Esta semana arranca el Mundial. Las selecciones africanas volverán a competir, los análisis tácticos llenarán las tertulias de los televisores y estallará el griterío que persigue a los goles. Pero el fútbol en África nunca ha sido simplemente un juego. Es mucho más que eso. Y estas cinco historias lo demuestran.
1. La selección que existió antes que el país
En abril de 1958, en plena guerra de independencia contra Francia, doce futbolistas argelinos que jugaban en la primera división francesa desaparecieron sin avisar. Pero estaba todo pensado. En realidad, la fuga la organizó Mohamed Boumezrag, operativo del Frente de Liberación Nacional (FLN), y los jugadores “huidos” fueron a Túnez para reunirse con otros compañeros… hasta formar un equipo de 30 futbolistas. Dejaron atrás sus carreras, sus contratos y sus familias para crear una selección nacional clandestina de un país que aún no existía. Argelia.
El “once de la independencia” recorrió el mundo jugando amistosos contra cualquier selección que acordase recibirles, porque la FIFA, presionada por Francia, se negó a reconocer al equipo y amenazó con expulsar a quien jugase contra ellos. Esto hizo que cada partido fuera un acto político que buscaba demostrar que Argelia tenía una identidad propia y la determinación de existir como nación. En 1962 llegó la independencia y la selección levantó en 1990 su primera Copa Africana de las Naciones.
2. Jugar para salvar la vida
En el Mundial de Alemania 1974, el Zaire (actual República Democrática del Congo) se convirtió en la primera selección del África subsahariana en clasificarse para un Mundial. Una ilusión que duró poco. Tras una humillante derrota 9-0 contra Yugoslavia, el dictador Mobutu Sese Seko, el mismo que orquestó el asesinato de Patrice Lumumba, envió a su guardia personal al hotel de la selección con un mensajito: si perdían por más de tres goles contra Brasil, habría consecuencias graves para ellos y sus familias.
En el minuto 79 del partido contra Brasil, con 3-0 en el marcador a favor de la Verdeamarela, el árbitro pitó un tiro libre contra la portería de Zaire. Y lo que sucedió fue pasmoso, cuando Joseph Mwepu, defensa, salió corriendo desde la barrera antes del pitido y despejó el balón con todas sus fuerzas. Los comentaristas, cómo no, lo describieron como un “momento de ignorancia africana”. Pero Ilunga era un futbolista profesional que llevaba toda la vida viendo lanzar faltas, entonces no tenía mucho sentido pensar así. Lo que hizo fue ganar tiempo confundiendo al rival y evitando un cuarto gol que podía costarles la vida a él y a su familia. El partido acabó 3-0 y los jugadores pudieron volver a casa.
3. El delantero que sostuvo a un país entero
George Weah ganó el Balón de Oro en 1995, siendo el primer y único africano en conseguirlo hasta la fecha. Pero lo que hizo fuera del campo fue aún más extraordinario. Durante las guerras civiles que arrasaron Liberia en los años noventa, el Estado no tenía recursos para mantener a su selección nacional, así que Weah pagó de su bolsillo los viajes, las equipaciones y los gastos del equipo para que los Lone Star pudieran seguir compitiendo. En un país arrasado por los combates, el fútbol era uno de los pocos hilos que mantenían unida a la población… y Weah se encargó personalmente de que ese hilo no se rompiera.
La popularidad que construyó a base de goles y generosidad terminó llevando al delantero a la política. Y fue elegido presidente en 2017, siendo el primer exfubolista en dirigir un país africano. Su presidencia no fue tan exitosa como su carrera deportiva, pero se le sigue recordando con enorme cariño.
4. El tirano que solo quería oír su nombre
El fútbol libio era un asunto de familia bajo el régimen de Muammar Gadafi. Su hijo Saadi era simultáneamente el presidente de la Federación Libia de Fútbol, capitán de la selección nacional y dueño de Al-Ahly de Trípoli. Todavía más: los comentaristas de televisión tenían estrictamente prohibido nombrar a cualquier otro jugador durante los partidos. Los compañeros y rivales de Saadi eran mencionados únicamente por su dorsal, para que ningún nombre eclipsara al apellido Gadafi. Como contraparte positiva, sus compañeros de equipo recibían un Toyota Camry y 500 dinares libios por cada pase que le daban.
Saadi contrató a Maradona como asesor técnico personal y al velocista canadiense Ben Johnson, descalificado por dopaje, como preparador físico. Todo parecía una broma hasta que el exjugador y entrenador libio Bashir al-Ryani, que criticó públicamente el control de los Gadafi sobre el fútbol, fue asesinado en 2005. Y es precisamente Saadi quien fue acusado de ordenar su muerte.
5. Un partido que casi provoca una guerra
La rivalidad futbolera entre Egipto y Argelia alcanzó niveles de crisis diplomática real en las eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica 2010. Antes del partido de ida en El Cairo, el autobús de la selección argelina fue apedreado de camino al hotel, hiriendo a tres jugadores. Egipto terminó ganando 2-0, lo que forzó un desempate en Omdurmán (Sudán), donde Argelia se impuso 1-0. Aunque los acontecimientos que siguieron desbordaron lo deportivo. La situación se desmadró tanto que en Argel se asaltaron oficinas de Orascom Telecom y de EgyptAir, se quemaron banderas egipcias y, para colmo, seguidores de ambos equipos se enfrentaron en Marsella y quemaron seis yates en el puerto francés. Egipto incluso retiró a su embajador en Argel. La tensión fue tal que tuvo que intervenir como mediador Gadafi, entonces todavía en el poder en Libia, para evitar que la crisis escalara más.
Todo por un partido de fútbol. O por lo que representa ese partido de fútbol, con sus goles y sus lágrimas de celebración, en un continente marcado por la fiebre de este deporte.
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