Había una vez una mujer que llevaba siempre consigo un pequeño frasco de cristal. Siempre. Fuera donde fuese, nunca olvidaba coger su pequeño frasco y meterlo en su bolso o en su bolsillo.
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No era para guardar insectos, flores o yerbas aromáticas. No era para almacenar ninguna de las cosas que normalmente se suelen almacenar... Lo que ella guardaba allí eran minutos. Minutos, sí, pero no cualquier minuto, sólo los minutos vacíos.
Pero esta no era su única manía. Tenía otra mayor: no soportaba no hacer nada. No consentía que un solo instante del día quedara sin llenar.
La vida es demasiado corta para aburrirse, solía decir.
Era incapaz de parar sin más, así que, llevada por su afán de aprovechar el tiempo, completaba cualquier acción con una herramienta que, igual que el frasco, siempre llevaba encima, su móvil.
Cuando tenía que guardar cola en el supermercado o esperar su turno en el médico, sacaba el teléfono. Si el autobús se retrasaba más de la cuenta, buscaba en el móvil cualquier cosa que leer. Si se sentaba a descansar en un banco de la plaza, aprovechaba para llamar a alguien. Al salir a pasear, lo primero era ponerse los auriculares para llenar ese tiempo de ejercicio escuchando algún podcast. Mientras desayunaba, comía o cenaba, los vídeos eran sus compañeros de mesa.
Así pasaba todos y cada uno de sus días, sin olvidar jamás ni su frasco de cristal ni su teléfono móvil.
Una tarde, detuvo su rápido caminar para hacer una llamada mientras descansaba un poco en uno de los bancos más sombríos del parque. Al sacar el teléfono del bolso, arrastró, sin darse cuenta, el frasco, que se estampó contra el suelo haciéndose añicos.
Mientras recogía con cuidado los cristales, un anciano que la observaba desde un banco vecino, le dijo:
—De lo malo, malo, estaba vacío...
—No lo estaba— contestó ella bastante contrariada.
—Ah! No? ¿Qué había dentro?
—Los momentos perdidos— contestó la mujer.
El anciano sonrió.
—Vaya, qué curioso. Yo llevo toda la vida buscando momentos vacíos— aseguró convencido de que aquello era sólo una broma de aquella joven.
Pero, unos días después, volvió a encontrarla.
Estaba en el mismo parque, pero, en esta ocasión, sentada bajo un árbol, sin teléfono, sin auriculares, sin moverse ni hablar con nadie.
Simplemente miraba a su alrededor, seguramente observando cómo el viento movía las hojas de los árboles. Intrigado, se acercó a ella.
—¿Qué haces? —le preguntó.
—Espero— contestó tranquilamente la mujer.
—¿A qué?
—A que aparezcan las mariposas.
El hombre levantó la vista.
No vio ninguna mariposa, pero aun así, se sentó en el banco más cercano, y, al igual que ella, se limitó a observar a su alrededor esperando a los insectos.
Pasaron cinco minutos sin dirigirse la palabra, atentos al cielo y al movimiento de cualquier ser volador que se acercaba.
Después diez. Quince.
La joven sintió la necesidad de levantarse, de hacer algo urgentemente; pero recordó que no tenía frasco donde guardar los momentos vacíos y volvió a sentarse.
Entonces ocurrió algo.
No llegaron las mariposas, sino los recuerdos. Cientos de recuerdos revolotearon en su cabeza de forma repentina: el olor del pan recién hecho en la panadería del pueblo, el color del final de la tarde en verano, la crema de almendras en las manos de su madre, las amargas lágrimas en los ojitos de aquel bebé desconocido, las preguntas...Una a una, desfilaron ante ella todas las preguntas que llevaba meses evitando. No podía asimilar todo lo que, de repente, estaba sintiendo. Cerró los ojos y se dejó llevar por un torbellino de sensaciones.
Nunca supo cuánto tiempo pasó así, sentada en silencio, observando sus propios pensamientos. Pero sí recuerda que, cuando levantó la cabeza, vio que el anciano ya no estaba, y, en su lugar, había una maravillosa mariposa blanca, tranquilamente posada sobre el banco vacío. Tampoco sabe si permaneció poco o mucho mirando los casi imperceptibles aleteos del precioso insecto...
Pero jamás volvió a intentar llenar todos los silencios, ni a pretender enfrascar los momentos vacíos, porque aquel día comprendió que las mariposas nunca visitan los lugares donde hay demasiado movimiento, excesivo ruido.
REFLEXIÓN
Hemos normalizado el hecho de tener que ser productivos. Queremos que cada minuto sirva para algo, olvidando que el aburrimiento no es un vacío, sino la puerta a la creatividad, a la imaginación, a los recuerdos y a las respuestas.
No necesitamos llenar todos los espacios de nuestra vida.
Deja alguno libre para que las mariposas encuentren dónde posarse.
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