“El éxito es controlar mi agenda”, dice Christine Lagarde (presidenta del banco central europeo) en una entrevista a ELLE. No puedo estar más de acuerdo. Añade también que mucha gente te siga en tu propósito. Imagino que eso sucede cuando tienes alguna idea de trascendencia. Yo con controlar mi agenda voy servida. Hablo con E. que se jubiló hace unos años y me dice que hace lo que quiere cuando quiere. Menudo sueño. Lo dice con cierta sorpresa, como el que está poco acostumbrado a disponer de su tiempo.
Llevo un anillo que mide ciertas constantes (este), entre ellas el estrés. No lo había usado mucho, pero he pasado una temporada preocupada por mi frecuencia cardiaca. Ahora ya no lo estoy. Ahora estoy preocupada por mi hígado. Lo bueno de la ansiedad por la salud es que, en general, no te aburres y aprendes bastante de anatomía. Lo malo es todo lo demás.
Como persona muy productiva y competitiva, me presiono a mí misma para tener niveles perfectos de sueño y estrés. Nadie dirá que no cumplí con los requerimientos del turbocapitalismo. El caso es que contra mi propio pronóstico el nerviosismo y la hiperactividad no me conducen al estrés. Es otra cosa.
Tiendo a la movimiento. Un compañero decía que podríamos cargar los móviles de la redacción con mi movimiento cinético mientras escribo, pienso o como. Pues no es eso. Tampoco la aceleración, la multitarea, las miles de pestañas abiertas en mi cabeza y mi ordenador. Lo que hace que mi barrita de estrés se dispare es, en este orden: el enfado y el miedo.
Mi poquita dosis de ira semanal. Nada muy apoteósico: quién no ha sufrido un atasco, un mail absurdo, una reunión larga sin objetivo ninguno. Gente amargada, gente acomplejada, gente egoísta. Eso también. Ese fogonazo que produce lidiar con adultos poco funcionales que te tuerce el día.
Y luego el miedo. Tampoco nada dramático. Por ejemplo, el miedo a hablar en público. Yo me siento el pulso en los ojos cuando me subo a un escenario. O el miedo cuando me llaman del cole de M. Miedos pequeños y manejables, que son como un flashazo, pero ahí quedan grabados en mi línea de tiempo. Este anillo me está permitiendo identificar mejor algunas emociones, la repercusión directa que tiene en mí, por ejemplo, aceptar cosas que considero injustas. Barrita de estrés a tope también.
Tengo un pitido en el oído izquierdo desde hace años. Lo conté por aquí. No se ha ido. He probado todo lo que me han hecho llegar: lo científico, lo humano y lo supersticioso. Lo sigo oyendo, pero no interfiere en mi vida diaria. Es una forma de costumbre que hubiera preferido no tener que aceptar, pero no sufro. Estos años, muchas personas me han dicho que eso era por el estrés. Todas las veces me he cabreado. El pitido sube y baja. No tiene ninguna correlación con mi estrés, mi enfado, mis horas de sueño, mi miedo o mi alimentación. Al contrario, la calma lo suele hacer más presente, más que nada por la lógica del silencio, no tanto de mi propia actitud. La explicación más creíble que he podido encontrar es que una otitis dañó una especie de pelos minúsculos que tenemos en el oído. Se endurecieron. Y eso hizo que dejara de oír los super agudos. Mi cerebro, para compensar, reproduce esos agudos. Se puede producir por un daño (un ruido grande, otitis) o por la edad. Es común y molesto. Pero más lo es la gente que me responsabiliza de mi pitido. Como si pudiéramos controlar todo lo que nos sucede. No. Nos pasan cosas. Nos cabreamos. Tenemos miedo. Estamos nerviosos. Enfermamos. Nos curamos. Hacemos lo que podemos.
Os dejo que voy a ver el mar. Lo tengo a 45 pasos desde la cama. Creo que a parte de controlar la agenda, Christine, tener el mar tan cerca es una forma de éxito.
Amaya Ascunce
BLOQUE de “DAME DINERO QUE QUIERO VIVIR (bien)”:
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Y a los que me leéis de manera gratuita, necesito dejar de buscar el mar.
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La idea de ti.
Rita Bonita, Gato Gordo y el fin de mundo.
Cómo no ser una drama mamá.
En la cocina con la drama mamá.
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