Hay un momento del fin de semana que me parece casi obscenamente bueno y que no tiene nada que ver con salir, ni con cenar fuera, ni con comprar flores.
Me refiero a ese instante en el que te medio despiertas, miras la hora, compruebas que todavía puedes quedarte en la cama y vuelves a caer, pero no del todo. No estás dormida, pero tampoco estás despierta. No estás soñando, pero tampoco estás pensando. Es una especie de zona franca de la mente, un limbo mullido entre la vigilia y el sueño.
Se llaman sueños hipnagógicos, que suena a diagnóstico de persona intensa, pero en realidad es algo bastante bonito: ese momento en el que la imaginación empieza a mezclarse con imágenes muy vívidas, casi de sueño, pero tú todavía tienes una pequeña capacidad de intervenir. Como si tu cerebro estuviera haciendo una película y te dejara tocar un poco la dirección de arte.
Lo fascinante de ese estado es que no tiene la lógica absurda del sueño completo, pero tampoco la rigidez de estar despierta. Es medio imaginación, medio sueño. Es como si el inconsciente se sentara en el borde de la cama y dijera: “Bueno, ya que estamos aquí sin hacer nada, te voy a enseñar un par de cosas”.
Y ahí es donde se pone peligroso.
Porque estoy bastante convencida de que en ese momento aparecen tus verdaderos deseos. No los deseos oficiales, los que dices en voz alta cuando alguien te pregunta qué quieres. No “hacer deporte sin odiarlo ” o “tener una vida más tranquila” (suele ir más bien hacia lo contrario). Me refiero a los otros. Los deseos incómodos, imposibles, ridículos o demasiado sinceros. Los que no escribirías en una libreta bonita. Los que no se pueden poner en una lista de propósitos porque habría que quemar la lista después.
No puedo contar los míos, evidentemente. Pero digamos que en esos minutos aparece una versión de mí que no está preocupada por hacer las cosas bien. Una versión que desea cosas con una claridad bastante alarmante. Cosas que durante la semana quedan enterradas bajo capas de emails, lavadoras, y la necesidad constante de parecer una persona razonable.
Durante la semana una dice: “No, si yo estoy bien así”.
El sábado por la mañana, en ese duermevela traicionero, tu cerebro te responde: “Jajajaja, claro”.
También hay algo muy contemporáneo en necesitar estar medio inconsciente para saber qué quieres. Es muy de nuestra época: no escucharnos nunca salvo cuando el cuerpo nos ha desactivado casi por completo. Tener que esperar a ese fallo técnico entre estar despierta y dormida para que aparezca una verdad.
A veces pienso que ese rato vale más que muchas conversaciones. Que hay más información sobre una misma en esos diez minutos de cama que en una cena de tres horas explicando cómo estás a tu psicologo.
Y quizá por eso me gusta tanto. Porque dura poco, porque no se puede forzar del todo (aunque a veces lo intento y no me sale), porque no se puede enseñar.
Luego te despiertas del todo, con bastante pena por no poder seguir alargando eso tan genial que estaba pasando “en sueños”, miras el móvil, recuerdas que tienes que hacer la compra, bajar la basura o hacer cualquier otra cosa profundamente antipoética. Y ese estado desaparece. La habitación vuelve a ser solo una habitación. La cama vuelve a ser una cama. Tú vuelves a ser tú, con tus compromisos, tus contradicciones y tu cara de recién levantada.
Pero durante un rato ha pasado algo. Y yo, sinceramente, creo que ahí hay que prestar atención.
No demasiado, tampoco. Una cosa es escuchar al subconsciente y otra arruinarse la vida antes de desayunar.
Besos,
Erea

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