (la vivienda, la energía, la alimentación, la información, el ocio) serán cada vez más baratos por efecto de la plutonomía y del progreso se pueden garantizar las pensiones del futuro. Así cuando cada vez haya más ámbitos de la vida que sean abundantes, dejará de ser necesario seguir incrementando las pensiones hasta el infinito”

Yo no tengo un bunker porque soy pobre, pero dadme tiempo. Así que he leído su libro sin coger aire porque tengo claro que el crecimiento no es posible de manera indeterminada. Tampoco creo que las leyes del trabajo, esfuerzo, éxito funcionen hace mucho. Pero, claro, me cuesta esa parte optimista en la que todos vamos a dedicarnos a aumentar el conocimiento mientras los precios se hacen accesibles, sobre todo si pienso en la vivienda. Y no se trata solo de pensar que estoy salvada, tengo un casa “casi” en propiedad.

“Y es que, aunque algunos quieran pensar que, como tienen una casa en propiedad, han escapado de esta trampa, todos somos inquilinos de una manera o de otra. Aunque no pagues alquiler por tu casa da un poco igual: cuando te tomas un café, pagas la parte proporcional del alquiler del camarero. Cuando compras ropa, pagas parte del alquiler de la tienda. Tu abogado te pasa la cuota del coste de su oficina y el supermercado mete en el precio de los alimentos sus costes inmobiliarios y los de sus proveedores. Tus impuestos pagan el alquiler de los profesores del colegio de tus hijos y del concejal de Hacienda de tu ciudad. Nadie escapa de la trampa del alquiler”.

Me ha gustado que no hace un enfrentamiento generacional. Explica que en realidad mucha de la situación económica donde estés, depende de tus cartas en 2008 (si mantuviste tu trabajo, sueldo, vivienda…) no de tu edad.

Un enfoque interesante que deja de culpabilizar a la generación que por edad en 2008 estaba estudiando de no esforzarse lo suficiente. Y también que deja de culpabilizar a los boomers por haber vivido en un mundo que crecía a una velocidad mucho más rápida. Me ha dejado el cerebro seco dándole vueltas a qué tengo que hacer yo para vivir en la abundancia, trabajar poco y tener una casa en la playa. Pero hasta ahí no llega la explicación. María, cuando quieras quedamos y me lo cuentas. Mi ansiedad y yo lo agradeceremos.

Lo terminé la noche anterior de irme una semana a la playa donde me he leído Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, después de años en mi carpeta de siguientes.

Os digo que es un dramón tan dramón que hasta yo misma me he tenido que saltar trozos enteros. Se me volvió insoportable en algunos momentos. Son casi mil páginas, y a su favor diré que cuesta dejarlo. Te engancha la idea, los personajes y quieres saber qué les sucede. Pero pocas veces digo esto: no entiendo el fenómeno. Te pasas miles de párrafos leyendo cómo suben escaleras, bajan escaleras, mueven tazas, libros, cosas, andan… A mí este tipo de descripciones constantes de movimiento sin un porqué me aburren mucho, y luego te mete en agujeros oscuros de mentes perturbadas. A su favor, el final. Y que algo debe tener porque me lo he leído entero. En contra todo lo demás. Mucha angustia.

Se me ha puesto pocha una bolsa de tela que me traje llena de flores de naranjo de la playa.

Para compensar, solo me echo este perfume de Houbigant (Orangers en Fleurs) que es una cosa loca porque huele a azahar caliente, que es la misma sensación que tenía en la playa cuando salía el sol y se calentaba el aire y traía ráfagas de la fragancia de los campos de azahar y andaba yo flipada y extasiada, sin pensar que el mundo está a punto de implosionar, y que a ver qué narices voy a hacer yo si lo de las pensiones no va a funcionar y cada vez va a haber menos trabajo. Además, ya sería mala suerte que el pleno y feliz desempleo me llegue justo cuando me toca jubilarme. Que si todo va a reventar, que por mí, ya.

Amaya Ascunce

P. D. El libro es muy bueno. He soltado aquí unas pinceladas bastante a lo loco pero hace un recorrido por la historia y las promesas que se ha hecho la sociedad: el paraíso a través de la religión, luego el éxito a través del esfuerzo (economía industrial) que te dejan dando vueltas a muchas ideas. Y el final es optimista. Está claro que yo no mucho, pero esto ya lo sabíais. Ahora ya tengo una placa solar grande y una batería portátil. Me falta el bunker.

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