En el siglo XX, John Rawls acuñó el término velo de ignorancia. La idea que planteaba era que, si queremos ser justos a la hora de diseñar sistemas sociales, contratos sociales, tenemos que imaginar que nos sentamos detrás de un velo de ignorancia que nos separe de nuestras circunstancias personales. Solo de esa manera, siendo ignorantes ante nuestras circunstancias, podemos decidir objetivamente cómo nuestra sociedad debería operar.
A John Rawls, lo recuerda Michael Green, famoso analista financiero, más conocido últimamente por su denuncia de la situación económica en Estados Unidos y más famoso todavía por haber perdido una apuesta sobre el precio de bitcoin cuando este alcanzó los $100.000. Este Michael Green recuerda el término de velo de ignorancia de John Rawls para estudiar el valor de Bitcoin como posible dinero.
Hace esto en un par de artículos publicados en las últimas semanas (Parte 1, Parte 2) donde dedica varios miles de palabras a estudiar si realmente Bitcoin es una buena solución monetaria frente al sistema fiat, cuyos problemas acepta en coincidencia con los bitcoiners. ¿Es Bitcoin mejor remedio a la necesidad monetaria de una sociedad?
Michael llega a la conclusión de que Bitcoin no solo no es la solución, sino que es bastante peor que el dinero fiat en los aspectos que hacen de una solución social una justa de acuerdo a la premisa del velo de ignorancia planteada por Rawls.
Un sistema monetario que viola constitucionalmente la equidad rawlsiana —al incorporar de forma estructural una extracción temporal sin responsabilidad, sin respuesta de oferta y con costes sociales amplios impuestos a los menos favorecidos— no es “sólido” en ningún sentido que importe para la organización social, independientemente de sus propiedades técnicas.
Ninguna persona racional detrás del velo elegiría esto. Sustituir una aristocracia política por una matemática no es liberación; es simplemente una nueva aristocracia inmutable que ningún proceso democrático podrá jamás reformar.
¿Por qué dice esto Michael?
El planteamiento es interesante, si bien no es novedoso. En los más de 15 años de vida de Bitcoin muchas veces se ha tratado la cuestión de cómo habría sido mejor lanzar Bitcoin. ¿Fue publicarlo en una lista de correo entre una serie de preocupados cypherpunks el mejor método para crear el que puede ser el sistema monetario más prometedor que haya descubierto la raza humana? Como método de distribución, obviamente, no parece el mejor.
Este es un punto clave en el estudio de Michael Green.
El whitepaper se publicó en 2008 en una lista de correo cypherpunk en inglés, de nicho. Minar requería ordenadores, electricidad, internet y alfabetización técnica —privilegios abrumadoramente concentrados en círculos tecnológicos del mundo desarrollado. Un agricultor de plátanos en el Congo no tenía ninguna vía realista para acceder a monedas baratas en los inicios.
Los defensores lo llaman “acceso sin permisos”. Cualquiera, en cualquier lugar, puede participar bajo las mismas reglas. Esto es formalmente cierto y, en la práctica, vacío. Las reglas son las mismas; los puntos de partida no. Un sistema que ofrece “las mismas reglas” a alguien con un portátil en 2009 y a alguien sin electricidad no es “sin permisos”. Es un sistema cuyos permisos los impone la realidad material, no el código.
La crítica es conocida. Si tu vecino era Satoshi Nakamoto y te habías interesado por las razones que fuesen en sus incómodas divagaciones cypherpunk, muy probablemente participaste en Bitcoin antes que nadie, años antes de que esta idea llegase a los confines más alejados de internet. Eso hace que tu probabilidad de tener una ingente cantidad de monedas a buen precio sea infinitamente mayor a la de cualquier otra persona viva hoy y en el futuro. Esto es debido al protocolo determinista de Bitcoin. Cuanto mayor es su capitalización, mayor es su precio por moneda, gracias a la finita cantidad de tokens en que consiste.
¿No sería mejor, se pregunta Michael Green, crear un sistema monetario alternativo al sistema fiat, un nuevo contrato que sea más justo de acuerdo a las propiedades rawlsianas? ¿Y qué tendría que requisitos debería cumplir ese dinero?
Michael nos deja una lista exhaustiva de cuáles deberían ser:
Respuesta de la oferta. El sistema debe tener algún mecanismo mediante el cual un aumento de la demanda termine incrementando la oferta o estabilizando el precio, evitando que un grupo fijo capture todas las entradas futuras como ganancias por mark-to-market.
Acceso distributivo. La participación inicial debe ser realmente accesible para una población amplia, no restringida por proximidad informativa, alfabetización técnica, fecha de nacimiento, o accidentes geográficos y lingüísticos.
Mecanismo de rendición de cuentas. Quienes más se benefician del sistema deben asumir alguna obligación continua, ya sea mediante participación en la gobernanza, contribución productiva o algún mecanismo redistributivo.
Internalización de externalidades. Los costes operativos del sistema deben ser asumidos por sus participantes, no impuestos a terceros.
Resiliencia ante crisis de crédito. Si el sistema aspira a servir como estándar monetario, debe contar con un mecanismo que evite espirales deflacionarias que transfieran sistemáticamente activos reales desde los prestatarios hacia los tenedores del dinero base.
Relación consistente con el Estado. El sistema debe elegir: o bien opera fuera del Estado, o bien opera dentro del Estado y acepta todo el espectro de rendición de cuentas democrática que ello implica.
Como el mismo Michael reconoce, ningún sistema satisface perfectamente los criterios, pero Bitcoin falla en todos ellos, afirma.
La pregunta que desde aquí podemos hacerle a Michael Green es cómo siquiera aproximarse a cumplir esos requisitos con un sistema monetario novedoso, algo que, por cierto, no era lo que buscaba Satoshi Nakamoto al diseñar Bitcoin.
Y es que plantea, por ejemplo, que el sistema debe tener “algún mecanismo”, que ajuste la oferta, pero ¿cuál debe ser ese mecanismo? No entra en detalles porque no hay una manera obvia de hacerlo, algo que ya se planteó Satoshi en su día y que explicó cuando decidió lanzar el protocolo de Bitcoin con una oferta fija. Entre hacer el sistema depender de un ente centralizado o un oráculo falible, lo mejor era dejar la oferta fija.
“El acceso debe ser distributivo”, dice Michael, pero ¿cómo hacer que esa participación inicial de tokens sea “realmente accesible” para una población amplia? ¿Y cómo no ser injusto con el resto de la población que no entra dentro de esa población amplia y que ni siquiera se entera de que un nuevo sistema monetario acaba de ser distribuido en el planeta? La realidad es que no hay manera de hacer esta distribución de forma “justa”. E incluso si la hubiera, debido a la actual distribución de recursos los tokens acabarían teniendo una distribución similar a la actual. La lay de Pareto no es falsificable.
Más allá de eso, Michael dice que Bitcoin debe tener un “mecanismo de rendición de cuentas, por el cual los que más se benefician deban asumir una obligación frente al resto”. Pero ¿quiénes son los que más se benefician? ¿Y quién es el resto? ¿Y quién decide cuál debe ser esa rendición de cuentas? De nuevo, la respuesta queda fuera del alcance de su análisis pero es lógico pensar que un ente central debería ser el encargado de tomar esas decisiones.
Igualmente ocurre con el tema de la “internalización de externalidades”. ¿Quién decide cuáles son esos costes operativos que deben ser asumidos por los participantes? ¿Y quién va a hacer coercitivamente que se encarguen de esos costes?
Finalmente, y este es un punto más de teoría fundamental que los anteriores, Michael habla de que un sistema monetario justo “debería tener resiliencia ante las crisis de crédito, de manera que evite espirales deflacionarias que transfieran sistemáticamente activos reales desde los prestatarios hacia los tenedores de dinero base”.
Es decir, lo que Michael plantea es uno de los mayores problemas del dinero fiat que critica. Si se crea un mecanismo para evitar quiebras, los que piden dinero se benefician del sistema frente a los que lo prestan, lo cual desincentiva el ahorro de capital e incentiva el mal uso de ese capital. Justamente el resultado que encontramos hoy en la sociedad y que Michael se ha hecho famoso enfrentando.
Otro de los aspectos fundamentales en los que, en mi opinión, falla Michael Green es al determinar que el dinero fiat es mejor que Bitcoin porque, al menos, es un sistema que políticamente puede ser alterado.
Bitcoin crea una nueva aristocracia inmutable que ningún proceso democrático podrá jamás reformar.
Bitcoin no tiene un proceso de modificación democrática, mientras que el dinero fiat sí lo tiene. Y utiliza esta afirmación para justificar que el dinero fiat es superior a Bitcoin, cuando en realidad este es otro de sus principales problemas.
La democracia, por su propia forma de operar, tiende a que los que piden dinero, que son mayoría, impongan sus condiciones a los que tienen el capital, que son minoría. Eso vuelve a desincentivar la acumulación de capital, que es necesaria para crear riqueza en cualquier sociedad.
Obviamente, Bitcoin no es un sistema monetario perfecto, nunca pretendió serlo. Pero es necesario recordar siempre estas sabias palabras: lo perfecto no debe ser enemigo de lo bueno.
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