“Morir es un arte, como todo lo demás. Yo sé hacerlo excepcionalmente bien”. —Sylvia Plath
La alarma suena de nuevo a la misma hora que cada mañana, la pasta de dientes sabe rara entre mis labios y el café que preparé es exactamente igual que el del día anterior.
Al abrir la puerta de mi departamento salgo con mi accesorio favorito: una máscara y comienzo a interpretar ese personaje que he perfeccionado a lo largo de los años, mientras camino a la parada del autobús elevando mi mentón como si estuviera orgullosa de cada nuevo aliento que tomo.
En mi trabajo sonrío y bromeo con todos mis compañeros paso el turno con una sonrisa permanente en mi rostro solo cambiando de escenarios y personajes mientras en mi mente hay un ruido blanco de fondo, mientras observo mi actitud y expresiones desde el otro lado de la habitación porque entre más avanza el día más fácil es salir de mi cuerpo y ausentarme en la esquina de cada escena pregúntame ¿esto es por lo que luché tanto?
El contenido que he consumido en los últimos años en redes sociales ha sido muy aspiracional donde te hablan de lo grandiosa que es la vida, cómo debes agradecer por tener el placer de respirar entre viajes y amistades, relaciones, comida, compras. ¿Y saben una cosa? consumo cada segundo de esos videos, podcasts, películas, series y músicas porque el concepto de ser feliz me es tan ajeno. La felicidad es un sentimiento con el que no estoy familiarizada y si trato de recordar algún momento en que realmente haya sido feliz mi mente se queda en blanco. He sonreído, he reído y he disfrutado pero esos fragmentos son tan borrosos en mi mente como si ni siquiera mi alma reconociera el alivio o la ligereza al recordarlos.
He visto y escuchado a muchas personas hablar de la felicidad pero a pocas abordar la tristeza. Siempre estoy un poco triste. A veces vacía y otras veces indiferente. Nadie te habla de las ganas de ya no estar. De las ganas de simplemente desaparecer y fluir con el viento tal cual como la flor diente de león.
Si trato de recordar mi infancia me doy cuenta que siempre supe que no era normal porque desde una edad temprana conocí el concepto de la muerte y todo lo que implica ya no estar aquí. Mientras jugaba con mis Barbies sabía cómo era sentir una pesadez en el alma y un inmenso cansancio que nunca se iba.
Es tan injusto haber tenido todo para ser feliz y ser incapaz de serlo porque te sientes como una impostora, una malagradecida y una egoísta que no puede apreciar todo lo que tiene: una familia, padres y abuelos que te aman, una buena educación, regalos y amor y a pesar de todo no puedes evitar sentirte cansada, abrumada y harta.
Cada vez que miro a mi mamá a sus ojos me siento la peor hija porque estoy aquí por ella, sigo despertando cada mañana porque quiero irme pero me aterra dejarla pensando que ella hizo algo mal cuando no es así, me ha dado lo mejor de la vida pero nací rota con agujero en mi pecho lleno de oscuridad que se alimenta de todo lo bueno que llega a mi y me deja vacía, me consume con cada respiro y pudre todo lo que toco.
Quiero irme pero no de una forma suicida, solo quiero dejar todo atrás y dejar de existir porque estoy cansada de sentir tanto pero a la vez no sentir nada, estoy cansada de que el vacío en mi pecho cada vez se expanda más y consuma toda la luz.
Es difícil encontrar placer en vivir cuando cada taza de café va perdiendo el sabor, cuando el sol ya no es tan cálido como solía o cuando tu película favorita ya no te brinda confort.
Es difícil ser un espectador de tu propia realidad porque mientras todos avanzan y disfrutan tu solo estás mirando sin entender realmente hacia dónde se supone que tienes que dirigirte.
De todos mis escritos quizá este es el más crudo y real que he vomitado sobre las páginas de mi diario, pensé mucho en compartirlo, ¿saben? Hay una vulnerabilidad más grande que la desnudez en admitir que no quieres vivir pero al mismo tiempo la escritura no tiene que ser siempre bella para poder ser real, así que aquí estamos.
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