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Leer por leer · Apr 26, 2026

Los que no nos sabemos callar

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Amaya Ascunce · Leer por leer

Empecé a hablar de más muy pronto. Según mi madre aprender a hablar y hablar de más vinieron de la mano. Existe una serie de historietas que se repiten en familia acerca de todas las veces que mi locuacidad acabó en una metedura de pata o una indiscreción: la vez de la mujer con joroba, la vez del vestido heredado, la vez capricho del capitalista… Esta propensión a la indiscreción imagino que es lo que me ha llevado a contar mi vida en Internet desde 2010. No fue un propósito. Nunca lo es hablar de más. Mi incontinencia verbal y mental han derivado en un blog hace 15 años, este substack y tres libros, por no mencionar las columnas de ELLE o los pies de foto de Instagram. Dejo a un lado todas las situaciones sociales en las que he vuelto a casa pensando: por qué narices he contado eso.

Cuando escribo tengo esa sensación infantil de que si te tapas los ojos, los demás nos pueden verte. De alguna manera puedo contar aquí, como lo hice a través de la drama mamá, cualquier metedura de pata, obsesión o ansiedad y pensar que la digo en una cueva vacía. Luego abro mucho los ojos cuando en una reunión de trabajo alguien me dice: yo también lloro al despegar o también pienso que cualquier grano es potencialmente mortal.

Siempre he soñado con ser contenida, discreta, misteriosa. Jamás ha sucedido. No solo tiendo a hablar de más, es que me posiciono, discuto, doy mi opinión con vehemencia, demasiada en la mayoría de las ocasiones.

Leí este texto que rebaja un poco la elegancia de los que permanecen callados y me sentí reconocida.

Esta newsletter la reciben unas 20 mil personas, más de la mitad la abren todas las semanas, y casi dos tercios la leen de vez en cuando. Algunos me contestan un mail, otros escriben comentarios en la app de Substack y otros por mensajes directos de IG. Aún y todo, la gente que reacciona a un texto debe andar cerca del 2%. No es una queja. Yo hago lo mismo en el 99% de los sitios o perfiles que visito. Creo que solo comento ya en cosas de amigos o de los que han acabado siendo amigos de Internet, gente a la que conocí por redes o comentando en blogs, foros, etc.

Lo que menos me gusta de todo esto es que el entorno digital actual facilita una forma de presencia mínima. Consumimos sin intervenir, observamos sin responder, leemos sin dejar rastro. Nos quejamos de que los espacios digitales ya no se sienten vivos, pero participamos en ellos solo como lurkers (mirones). La sensación de vacío no necesita una conspiración, basta con nuestra cultura de baja implicación. Esto es el internet vaciado.

La cita es de la newsletter Girl Pope acerca de recuperar la red. Voy con ella. Propone recuperar de los bots, las ias y los algoritmos el Internet que nos importa. La manera de hacerlo es a través de la participación. Comenta, publica, enseña, opina. Sea donde sea.

En 2023, Delia Rodríguez (que sabe por dónde va a ir Internet mucho antes que todos) publicó un ensayo La crisis de la amistad es el fin de Internet: una teoría.

Whatsapp e Instagram fomentan nuevos canales unidireccionales donde uno crea y muchos escuchan; Telegram hace tiempo que los tiene. La paradoja consiste en que deslizar vídeo tras vídeo en TikTok es lo más simple del mundo, pero generar mensajes audiovisual no. Es, de hecho, impensable para gran parte de la población, o al menos, mucho más difícil que participar en otras redes más textuales o fotográficas.

Pero si no hay acción, solo consumo, los amigos de internet se quedan sin espacio, cediéndolo a relaciones parasociales similares a las que se mantienen con los personajes de la televisión, y eso es muy peligroso para la web porque destruye aquello que era su esencia: la reciprocidad.

Hay algo revolucionario en tratar de recuperar la red. A mí Internet me ha dado casi todo. Lo digo de verdad: mi trabajo los últimos 20 años, mi pareja, muchos amigos, los libros que he publicado, muchísimas horas de felicidad, dispersión y alegría, me ha dado mis coordenadas culturales, espacio, esperanza y conexión. Me ha dado incluso dinero. También me ha dado el altavoz para meter la pata y hablar de más ante una audiencia muy superior a la que hubiera alcanzado en la vida analógica. Sería una pena perderlo en manos de un bot.

Cualquier comentario es bienvenido, incluso los que andan opinando que tengo tdah, que ojalá, pero lo mío es pura neurosis, la clásica.

Amaya Ascunce

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