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África en contexto · May 12, 2026

Migración africana: no siempre es hacia Europa y no siempre es una huida

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África en contexto · África en contexto

Cuando en Europa se habla de migración africana, la imagen se reduce a cayucos y vallas. Como si migrar fuera algo que los africanos hacen en exclusiva hacia nosotros. Pero la realidad es que la mayoría de los movimientos migratorios en el continente son internos, entre países africanos o dentro de sus propias fronteras, y lo llevan siendo desde hace miles de años. La migración en África no es necesariamente un síntoma de fracaso. En muchos casos, ha sido exactamente lo contrario.

Moverse no siempre es huir

Tendemos a asociar migración con necesidad, con gente que se va porque no le queda más remedio. Pero la historia africana muestra algo más complejo. Los bantúes, originarios de la zona entre Nigeria y Camerún, iniciaron una gran expansión hacia el año 2.000 a. C. No huían de nada. Habían desarrollado la agricultura, lo que disparó su población, y dominaban el hierro, lo que les dio herramientas para asentarse en nuevos territorios y, cuando fue necesario, para imponerse a quienes se oponían a su avance. Cruzaron el continente de oeste a este, bajaron por la costa oriental y llegaron hasta Sudáfrica, donde hoy son mayoría. La migración bantú fue un acto de expansión y poder, no de supervivencia.
Los tuareg se mueven por el Sáhara, pero tampoco huyen. Para un tuareg, moverse es existir. El sedentarismo se percibe en su cultura como una forma de estancamiento. Su identidad gira en torno a recorrer el Sáhara, como una forma de dialogar con el aparente vacío de las dunas. El velo que llevan los hombres no es solo protección contra la arena: es una habitación privada que uno lleva consigo en un espacio sin paredes. Su música, sus redes de hospitalidad, su forma de vestir, todo esto nace del movimiento que fundamenta las bases de su existencia.

Los fulani (también conocidos como peul y presentes en todo África Occidental) se mueven por una razón más práctica: alimentar a sus rebaños. Su tradición es pastoral y nómada, siguen las lluvias y los pastos, y lo han hecho desde mucho antes de que existieran las fronteras que hoy cruzan. No se entiende nada de los fulani, ni sus conquistas, ni su papel en la expansión del islam, ni su presencia en media docena de países, sin comprender que todo eso fue posible precisamente porque eran un pueblo habituado al movimiento, a diferencia de comunidades sedentarias como los dogon o los berom.
Incluso los pueblos San del sur de África, antes conocidos como bosquimanos, se desplazaban en bandas pequeñas de cazadores-recolectores que fueran lo bastante reducidas como para moverse con facilidad en busca de agua y caza. Mantenían vínculos con otras bandas a través de matrimonios e intercambio de regalos. Esto creaba una red social distribuida por el territorio que repartía riesgos en épocas difíciles.

So cuatro pueblos con cuatro razones para moverse: poder, espiritualidad, economía pastoral y supervivencia. Ninguno iba a Europa.

El pie que desvió la hilera de hormigas

Esta movilidad interna sigue siendo hoy un motor económico básico en el continente. Puede verse en los senegaleses que pescan en Mauritania, los nigerianos que trabajan en las minas del este de Senegal, los burkineses que cruzan a Costa de Marfil por temporadas. Es una movilidad que genera riqueza, que sostiene familias y que existía mucho antes de que la Unión Europea la etiquetara como un problema.
Desde 2015, la UE ha invertido más de 5.000 millones de euros en su Fondo Fiduciario de Emergencia para África con el objetivo de abordar “las causas profundas de la migración irregular”. En la práctica, la estrategia ha sido pagar a gobiernos africanos para que frenen la movilidad dentro de sus territorios. Mauritania recibió 210 millones. Níger aprobó en colaboración con Europa una ley anticontrabando que criminalizó el transporte de personas por el desierto.

El resultado inmediato de esta ley nigerina en Agadez, el principal nudo de tránsito del Sahel, donde más de la mitad de sus 100.000 habitantes vivían de la economía migratoria, fue que se hundió la actividad económica de la localidad. Y que, según un reciente estudio del think tank Chatham House, la criminalización empujó las redes de tránsito a la clandestinidad, lo que incrementó los riesgos para los migrantes y aceleró la transición de los locales hacia actividades ilícitas. Incluida la minería ilegal de oro. En resumen, el propio Tribunal de Cuentas Europeo, en su Informe Especial 17/2024, concluyó que el fondo carece de enfoque estratégico y que no aborda las causas reales de la migración.
El problema profundo es que las políticas de control de movilidad instigadas por Europa no distinguen entre el migrante que va hacia España y el fulani que cruza una frontera con su ganado. Afectan por igual a comunidades que jamás tuvieron intención de acercarse al Mediterráneo: pastores que mueven sus rebaños entre Mali y Burkina Faso, tuareg que comercian a través del Sáhara, trabajadores temporales que van y vienen entre países vecinos. Europa diseñó un sistema para frenar la inmigración irregular hacia sus costas y, de paso, aplastó un sistema de movilidad interna que llevaba siglos funcionando.

De la frontera al fusil

Las comunidades cuya movilidad queda restringida no desaparecen. Se empobrecen y corren el riesgo de radicalizarse. No es casualidad que los fulani y tuareg sean dos de las etnias mayoritarias en los grupos armados que operan en Mali y Burkina Faso. Cuando un gobierno africano acepta dinero europeo para cerrar rutas de movilidad, las comunidades afectadas lo leen como una traición y los jóvenes que pierden su medio de vida encuentran una alternativa económica y una causa en los grupos armados de la zona.

La dinámica es circular: Europa paga para frenar la movilidad; la restricción empobrece comunidades; la pobreza alimenta inestabilidad; la inestabilidad genera más desplazados; una parte de esos desplazados intenta llegar a Europa; Europa paga más. Sería incorrecto decir que Europa no hace nada contra la migración irregular. Lo correcto sería decir que lo que hace es, en buena medida, contraproducente. No tiene en cuenta que millones de africanos migran dentro de su continente como parte esencial de su economía y su cultura. Al intentar frenar el flujo que nos preocupa, destruimos otro mucho mayor y más antiguo que no iba dirigido hacia nosotros.

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Read the original on alfonsomasoliver.substack.com

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