El centro de Viena es una tumba. Si a un automovilista se le ocurriera tocar el claxon en señal de impaciencia y romper con la quietud de la ciudad, una silenciosa marabunta de la tercera edad se organizaría alrededor de su vehículo para abatir los parabrisas con sus bastones al grito de “Verboten!”.
Esta fue mi primera impresión, hace dos décadas. Tras caminar por las avenidas imperiales y sus fachadas color pastel, mi amigo y yo nos fuimos a tomar unas cervezas en uno de los bares del centro, solo para deambular ligeramente borrachos por las calles desérticas. No recuerdo la hora, pero no era tarde: la calma era espectral y bajamos la voz; aun así se abrió una ventana en un piso superior y se asomó una cabeza blanca de la generación de guerra y, tras llevarse el dedo índice a la boca, nos gritó algo.
No intercambiamos palabra en nuestro camino de regreso al hostal, por miedo a despertar a otra abuelita nazi.
Tanta calma en medio de una urbe es desconcertante para un habitante de la Ciudad de México, un chilango, para quien el ruido es vida. Ni cuando salimos de la ciudad podemos tolerar el silencio; en los parques nacionales de México aledaños al Valle del Anáhuac el retumbe del bajo de la cumbia o los corridos, proyectada por los puestos de quesadillas, atrae a clientes como el llamado del mismísimo Huitzilopochtli.
La naturaleza, para el chilango, necesita ese soundtrack. ¿Cuál experiencia romántica de lo sublime? ¿Cuál perderse en la contemplación de lo absoluto?
Inclusive cuando se sabe que el destino no será silencioso, la Gran Familia Mexicana no duda en traerse consigo —a la playa, por ejemplo— además de hieleras con caguamas, al menos una speaker para tocar la misma música de vuelta y marcar territorio. El hacinamiento vacacional en Semana Santa y Navidad es una exportación de la falta de privacidad auditiva en los barrios y vecindarios; es tanta la marabunta que tras irse a bañar una niña podría pasar horas jugando bajo una sombrilla sin darse cuenta de que aquella familia no es la suya.
En Austria sobra espacio. Hace algunos años fuimos a un hotel rodeado de montañas alpinas junto a un lago espectacular. Decidimos asolearnos en la zona de la alberca. Lo único que se escuchaba era el llenado del agua de la piscina y el toque, cada quince minutos, de las campanas de la iglesia.
En México, la alberca tendría un sistema de audio con todo tipo de música punchispunchis y algunas familias llevarían consigo, además de su hielera con caguamas, una bocina pequeña o un boombox para proyectar su música banda. Si la música y los gritos de las madres y los niños te molestan, el agüitado eres tú.
Pero en aquel hotel junto a los Alpes austríacos una señora corpulenta que tomaba el sol con las chichis de fuera se escandalizó porque mi sobrino gritaba al jugar e inclusive amenazó con quejarse con la recepción si aquello continuaba. Lo sorprendente fue que, lejos de tomárselo como una afrenta personal, mi yerno —israelí, pero de ascendencia austriaca— y su esposa se pusieron a conversar con la señora, quien les reveló que se había escapado sola de la “bulliciosa” capital para tener cierta tranquilidad.
Los chilangos venimos de aquel estertor de cláxones, frenos, gritos e insultos que constituye el paisaje sonoro de nuestra capital, pero el paisaje austríaco es como vivir en un cuarto de estudio aislado. Si a los mexicanos nos sobra el griterío de la fiesta, quizás a los austriacos les sobra quietud y paz, e intercambiar esas predisposiciones es más difícil que repatriar el penacho de Moctezuma, que tanto ruido ha causado.
Tiene razón la señora: los niños son ruidosos.
A los austriacos no les gustan. Una encuesta señalaba que más de la mitad estaría de acuerdo en prohibirles el acceso a restaurantes; un porcentaje relativamente menor pensó que debería restringirse el acceso a perros.
Más perros. Menos niños.
En países hispanohablantes la pregunta sería ofensiva. ¿Qué se traen en contra de los niños? Qué amargados. Mi esposa, que creció en este ambiente, se apenó una vez por el escándalo que estaba haciendo uno de nuestros hijos en Barcelona, sin percatarse de que a nadie le importaba. Los niños son niños.
Si están poniendo en jaque el orden público, piensan los austriacos, lo mejor sería segregarlos. Los hoteles para niños en Austria son de lo mejor: todas las necesidades están cubiertas y los huéspedes de todas las edades salen contentos.
Los que más los agradecen son los que no van.
El ruido es vida. Pero tanto quien vive en las colonias populares de Ecatepec como quien reside en las mansiones de Bosques en la Ciudad de México conoce ciertos sonidos que son el equivalente al llamado a la oración musulmán —pero que, en vez de convocar al rezo, llaman a la venta de tamales oaxaqueños, tamales calientitos, o de colchones, tambores, refrigeradores o “¡algo viejo que vendan!” Lo que en algún momento fue la estrategia de una familia de comerciantes se ha diseminado por todo el Valle del Anáhuac con la rapidez de un meme, imponiendo un ritual. Tan acondicionados estamos a aquellas grabaciones repetidas ad infinitum sobre los techos de las camionetas y los carritos de tamales que sin ellas sentiríamos un abandono existencial.
Pero si el ruido es vida, no hay lugar más vital que el centro. Lo que lo distingue son los desquiciantes chiflidos de aquella pesadísima tecnología que no puede más que repetir la misma melodía una y otra vez. Las rocolas, los CDs y los casetes han sucumbido a las innovaciones tecnológicas, pero cuando la urbe sea destruida por alguna revolución, inundación, sequía o terremoto, seguirá tocando entre las ruinas el organillero junto con su pareja, que extenderá el sombrero para recibir propinas de los fantasmas. El hecho de que persista con su uniforme caqui en los cruces viales y las banquetas es testimonio de la resiliencia auditiva de los habitantes.
El ruido es también contaminación. Reduce los años de vida. Según los especialistas, la exposición sostenida a más de 85 decibeles puede causar pérdida auditiva permanente.
Lo que más afecta son los ruidos intermitentes. Uno vive en un apartamento silencioso: escucha los grillos, el ronquido de la esposa y, de pronto, un tren. O un avión.
Cuando decidimos alquilar un departamento en la Colonia del Valle en la Ciudad de México no reparamos en que, durante la visita, estábamos gritando. Para cuando nos mudamos nos dimos cuenta de que cada cinco minutos una turbina retumbaba sobre nosotros. Uno se acostumbra, dicen. Sí, se acostumbra al desquiciamiento.
El ruido es vida. El ruido es contaminación. La gente hace ruido. Un millón de visitas al día es mucha contaminación.
Por eso, nuestros dos años de vida en el centro fueron nuestro litmus test, en el que intentamos por todos los mecanismos —tecnológicos, arquitectónicos, legales, sociales, políticos, comunales— mantener afuera el ruido del corazón de Tenochtitlán.
Sin éxito.
Entonces comencé a soñar con Viena. Mi primera visita fue hace veinte años. He ido una vez al año desde hace diez. En el ínterin me he hecho más viejo. Y me he dado cuenta de lo mucho que agradezco las visitas a la casa de mis suegros, en aquella ciudad, donde se escucha caer un alfiler.
Ahora vivimos en un pueblo a las afueras de Barcelona. Vemos algunos aviones pasar a lo lejos. Se escuchan los pájaros, algunos coches, unos niños jugando. Hay muchas fiestas, ferias, carnavales y procesiones en las que se prenden cohetes y toca música. El escándalo termina relativamente temprano.
Puedo vivir con eso.
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