Por lejos, mi texto más popular en Substack es uno que escribí hace varios meses y que habla sobre el deseo de ser elegida por un varón. Diez meses han pasado desde que lo publiqué y hasta el día de hoy sigo recibiendo, consistentemente, notificaciones de likes, restacks y comentarios. Eso, que debería entusiasmarme, a veces me enoja y mi marido se ríe de mí: no entiende por qué podría molestarme que a un texto mío le vaya bien, pero a mí me da pereza explicar que cada notificación significa que hay otra y otra y otra mujer que se siente identificada por lo que digo ahí. Otras mujeres, tantas mujeres, que padecen de mi mismo mal.
No me sorprende, pero sí me desconcierta. Y me cuestiono también cuánta responsabilidad tengo en que se perpetúe esta narrativa, como mujer que sigue escribiendo sobre sus relaciones con hombres. Pero no voy a mentirles y declarar que me gustaría hablar sobre otros temas. La verdad es que no sé de deportes, no me interesa la economía y ya me rendí con la política. Es en las Dinámicas del Amor donde pongo mi energía y obtengo mi adrenalina.
Mi amiga Paulina fue quien me avisó.
El segundo single del disco nuevo de Olivia Rodrigo se llama “The Cure” y es, objetivamente, una canción perfecta. Conmovedora desde la primera escucha y sonoramente riquísima, durante sus casi 5 minutos (¡que vuelvan las canciones largas!) Olivia nos lleva de la mano a través de sus inseguridades. Vulnerable en su tono y en sus palabras, avanza hacia una catarsis emocional que nos desarma y de la cual se sale con una sola conclusión: el amor no es la cura.
¿La cura para qué?
Olivia Rodrigo estaba en una relación con un chico. Se veían hermosos juntos. Pero luego del lanzamiento del disco you seem pretty sad for a girl so in love ha quedado claro, especialmente para las que lo hemos escuchado en loop, que ser una de las principales estrellas del pop del momento (hermosa, flaca, millonaria, talentosa) no te salva de la locura a la que te lleva la constante pregunta: “¿por qué no me quiere como yo lo quiero?”.
Ni del veneno en la mente que responde: “otras mujeres”, “eres insuficiente”, “eres demasiado”, “no eres tan bonita”, y así hasta la náusea.
¿Y entonces, cuál es la cura?
A Olivia la eligió ese chico. A mí me eligió mi marido. Y sin embargo, acá estamos. En este mismo lugar incómodo, a pesar de todas nuestras diferencias. Y ese lugar debería ser el psiquiátrico, francamente, porque tanto ella como yo nos merecemos algo mejor de lo que nuestras cabezas intoxicadas nos susurran en el silencio de la noche.
No puedo describir todas las razones por las que L. me hace sentir insegura. Algunas son tan específicas que hacerlo revelaría detalles sobre su identidad. Basta con saber que es como yo no soy, y tiene cosas que yo no tengo. Sin embargo, en este último tiempo las dos compartimos la atención de mi marido, con el que ha salido en un par de citas.
Con Cristóbal hemos conversado mucho sobre L. Cuando uno está en una relación para la cual no hay estándares establecidos, sólo conversando (y conversando, y conversando, y conversando) se van acordando límites y licencias en un ejercicio de estirar el vínculo para flexibilizarlo, y así, fortalecerlo. Este proceso, que puede ser durísimo, exige comunicar y entender, de la mejor manera que nos permitan nuestras personalidades, las razones que nos mueven hacia otras personas.
Así es como hemos terminado hablando, extensamente, sobre el deseo versus la curiosidad como motivación para acercarse a alguien. El deseo: concreto, pesado en el cuerpo, una dirección. La curiosidad: abierta, suspendida en la cabeza, una pregunta.
L. le genera curiosidad, dice y a mí me inquieta porque entiendo mejor el deseo. El deseo sabe lo que quiere. La curiosidad, no. El deseo, si tenemos suerte, se sacia. La curiosidad, si tenemos suerte, no se sacia nunca.
Paulina me sirve una copa de pisco sour y conecta el parlante grande a su celular. He venido a su casa a tomar y cantar con ella, mientras mi marido y L. están en un bar. Ni siquiera tengo que preguntarle qué canción va a poner.
Suenan las primeras notas de “The Cure” y nosotras, que ya nos sabemos toda la letra, la cantamos como si estuviéramos en una audición para The Voice. No tenemos vergüenza de llegar a todos los tonos y hacer las segundas voces. Nos reímos, lloramos y gritamos cuando la canción explota.
Con mi pisco sour en una mano y la mano de mi amiga en la otra, la miro y le pregunto:
“¿Amiga, sabes cuál creo que es la cura?”
“¿Cuál?”
“Esto”.
Nos abrazamos llorando un poco más. La canción todavía no se acaba y yo siento que, esta noche, mis amigas Paulina y Olivia me salvaron. Y que si nos pusieron, contra nuestra voluntad o convenciéndonos de quererlo, en este sistema que se beneficia de nuestra inseguridad, somos las mujeres las que tenemos que ayudarnos a salir.
Luego pensaré que quizás seguir escribiendo sobre esto es una manera que se me ocurre de ayudarnos, y entenderé que la verdadera maravilla del disco de Olivia Rodrigo es que el foco de la obra no está puesto sobre él, sino en lo que ella sintió gracias a él. Lo bueno, lo malo y lo demente.
Tan honesto que te inspira a escribir tus propios textos y hacer tus propias canciones. Quizás sobre hombres, pero siempre sobre ti.
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