Imagínese usted, querido lector, que va a emprender un largo roadtrip con amigos por España. Tiene todo empacado en la cajuela, algunos snacks para el camino, el tanque lleno de gasolina —o la batería cargada—, la ruta desplegada en Google Maps. Enciende el motor y se dispone a admirar el icónico paisaje peninsular, deleitarse con sus planicies, sus montañas, sus bosques mediterráneos. Pero tan pronto sale del garaje, un obstinado y reticente pasajero se empeña en monopolizar el único componente que puede condicionar emotivamente el trayecto: la música. Por más que uno intenta negociar, este individuo se niega a ceder; se convierte prácticamente en un dictador que lanza amenazas y gritos si no obtiene lo que quiere. Y por si fuera poco, su gusto no solo no encaja con el de los demás, es atroz. Peor aún, lejos de escoger diversos paisajes sonoros, se empeña en escuchar una sola canción, una y otra vez.
¿Qué canción?
Happy. Birthday. To. You.
Durante ocho horas. Non stop.
A esta tortura fueron sometidos por su adorable hija de dos años unos amigos durante su viaje en automóvil de León a Barcelona. Ocho horas de Happy Birthday To You. Ni en las cárceles de Guantánamo se descendía a esos niveles de crueldad.
Y, sin embargo, mi amigo me lo contó con un aire de orgullosa resignación, como si hubiera sido cómplice en aquella travesura que, por suerte, había tenido un principio y un fin.
Aquel intercambio me hizo pensar en las múltiples versiones del infierno a las cuales nos somete nuestra descendencia. Jean-Paul Sartre, en aquella famosa obra de teatro en la que tres extraños se ven encerrados en un cuarto por toda la eternidad, sostuvo que el infierno era el otro, adulto.
Es obvio que nunca fue padre.
Mucho se ha escrito en este sentido sobre los vuelos con niños, así que no voy a ahondar en ellos; cualquiera que ha tenido la suerte de sentarse detrás de uno, sabe que aquello va a acabar mal. El padre sufre aún más, pues tiene que aguantarse no solo los berrinches de su hijo sino las miradas asesinas de los vecinos. A los vuelos se añaden los trayectos cotidianos en autobús o en tren, en los cuales hay más margen de maniobra —uno puede bajarse en una estación, como hemos hecho— pero a veces menos tolerancia.
Y sin embargo persiste una dimensión de la paternidad que le es desconocida a quienes no han tenido que convivir diariamente con infantes.
Hablo de las guitarras, juguetes, libros y peluches que hacen ruidos y de los que los niños nunca se cansan, y a los cuales nuestro cansado oído se adapta.
O no.
En mi casa no puedo ya tocar mi música. Todo es la Vaca Lola, el Pato, el Barco Chiquito, la Víbora de la Mar; en inglés, Old McDonald Had a Farm, Head Shoulders Knees and Toes; en catalán, La Lluna la Pruna, Un Tren Petit; en alemán, Die Eule mit der Beule; en hebreo, Glida Tova, y muchos más.
El dolor auditivo que esta música ocasiona tiene su correspondencia en las lumbares, cuando les toca a los resignados padres recoger todo lo que sus adorables hijos han dejado desperdigado por la sala, el baño, la cocina, la terraza, el pasillo, la recámara principal, la entrada y todos los in between.
Aun así, es un círculo del infierno tolerable.
Pero hay uno que debe de ser el más profundo, el más despiadado. Para llegar a él hay que atravesar una zona de naves industriales, algunas acondicionadas para la industria del cuerpo humano —un salón de crossfit llamado La Tribu, afuera del cual, cuando pasé, exhibían sus pectorales unos hombres y mujeres perfectos tras su entrenamiento; otra con paredes para escalar.
Entre ellas hay una nave diseñada exclusivamente para trabajar el cuerpo de los niños.
Uno se adentra en un enorme y retacado (hemos ido solo en sábado, en temporada de cumpleaños) espacio de techos altos y luces fluorescentes dividido en tres zonas. Una de bar, con mesas largas y enormes pantallas que proyectan el partido del momento. Otra cubierta de pasto falso, desde donde emana un olor a pies, en la que los niños se desquitan de los límites impuestos por sus padres en seis laberínticos complejos de subidas y bajadas, brincolines, trampolines, redes, túneles, albercas de pelotas e inflables, todas, en una gama muy reducida de colores neón chillantes.
A estas dos zonas las une un túnel que, a la hora de la comida, es monopolizado por los supervisores de la planta, quienes guían al rebaño infantil —al golpe de interminable y ensordecedora música punchispunchis— hasta un salón donde se sirven nuggets y papas plastificados.
Una vez adentro de éste, después de horas del bombardeo de estímulos, los padres, ya entumecidos por la cerveza o simplemente como mecanismo neurológico de supervivencia, asumen una actitud blasé que hubiera enorgullecido a Georg Simmel. Cuando me encontraba ahí y mientras los niños se peleaban por el jugo de naranja y los Danoninos, vi a lo lejos a una señora interrumpir su plática con un señor para cantar para sí misma, con la mirada perdida en un punto muy lejano, la canción que retumbaba desde una bocina.
A ram sam sam.
Y por encima de nosotros, mientras las pantallas mostraban una partida de basquetbol, entre enormes árboles, cascadas y todo tipo de paisajes tropicales, gigantescos jaguares, cacatúas, orangutanes, jirafas, elefantes y demás animales nos contemplaban, impávidos, desde las alturas.
Aquel círculo del infierno tiene un nombre.
Se llama, con toda certeza, La Jungla.
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