En todo chat de amigas, uno de los momentos más divertidos sucede cuando una de nosotras está empezando alguna situación amorosa y le cuenta al resto cómo avanza la historia. Pantallazos de chats que son sobreanalizados, datos que vamos conociendo sobre el susodicho, y una investigación colectiva extensa para descifrar quién es esta nueva persona que podría llegar a convertirse en un personaje secundario de nuestras vidas.
La mayoría de las veces, lamentable o afortunadamente dependiendo de la calaña del tipo en cuestión, la situación termina siendo no mucho más que eso. Cada vez más me toca ver cómo, en distintos grupos de amigas, de distintas edades y en distintas circunstancias, muchos emprendimientos románticos que empiezan con mucha ilusión terminan diluyéndose de una manera tan absoluta que parecieran nunca haber empezado realmente.
Fue atravesando uno de estos abruptos finales cuando nuestra amiga M. nos pidió revisar el último mensaje que quería mandarle a un chico. Un mensaje muy elocuente y racional, que no dejaba ver la tristeza que frente a nosotras sí había transparentado.
“Es que amiga, no quiero que sepa que me importa”, me dijo cuando le pregunté por la frialdad con la que le respondía a ese hombre con el cual sí había visto un futuro. No insistí, para no profundizar en la desilusión, pero la pregunta se repite y se repite en mi cabeza, cada vez que me encuentro con la indiferencia forzada ante un mal final:
¿Por qué no nos habría de importar que, luego de abrirle la puerta a alguien, esa persona prefiera cerrarla?
Llevo diesciséis años y medio emparejada. Cuando empezamos, Instagram no existía y por ende no sufrimos tantas penurias digitales como subir una historia que fuera ignorada, ver nuestros likes en las fotos de otros, o pasar mucho rato pensando en cómo responder un dm. Nos conocimos en persona, nos gustamos, nos besamos, chateamos por sms, pero el grueso de nuestra relación sucedía cara a cara. Y éramos jóvenes, cuando ser jóvenes significaba ser más arriesgados.
Si en ese momento lo hubiera pensado mucho, probablemente no habría perseguido una relación con quien es ahora mi marido. Él era tres años menor, yo tenía un hijo, vivíamos en ciudades diferentes y nuestras maneras de relacionarnos son casi opuestas. Mientras yo prefiero expresar y echar para afuera, él prefiere pensar y volverse hacia adentro. Pero una y otra vez, envalentonada por la certeza que me atravesaba el cuerpo cuando estábamos juntos, aposté por nosotros.
“¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?”
Así empieza la novela “La única historia” de Julian Barnes. Un libro que nunca terminé de leer porque era imposible que el resto fuera mejor que su primera línea.
Yo siempre he preferido amar lo más posible y pucha que he sufrido. Casi siempre mis ganas de experimentar le ganan al instinto de protección. El deseo de tener cerca a Cristóbal fue más grande que todas las razones que se me podrían haber ocurrido para alejarlo. Y sigue siendo así, después de todos estos años.
No sé si será un mal de nuestros tiempos, y encerrarnos en nuestros celulares nos ha dañado más allá de toda reparación, pero me apena ver a mi alrededor que ante la posibilidad de sentir dolor, de ser rechazados, la gente prefiera simplemente replegarse. Como si todo lo bueno de relacionarse con un otro fuera algo que se nos regala y no lo que se encuentra al otro lado de un abismo que debemos saltar. Con plena conciencia de que la posibilidad de terminar sangrando en el suelo es altísima, pero con la fe de que el viento nos ayudará.
Cuando nos damos un beso hay aproximadamente ochenta millones de bacterias que pasan de una boca a otra. Un solo beso y ya se empiezan a desdibujar los límites entre los cuerpos. Tú puedes llamarlo como quieras: “casi algo”, “amigovios” o “vínculo”, pero lo que sucede en la mezcla de fluidos, olores y calores de dos humanos que tienen sexo, no tiene nombre. Intimidad, quizás. Y todas las que nos hemos quedado mirando el techo esperando ternura luego de acostarnos con alguien, o hemos recibido un beso en la mejilla al despedirnos de quien hace media hora estuvo dentro de nosotras, sabemos que la intimidad sexual tiene el poder de causar grandes estragos. Físicos y emocionales. Para bien o para mal.
Antes de terminar, quiero dejar muy en claro que este texto no tiene ninguna intención puritana. Creo que ésta es una aclaración justa para los tiempos sorpresivamente conservadores que estamos viviendo. Siempre voy a abogar por la libertad de besar, lamer y tocar a quién queramos, cómo queramos.
Pero estoy convencida de que la mejor manera de ejercer y disfrutar esa libertad es reconociendo las responsabilidades que vienen con ella. Principalmente las responsabilidades que nos debemos a nosotras mismas. Podemos relacionarnos con quién y cómo queramos mientras haya cuidado, y ese cuidado parte por admitir que sí importa. Todo. Las bacterias mezcladas, las risas, los memes, la emoción en la guata y también el silencio, el visto, el ghosting, y la pena.
Que sí importa y que no estás loca por reconocerlo. Y que, aunque duela, no queda otra que pararse y caminar hasta que aparezca otro abismo para saltar, ojalá con mejor suerte esta vez.
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