Ay, cómo hemos cambiado… Cuántos recuerdos de la infancia y todos maravillosos. Es acordarme de aquellas vacaciones estivales y dibujarse una sonrisa en mi cara. No sé si eran realmente mejores o si es mi memoria la que los ha ido envolviendo en una luz preciosa, pero basta con que llegue el calor para que afloren cientos de momentos divertidos con los abuelos, los primos, las fiestas del pueblo, la playa...
Seguro que tú también viviste mañanas interminables jugando en la calle y largas y obligadas siestas, esperando que el sol se volviera algo más condescendiente. Las tardes eran interminables. Estoy segura de que en aquella época los días tenían más de veinticuatro horas. ¿Y las noches?, los juegos en la plaza mientras aún se pintaba de rosa el horizonte, las historias de los mayores en el pollo de la puerta, el aire fresco moviendo las cortinas para asustarme hasta que amanecía… Y ¿qué me dices del olor de los establos, de las cestas de manzanas, de los helados que se derretían siempre antes de que los terminaras, del clip-clop, clip-clop de las caballerías que marchaban al campo con la fresca? O del mar, ese mar infinitamente azul que te obligaba a mirar lejos, que te robaba los pensamientos y te embobaba con su espuma.
Da igual dónde pasaras los veranos, lo de menos era el lugar en sí. Eran geniales porque nos sentíamos fuertes, poderosos, libres, dueños del tiempo. No llevábamos un reloj en la muñeca ni una agenda en la cabeza; no nos preocupaba cuántos días faltaban para volver al trabajo, no teníamos que responder mensajes, ni cumplir objetivos ni estábamos obligados a ser productivos.
VIVÍAMOS.
Simplemente vivíamos.
Nos bastaba una bicicleta, una pelota, una manguera y una pandilla de amigos para sentirnos plen@s. No nos exigíamos más de lo justamente necesario.
Y algo muy importante, sabíamos aburrirnos.
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Ese aburrimiento fue el que activó nuestra imaginación, el que procuró las aventuras que vivimos, el que nos obligó a pensar y nos hizo creativ@s.
Hoy, en cambio, necesitamos estímulos, cientos de estímulos, para todo.
Seguro que hoy tienes mil veces más comodidades que antaño… ¿a que sí? pero también disfrutas mil veces menos. Hemos aprendido infinidad de cosas en estos años que nos separa de la niñez, pero hemos olvidado una de las cosas más importantes, cómo perder el tiempo.
A lo mejor por eso el verano nos conmueve tanto, porque nos recuerda esa parte de nosotros que sigue viva, esperando. Porque viene a remover nuestra memoria evocando nuestra arrinconada capacidad de asombrarnos, de maravillarnos con las cosas más simples, de disfrutar de lo cotidiano.
¿Recuerdas cuánto disfrutabas caminando descalz@ por el huerto?
¿El olor a pan recién hecho al pasar frente al horno del pueblo?
¿Te acuerdas de la emoción de salir a coger grillos cuando caía la tarde?
Todo eso que te maravillaba, sigue ahí…No se trata de volver atrás, es imposible y tampoco lo queremos. Se trata de recordar quienes somos, cómo somos y qué necesitamos para sentirnos bien. De reencontrar el placer de sentarte a la sombra sin hacer absolutamente nada. De reactivar tu capacidad de atender a las cosas simples, a las verdaderas.
La vida nos ha tupido a experiencias y aprendizajes. Se supone que sabemos mucho más de lo que sabíamos entonces. Pero por el camino hemos ido dejando cosas muy bonitas y necesarias.
Debemos recuperar la capacidad de estar presentes, de observar, de descansar sin sentir culpa, de disfrutar de una conversación, de un paseo o de un buen libro sin mirar el teléfono cada pocos minutos, de contemplar el cielo una noche de verano, de sentarnos en ese banco bajo el tilo sin ninguna finalidad concreta, porque sí.
¿Te estás lamentando porque tus veranos ya no son como los de antes? Pues pregúntate dónde está aquella personita, qué cosas sabía y cuáles ha olvidado. Tal vez este verano sea una buena oportunidad para escucharle...
Porque, aunque hayan pasado muchos años, sigue ahí, deseando volver a jugar, a asombrarse, a emocionarse, a VIVIR. Proponte vivir otra vez un poco más despacio, más atent@. Disfruta de lo simple, de lo que te rodea. Tienes a mano un montón de cosas que te pueden hacer muy feliz. Sólo falta que les hagas caso.
¿Qué es lo primero que te viene a la memoria cuando piensas en los veranos de tu infancia? Me encantará leerte.
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