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África en contexto · May 26, 2026

El ébola acapara titulares mientras la hipertensión mata a tres millones de africanos al año

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Las dolencias no diagnosticadas también presentan enormes dificultades en un continente con el 3% del personal sanitario global y un 25% de las enfermedades

El brote de ébola en la República Democrática del Congo ha sido declarado emergencia de salud pública internacional por la OMS. A 25 de mayo de 2026, llevan contabilizados más de 900 casos sospechosos y más de 230 fallecidos. Es grave. Pero mientras el ébola ocupa portadas y activa restricciones de viaje en la región afectada, hay enfermedades que matan a una escala incomparablemente mayor en África sin que nadie les ponga una cámara delante.

La epidemia que no sale en las noticias

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Abdoulaye Sidibé, un amigo de 47 años de Bamako, pasó quince días sin poder tumbarse en una cama de hospital porque cada vez que lo hacía sentía que el corazón se agotaba. Pasó tres meses ingresado. Le quedaron una factura de hospital de 1.000 euros y una enfermedad crónica de riñón derivada de su hipertensión. Necesita hacerse una diálisis dos veces por semana. Nunca se la ha hecho y parece un milagro que siga vivo. Se limita a comprar las pastillas que puede cuando tiene dinero (cuestan 70 euros al mes en un país donde la renta per cápita es de poco más de mil euros) y mantiene la esperanza de que, un día, todo se arreglará de alguna forma.

Los números son aplastantes. Según The Lancet Global Health, hasta el 54% de los adultos africanos sufre hipertensión, siendo esta una de las tasas más altas del mundo. Y lo más drástico, lo menos comentado, es que esta enfermedad mata a unos 3 millones de africanos cada año. Para ponerlo en perspectiva, conviene saber que el peor brote de ébola de la historia, el ocurrido en África Occidental entre 2014 y 2016, mató a 11.325 personas en tres años.

La hipertensión mata esa misma cifra en poco más de un día.

Hay además un componente genético que la comunidad científica todavía no ha logrado descifrar del todo. Estudios recientes concluyen que las poblaciones negras, residan en África, América o Europa, desarrollan hipertensión antes y con más frecuencia que otros grupos, y que el daño en los órganos también es mayor. La Sociedad Internacional de la Hipertensión lo documentó en 2020, pero no existe un consenso sobre los motivos. Lo que sí se sabe es que los mecanismos de prevención son prácticamente inexistentes en el África subsahariana. De 150 millones de hipertensos africanos, solo 15 millones saben que lo son. Solo 3 millones reciben tratamiento. Y solo 215.000 están tratados adecuadamente. El 93% restante camina por la calle sin saber que lleva una bomba dentro.

El agua que mata

Mientras el ébola genera alarma internacional, el cólera, una enfermedad que se previene sencillamente con agua limpia y saneamiento básico, vive en África su peor momento en un cuarto de siglo. En 2025, el continente registró unos 300.000 casos y más de 7.500 muertos, casi el doble que el año anterior. Angola reportó más de 36.000 casos y 895 muertos. Sudán, ya devastado por la guerra civil en curso, acumuló más de 70.000 casos y 2.012 muertos. En la RDC, el mismo país donde ahora miramos la evolución del ébola, el cólera mató a 2.000 personas en 2025. Tiene lógica cuando conocemos que solo el 43% de los congoleños tiene acceso a servicios básicos de agua (es la tasa más baja de África) y apenas el 15% dispone del alcantarillado adecuado en su lugar de residencia.

Con tratamiento adecuado, la tasa de mortalidad del cólera baja del 1%. Sin embargo, en la República del Congo y Chad, las tasas registradas en 2025 fueron del 7,7% y el 6,8% respectivamente, según la OMS. Y eso que el tratamiento no es complejo. Basta con suministrar al paciente sales de rehidratación oral, reponer líquidos y administrar antibióticos en los casos más graves. Pero requiere llegar a tiempo para el tratamiento en países donde un tercio de la población vive a más de dos horas de un hospital.

Lo que no se diagnostica no existe

Hay un tercer nivel, menos visible todavía, más profundo, que explica buena parte de la mortalidad africana. Son las enfermedades que ni siquiera se detectan. África soporta el 25% de la carga mundial de enfermedades con solo un 3% del personal sanitario global. Los médicos diagnostican correctamente el 62% de los casos clínicos; en casos complejos, la precisión baja al 27%.

En el hospital de Gambo, en Etiopía, tenían una máquina de anestesia para 95.000 pacientes anuales. Cero máquinas de diálisis. Un aparato de rayos X que se estropeó en su primer uso y llevaba meses esperando la pieza de repuesto. Diagnosticar, tratar y curar enfermedades complejas es una utopía. Este tipo de carencias quizás nos ayuden a comprender que el uso de medicinas tradicionales en África no siempre responde a la superstición, como se dice, sino a que muchas veces es el único remedio disponible para proyectar una sensación de tratamiento.

Un ejemplo concreto de la falta de diagnóstico está en la celiaquía. Yo no la veo nunca en África, pese a ser yo mismo celiaco. ¿Será que no existe? Pero los datos dicen lo contrario. De hecho, la prevalencia más alta de celiaquía del mundo está en una población africana, en los saharauis, con un 5,6%, casi diez veces más que la media europea. Una reciente investigación de la Universidad de Lund (Suecia) en niños etíopes encontró una prevalencia de la celiaquía similar a la de Europa occidental. En Camerún, más del 36% de los encuestados urbanos presentan riesgo moderado de padecer la enfermedad. Pero la mayoría de países africanos no disponen de las herramientas para diagnosticarla.

En Yibuti, entre 2005 y 2007, se diagnosticaron 17 casos y dos pacientes murieron. Esto hace una tasa de mortalidad del 11,7%. Todo esto, mientras el consumo de trigo en el África subsahariana crece más rápido que el de cualquier otro cereal como consecuencia de la urbanización masiva y el cambio de dieta que la acompaña. Más gluten en la dieta y cero capacidades para detectar la intolerancia crean una bomba de relojería que nadie está mirando.

La cuestión de fondo

El ébola merece atención y es grave. Pero la desproporción entre la cobertura mediática que recibe y la que reciben la hipertensión, el cólera o la simple falta de un tensiómetro en un hospital rural revela algo incómodo. Que nos alarman las enfermedades africanas que parecen amenazarnos a nosotros, las virulentas, las extrañas, y no las que realmente matan a los africanos. El ébola genera portadas porque es llamativo y porque podría llegar a Europa. La hipertensión no genera ninguna nota a pie de página porque es silenciosa, común y no se contagia.

Abdoulaye Sidibé no saldrá en ningún telediario. Pero representa a millones de personas cuyo problema no es que les falte una vacuna experimental, sino una máquina de diálisis y 70 euros al mes para comprar las pastillas que le mantienen vivo.

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