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Los DM de la Nori · Jul 24, 2026

Noche de cita

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Eleonora Aldea Pardo · Los DM de la Nori

La esposa mira desde el rincón cómo el marido ríe y coquetea, tres o cuatro mesas más hacia el centro del local, con una mujer que no es ella. La mujer tiene puesto un vestido de tela suave y liviana, algo que ella también se habría puesto para una cita. Hace tiempo aprendió que si quieres que te toquen, debes ponerte ropa que den ganas de sentir con las manos.

El marido tiene puesto lo mismo que usó para cocinar el almuerzo de hoy e ir a buscar a su hijo al colegio. Es lindo, la ropa nunca ha tenido que hacer mucho por él. La mujer es linda, también. Tiene buenos dientes, piensa la esposa, e inmediatamente reconoce que si ha podido sacar esa conclusión es porque la mujer ha sonreído mucho.

El mesero le pregunta a la esposa si va a pedir algo para comer, pero ella sólo pide un segundo pisco sour. Su estómago es un nudo y el alcohol le ayuda a aflojarlo. Revisa su teléfono, no lleva ni media hora acá.

Cuando levanta la vista, el mismo mesero está ahora junto al marido y la mujer. Ella mira la carta, le dice algo a él, los dos parecen estar decidiendo qué pedir. Por un par de minutos, en el orden del universo, son ellos el equipo. ¿Qué habrán pedido?, se pregunta la esposa. ¿Habrá aprovechado el marido de pedir un ceviche para compartir? A la esposa nunca le ha gustado la comida del mar.

El segundo pisco sour llega justo cuando la mujer posa su mano sobre el antebrazo del marido. Sobre el chaleco de algodón que la esposa le compró en una tienda de segunda mano, precisamente por la tersura de su tela. De pronto las mejillas de la esposa arden, su boca se reseca y toma un sorbo que deja su copa a la mitad. Pero nunca deja de mirar. El breve momento de intimidad entre la mujer y el marido es interrumpido por el mesero, que les deja un plato de papas fritas sobre la mesa.

La cita continúa sin que vuelvan a tocarse, pero la mujer prueba el trago del marido (¿un negroni? La esposa no alcanza a distinguir) y él prueba el trago de ella, que parece ser un Aperol. Se sorprende gratamente cuando confirma que la mujer come con gusto e incluso se le abre el apetito al verla. Lo último que comió fue la tortilla de papas que cocinó el marido para almorzar, una de sus especialidades. Sonríe al recordar su cara cuando dio vuelta la tortilla sobre un plato, orgulloso por no haber dejado caer nada de la mezcla.

Súbitamente, el marido se pone de pie. Los dos pisco sour en el estómago vacío le indican que éste es el momento y debe aprovecharlo. Sigue a su marido en dirección al baño. Al hacerlo, pasa cerca de la mujer, quien aprovecha de sacar su celular y escribir un mensaje, seguramente a sus amigas para decirles que la cita va muy bien.

La puerta del baño de hombres está cerrada y la esposa decide esperar afuera y no tocar. Puede sentir la sangre corriéndole más rápido por las venas y la cabeza le da vueltas. Pega la oreja en la puerta y escucha al marido tirar la cadena y lavarse las manos. Sal rápido, piensa. Sal rápido, dice en voz alta.

El marido abre la puerta y ella retrocede hacia la pared. Los dos se miran con una expresión que no es de sorpresa ni familiaridad.

¿Cómo te está yendo?, le pregunta la esposa.

No sé, ¿creo que bien?, responde el marido.

Desde afuera, pareciera que bien, le reafirma la esposa, sacudiéndole unas migas de papas fritas del chaleco.

Sí, le conté que te gusta mirar, dice el marido.

Pero la esposa no puede hablar porque ahora el nudo le aprieta hasta la garganta.

Creo que le gusta la idea, dice el marido, porque me tocó el brazo cuando se lo conté.

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