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Cuadernos de Barcelona · Apr 19, 2026

Sobre no tener coche.

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Alan Grabinsky · Cuadernos de Barcelona

Hasta hace poco me daba pena llegar a la escuela de mis hijos en bici. Todos llegan en coche. Algunos inclusive en Teslas, que son el equivalente del DeLorean de Back to the Future.

Y ahí estoy yo.

Con mi tuk-tuk eléctrico.

Sudando.

A la merced de dos diminutos emperadores que lloran, gritan y patalean desde su remolque, atrás.

Debería, sin embargo, estar orgulloso. En mi perspectiva, depender del auto para las tareas cotidianas disminuye, no mejora, la calidad de vida. Hay algo gratificante en utilizar el propio cuerpo —asistido por la electricidad, eso sí, pues ¿cómo voy a empujar veintidós kilos de preciosura por mi mismo?— para moverse por el mundo. Es una sensación de autosuficiencia que no es la idealización de la vida simple, sino lo que llamaría una fricción intencional con la tecnología.

En muchos sentidos las decisiones que he tomado respecto a cómo criar a mis hijos son una respuesta al entorno en el que me crié yo. En la Ciudad de México pasé horas de mi niñez atorado en tráfico encerrado en aquel cubículo metálico, rumbo, por ejemplo, al Centro Deportivo Israelita, con sus grandes extensiones al aire libre. Un encierro para llegar a un lugar abierto. Existe un absurdo mayor, el inverso: los que viven en ambientes saludables, sin tráfico, y que, tras pasar todo el día sentados, se bajan de su auto solo para subirse a una banda elástica y caminar frente a una pantalla.

Reconozco que mi resistencia al vehículo motorizado raya en lo absurdo. En un viaje en tren a Madrid me di cuenta de que, tras dos años de vivir en la zona metropolitana de Barcelona, no conocía los alrededores. Me sentí como un hobbit, todo feliz en mi comarca, intimidado por la grandeza de mis surroundings. ¡Cuántas montañas! ¡Qué interminables planicies! Si tuviera coche habría descubierto esto, y más: las playas de la Costa Brava, los picos nevados de los Pirineos.

Sé también que no es lo mismo conducir en un pueblo de España, donde se requiere completar un riguroso examen tras un largo y costoso proceso, que en la megalópolis mexicana, donde lo único que se le pide a los futuros conductores es saber firmar. Pero uno toma ciertas decisiones en la vida que acaban por condicionarlo. Como dice el Buki: la aventura, tú ya verás, será tu cárcel y nunca saldrás.

Por mi parte, disfruto de mi condena al aire libre, podría ser peor.

Todo comenzó con la exposición a dogmas anti-coches en mis círculos urbanistas y se solidificó tras leer apologías del caminar y del wanderlust. Y lo agradezco, pues he descubierto muchísimo en los más de quince años en que, salvo momentos de necesidad brutal, he usado mi cuerpo para desplazarme. Con la bici la urbe se vuelve un laberinto de olores, sonidos y sabores, amenazas y hallazgos, en ese “ballet de la calle” del que hablaba Jane Jacobs.

Es adictivo, les aseguro. Tras recorrer la ciudad propia uno se pregunta cómo será andar en bici en otras.Para eso sirve tener una plegable que funcione como metro. Con ella he andado en Tel Aviv, Viena, Barcelona y la Ciudad de México.

En Viena it’s a breeze. La infraestructura ciclista está tan integrada en la calle que el uso ya no forma parte de una subcultura. Además, están tan acostumbrados a que se respeten las señales viales que los peatones ni siquiera miran antes de atravesar un cruce, casi me estampo contra uno: la culpa la habría tenido yo, pero él ni siquiera fue consciente del peligro.

En Tel Aviv —una ciudad diseñada a escala humana por los mejores arquitectos y urbanistas judíos de Europa— el caos es un poco mayor pero la sensación es más enervante: al final es un país en guerra, todos están estresados, y uno tiene que vérselas con el omnipresente enjambre de scooters eléctricos que sirven para que los tech bros lleguen a sus oficinas y los repartidores les entreguen su comida.

En México, a pesar de grandes avances, tanto en las calles como en las banquetas es un “sálvese quien pueda”, y no por nada se ve al ciclista por elección como un animal suicida. Nunca se sabe de dónde vendrá el próximo peatón o vehículo; hasta las propias bicicletas son enemigas potenciales, en los carriles de bici, muchas veces van en sentido contrario. La cantidad de estímulos —campanas, ambulancias, gritos, chiflidos— puede llegar a ser abrumadora; y hasta lo más primordial, la calidad del aire, conspira en contra de uno. Y el centro histórico… ese sí que es otro nivel, un Mad Max de tráileres camiones bicitaxis motos motonetas biciseléctricas patinetas diablitos y carrozas cuya entropía aumenta conforme uno se acerca a la Avenida Circunvalación. Ahí uno se adentra a un complejísimo y desconcertante universo en el cual no sorprendería toparse con un elefante o una vaca, pues lo mismo podría estar en la India.

Barcelona tiene una gran infraestructura ciclista, aunque las avenidas siguen repletas de coches y el respeto al ciclista aún no es lo que debería. El indicativo más claro de esto es los relativamente pocos padres que, en comparación con Viena o Amsterdam, transportan a sus hijos en bici. Como mencioné, hay relativamente pocos ciclistas también en el pueblo donde vivo, en las afueras. Para llegar a la guardería de mis hijos no hay carril de bici; tengo que compartir la calle, de un solo carril, con las bestias motorizadas.

Pero están domadas. Se paran cuando hay que pararse. Ceden el paso cuando hay que cederlo. No bufan. No hacen barullo. Es un camino que disfruto.

Algunos me preguntan si no me parece peligroso.

Les digo que no.

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Read the original on alangrabinsky.substack.com

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