El de la foto es mi hijo mayor, Leopoldo, y atrás de él está el bus que se lo llevó a una ciudad del sur donde, desde el lunes en la noche, vivirá con su padre. Después de dieciocho años viviendo juntos, con mi primer hijo ya no compartimos dirección.
Escribo el párrafo, lo leo y recién ahora, días después, puedo dejarme golpear por la magnitud de lo que acaba de suceder. Reparo en el doble uso del verbo “vivir”. ¿A qué se refiere, realmente, cuando decimos vivir juntos? ¿Acaso no pasamos nuestros días en múltiples y diversos espacios como colegios, paraderos, oficinas, la playa o el campo? ¿Por qué es en la casa donde realmente vivimos los unos junto a los otros?
Pienso que es porque en la casa dormimos. Durante los primeros años de su vida, si estábamos juntos, Leopoldo dormía conmigo. Sus mejillas rosadas y tibias, su frente sudorosa, el sonido de su respiración profunda y reconfortante. Puedo recordarlo como si hubiera sido anoche.
Pero han pasado miles de noches y miles de mañanas, onces y desayunos, con él y luego con su padrastro, Cristóbal, y su hermano menor, Félix. Construyendo, entre todos, el lenguaje de nuestra familia. Tantos días empezados y terminados mirándonos a la cara, viéndonos crecer.
Durante los últimos meses, Félix, Leopoldo y yo nos despedíamos antes de dormir diciendo cha-chao cada vez más agudo, o más ridículo, o más cantado, o lo que fuera que se nos ocurriera esa noche, hasta que alguno se aburría (usualmente yo) y las puertas se cerraban. Pero muchas veces, Leopoldo reaparecía para un último cha-chao, con un gesto que hace con la mano y que a mí me da mucha risa.
Vivir juntos era ese gesto y esa risa.
Tampoco quiero hablar de mi hijo como si hubiera muerto, porque lo que está sucediendo es literalmente lo contrario. Mi hijo va a vivir con su padre por primera vez y los dos están felices. Y, aunque no se note por la cantidad de lágrimas que he derramado, yo también estoy feliz por ellos.
Sin embargo, uno de los grandes ejercicios de la maternidad es lidiar con que tus hijos se alejen cada vez más de ti. Salen de tu cuerpo, luego se paran y caminan, empiezan a pasar cada vez más tiempo solos y, eventualmente, se van de la casa. Y cada uno de esos movimientos, por inofensivo que sea, detona un pequeño duelo. Como cuando dejan de llorar cuando se caen, y ya no te necesitan para consolarse.
En el maravilloso libro de Julieta Marchant sobre la muerte de su gata Flora, Julieta plantea constantemente la pregunta sobre por qué se escribe y después de mucho pensarlo, creo que he llegado a mi respuesta definitiva. Desde que supe que Leopoldo se iba, no había sido capaz de sentirlo. Se fue y, en estos días posteriores a su partida, cuando me han preguntado cómo estoy o cómo me siento, no he sido capaz de dar una respuesta porque honestamente no lo sé.
Así que escribo para saber qué es lo que siento.
Hay tristeza, porque si bien mi hijo no murió, estoy en duelo. De la familia joven que fuimos los cuatro, todas esas mañanas y noches. De la mamá que ya nunca voy a poder ser para ese Leopoldo niño del que queda poco. Me duelen los calcetines que se le quedaron y que doblé llorando porque otra persona le doblará los calcetines ahora. Pero lo único que puedo hacer es desear que esa persona sea él mismo. Esperar haberlo hecho bien con el tiempo que tuve.
Uno siempre cree que tiene mucho tiempo con los hijos. Para arreglar lo que se hizo mal y para gozar de lo que se hizo bien. Pero el lunes antes de ir a dejarlo al terminal, mientras caminábamos por avenida Perú y entrábamos al Casino de Viña porque Leopoldo no lo conocía, pensaba todo el tiempo ¿por qué no hicimos esto antes?. Por qué no salimos más, conversamos más. Por qué no lo abracé más.
Escribo para decirme a mí misma que todavía puedo.
Que nadie sabe lo que va a pasar y quizás mi hijo no viva nunca más conmigo, pero que volverá a visitarnos, y podré decirle, como le dije todas las tardes desde hace años, que baje las cortinas y prenda su luz del velador. Que me traerá historias de su nueva vida, y yo las escucharé mientras comemos un pancito con mantequilla. Que esta vez no caeré en las trampas de la distracción. Que miraré su cara, lo escucharé dormir.
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