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El otro día charlaba con una amiga sobre la estupenda calidad de un podcast que ambas solemos escuchar. Yo lo alabé en todos los aspectos y concluí pensando en alto Ojalá los míos tuvieran esa calidad... A lo que mi compañera de paseo respondió Pues a mí me gusta más el tuyo. ¿Amor de amiga? Puede ser, pero…
…¿Qué hice yo nada más llegar a casa? Escuchar un episodio de mi programa, al azar, uno de los últimos, de los que, supuestamente, denotarán mi tiempo de práctica.
Reparé en que no me escucho nunca.
Pienso un tema, lo escribo, lo remato, lo grabo y lo programo. Chimpún! Me olvido de él hasta su publicación. Así que me dispuse a escuchar como si fuera uno de esos programas desconocidos que alguien te recomienda o que encuentras de casualidad.
Y pensé:
Pues esto está muy bien. (quizá di con el único bueno…jijiji)
La narración era cálida. La música, muy acorde con la temática, acompañaba mis palabras con suavidad. El sonido era limpio y el ritmo de mi voz invitaba a quedarse.
Qué curioso.
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¿Por qué a algunas personas nos cuesta tanto valorar nuestro trabajo? ¿Por qué necesitamos la opinión de alguien para creérnoslo?
La respuesta es sencilla. Porque conocemos todas las costuras. Porque somos conscientes del trabajo y el esfuerzo, de las dudas y las decisiones.
Sabemos cuántas veces repetimos hasta conseguirlo. Recordamos los fallos que tanto nos costó subsanar. Volviendo a mi caso concretamente, sé el tiempo que me llevó escribir y editar y los interrogantes que me surgieron antes de publicar.
Y eso hace que el resultado nos parezca menos brillante. ¡Qué estupidez!
Además, estamos tan acostumbrad@s a nuestras formas, a nuestro estilo, que deja de sorprendernos. Sin embargo, lo ajeno resulta novedoso, y eso es muy atractivo. Confundimos lo diferente con lo mejor. Pero no es lo mismo, en absoluto.
A partir de ahora, observaré mi trabajo como si no fuera el mío, intentando mirar desde el desconocimiento, poniéndome en la piel de quien conecta conmigo sin tener ni idea de cómo hago las cosas. Me escucharé y me leeré con la misma generosidad con que admiro el trabajo de l@s demás.
Y estoy segura de que descubriré que no soy tan mala, profesionalmente hablando, como pensaba, porque en el fondo lo sé, pero adquirí la mala costumbre de compararme…
Si haces tu trabajo desde el corazón, si te dedicas a lo que de verdad amas y actúas como crees que debes actuar, nunca estará mal hecho, y el reconocimiento de los demás será lo de menos.
Reconocerte tú, es más que suficiente.
Vivir comparándote es lo peor que puedes hacer.
Reconoce el camino que has recorrido, y agradécelo. Es tu trayectoria, la que tú elegiste. No te importe lo que hagan ni cómo lo hagan los demás.
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