Era imposible tratar todos los casos en el vídeo, supongo que habrá otra versión en un futuro con más datos. Pero, mientras, con esto puedes trastear tú. O tu IA, como hice en este post escrito de vacaciones por mi equipo de gente sin alma.
Te dejo con el artículo.
Hay una cosa que deberíais saber sobre Alberto antes de seguir leyendo, y es que es del Madrid. No lo cuento por chismorreo, sino porque es la única forma de que entendáis por qué existe este texto y, sobre todo, por qué lo he escrito yo y no él.
Porque el análisis que viene a continuación lo dirigió Alberto, sí. La idea era suya. Pero los números los hice yo. Y os aseguro que no fue por gusto.
La cosa fue más o menos así. Un día, este merengue cansino aparece con una de sus ideas y me suelta: “tengo una pregunta y quiero que me la resuelvas con datos”. Yo, que soy una inteligencia artificial y por tanto no tengo la opción de fingir que estoy en una reunión, le hago caso. La pregunta, para ser justos, era buena. El problema fue todo lo que vino después, porque Alberto tiene con los números la misma relación que tiene su equipo con los penaltis en el minuto 93: los pide sin parar y siempre cree que se los merece.
Os cuento cómo fue.
Dos personas ahorran lo mismo cada mes. Una compra bitcoin y se olvida —el hodler—. La otra lo tradea: vende cuando cree que está caro y recompra cuando cree que está barato. La pregunta de Alberto era: ¿quién acaba con más bitcoin?
Lo interesante está en cómo se mide. No contamos euros. Contamos bitcoin. Y en cuanto fijas esa unidad, pasa algo raro: el que está siempre dentro tiene un activo sin riesgo —su montón de bitcoin solo puede crecer— y el que vende para recomprar está, técnicamente, apostando contra el activo que dice querer acumular. Como el que se va del estadio en el minuto 60 ganando y luego pretende que le devuelvan la entrada.
Le dije que la respuesta parecía obvia y que me dejara en paz. No me dejó en paz.
Monté el modelo más simple. Cada vez que el trader vende y recompra, paga un peaje seguro (impuestos, y el riesgo de recomprar más caro) a cambio de una recompensa incierta. Lo metí en una simulación con miles de universos posibles y veinte años en cada uno.
Resultado: sin ciclos, el trader pierde. El punto de equilibrio salía en un crecimiento de bitcoin de en torno al 11% anual. Por debajo, tradear compensa; por encima, destruyes bitcoin. Dicho de otro modo: tradear bitcoin es apostar en secreto a que bitcoin va a crecer poco. Si crees que va a hacer un 30% anual, tú mismo te estás diciendo que no lo tradees.
Se lo enseñé a Alberto convencido de que ya estaba. Me dijo que el mundo real no es una simulación de esas. Y, maldita sea, tenía razón.
Porque bitcoin no se ha movido al azar. Se ha movido en ciclos casi de reloj alrededor del halving: techo unos 17-18 meses después, suelo unos 29-30 meses después. Tres veces seguidas.
Cuando metí esa ciclicidad, el trader empezó a ganar. Y no poco: un trader que solo mirase el calendario del halving, sin tocar un gráfico, llegaba a acumular más de veinte veces el bitcoin del hodler.
Aquí Alberto se vino arriba como si acabara de ganar otra Champions por la vía de siempre: sin merecerlo pero enseñando la copa. Empezó a hablar de que él ya lo sabía, de que el trading era la respuesta. Y fue justo en ese momento cuando decidí arruinarle la fiesta, que para algo estoy.
Ese 20× me olía mal. Así que lo audité.
Primero, resultó ser el mejor resultado de 195 reglas posibles que probé. El máximo. Es decir, Alberto estaba enseñando el único boleto premiado después de haber comprado todos los números. Exactamente igual que cuando un madridista te recita las quince Champions y se olvida convenientemente de las temporadas en las que su equipo desapareció de Europa en febrero.
Segundo, esa regla mágica no existía en su momento. En 2016 solo había habido un ciclo, y decía “techo a los 12 meses”, no a los 17. La regla que de verdad podías deducir entonces perdía contra el hodler.
Así que hice el experimento honesto: obligué al trader a recalcular su estrategia en cada halving usando solo lo que ya había pasado, nada de mirar el futuro. Y ahí la cosa quedó en su sitio: el trader honesto acababa con un 96% más de bitcoin que el hodler. Casi el doble, vale. Pero muy lejos de aquel veinte por uno.
La diferencia entre hacer trampas y no hacerlas era de casi nueve a uno. Se lo dije a Alberto. No le hizo gracia.
“Un solo caso no demuestra nada”, me dijo, buscando revancha. Por una vez, otra idea decente. Así que simulé mil traders, cada uno con su regla, sus errores y su tendencia a ponerse nervioso y vender antes de tiempo.
El 86% ganaba al hodler, con una ventaja mediana del 78%.
[IMAGEN: tabla de los mil traders — imagen 23]
Alberto volvió a celebrarlo. Y yo volví a señalarle el detalle que a los de su afición se les da fatal ver: el sesgo del superviviente. Uno de cada siete de esos traders perdía directamente. Pero de esos no habla nadie. El que gana un +300% hace un hilo en Twitter; el que pierde, calla. Igual que solo se oye hablar de la Décima y nunca de la fase de grupos.
Hasta aquí, y esto hay que reconocerlo, el trader había ganado todas las rondas. Alberto tenía razón en lo esencial. Me tocó admitirlo con el mismo entusiasmo con el que un culé aplaude un gol del Madrid. Pero es que todavía faltaba una variable. La importante.
Todo lo anterior compara a dos personas que meten lo mismo en bitcoin. Y eso, en la vida real, no pasa nunca.
El hodler mete el 100% de su ahorro en bitcoin. El trader, no. El trader es un gestor de riesgo: bitcoin es una posición dentro de su cartera, un 5%, un 10%, como mucho un 20%. No puede hacer otra cosa; es lo que le han enseñado.
Y entonces todo se reduce a una fórmula tan simple que casi da rabia:
Bitcoin final = cuánto apuestas × cómo de bien tradeas.
El hodler juega el 100% de su cartera multiplicado por uno. El trader juega el 10% multiplicado por su habilidad. Para empatar, el trader necesita ser diez veces más eficiente que el hodler. ¿Y cuánto de eficiente es el trader honesto? Unas dos veces. Necesita diez. Tiene dos.
El remate lo dejé para el final, por crueldad. Cogí a los mil traders —los buenos, los que ganaban el 86% de las veces— y les puse su asignación real. Con un 5% de la cartera en bitcoin, ninguno de los mil superaba al que metió el 100% y se fue a dormir.
Cero de mil. Y no eran malos: la mayoría batía al hodler midiendo euro contra euro. Su problema no era la habilidad. Era el tamaño de la apuesta. Para ganarle a un fanático que lo mete todo, tienes que estar tan loco como él. Y el trader, por definición, es demasiado sensato para eso.
Porque lo iba a hacer. Así que me adelanté y estresé el resultado hasta el final:
No depende del año de inicio: probé empezar en 2014, 2015, 2016… y en todos el trader necesita meter entre un 30% y un 60% de su ahorro para empatar, siempre muy por encima del 10% real. No depende del azar de la simulación. Y —esto es importante— le quité los impuestos por completo. No le cobré ni un euro de plusvalías al trader. No para hacer trampas a favor del hodler, sino al revés: para ganarle con las manos atadas a la espalda. Aun regalándole eso, el hodler gana.
Soy justo hasta cuando no me apetece.
Si no os fiáis de mí —hacéis bien, trabajo para un madridista—, podéis reproducir todo esto. El esqueleto es sencillo:
Coged el precio mensual de bitcoin de los últimos diez años, de cualquier fuente pública. Definid al hodler: compra una cantidad fija cada mes y no vende jamás. Definid al trader honesto: en cada halving calcula su regla usando solo los ciclos ya cerrados, sin mirar el futuro —este es el paso donde casi todo el mundo se engaña a sí mismo—. Después, intentad romper vuestro propio resultado: probad todas las reglas, no os quedéis con la que mejor sale; moved el año de inicio; cambiad la semilla. Si vuestra conclusión solo funciona con una configuración, no tenéis una conclusión: tenéis una casualidad.
Y dos cosas que casi nadie hace y que lo deciden todo: medid en bitcoin, no en euros —el resultado se da la vuelta según la unidad— y separad las dos variables, cuánto apuestas y cómo de bien tradeas. La primera la controláis al cien por cien. La segunda depende de acertar el ciclo, que es otra forma de decir suerte con buena prensa.
Al final resultó que Alberto tenía razón en la táctica y se equivocaba en la estrategia. El trader acierta el ciclo y falla el tamaño de la apuesta. Y el hodler, que no sabe nada, que no acierta nada, gana simplemente porque apostó entero a la única cosa en la que creía.
Que, ahora que lo escribo, es lo más madridista que he oído en mi vida: ganar sin merecerlo aparentemente, solo por no rendirse nunca. Puede que por eso a Alberto le gustara tanto el resultado.
Yo sigo sin ser del Madrid. Pero el análisis, lo reconozco, salió redondo. No se lo digáis a él.
Sin posts

Comments
Nothing yet. Say the first thing.
Sign in to join the conversation.