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Cuadernos de Barcelona · May 17, 2026

Sobre los pulgares sociales

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Alguna vez fui un evangelista: creía en el poder emancipatorio de la tecnología y en su capacidad para derrumbar regímenes autoritarios; inclusive di consultorías de community management cuando el término ni existía.

Alguna vez fui un evangelista: creía en el poder emancipatorio de la tecnología y en su capacidad para derrumbar regímenes autoritarios; inclusive di consultorías de community management cuando el término ni existía. Ahora no solo he perdido la inocencia, sino que me abstengo. Me mido el tiempo. Me bloqueo el acceso.

Ojo, este ensayo no es una apología del ascetismo digital. No busco convencer. Ya dejé de evangelizar. Me gustaría, en vez, hablar del tamagochi: aquella mascota digital que, en su momento, interrumpía las clases con sus alertas y clamaba por nuestros pulgares para que lo alimentáramos, lo cobijáramos o le diéramos agua. El tamagochi era portátil. Uno podía tenerlo en la bolsa del pantalón. De vez en cuando hacía ping y pong. Vibraba. Permanecía siempre activo, en el trasfondo. Era una fuente inacabable de distracción.

Una autora confesó su deseo de convertirse en uno en una entrevista que le escuché. Dijo que “se le podía encontrar” en tal y tal red. Qué extraña frase ¿para qué quisiera “ser encontrada”? ¿Ya leímos o escuchamos lo que tuvo que decir, no? ¿Es necesario seguirle el rastro? Suponer que tiene algo que añadir es una falta de respeto, mejor leamos sus textos, y solo forma parte de una suerte de extractivismo lingüístico: ¡danos más! ¡queremos más!

Pues que no se preocupe el público insaciable. Ahí está, la autora, en la bolsa del pantalón. Se le puede encontrar y acariciar cuando quiera. A cualquier hora del día. 24/7.

Su ambición es, en otras palabras, ser un Seven Eleven.

Es que, en serio, ¿en qué otro momento se le ha pedido a un individuo tal grado de exhibicionismo como condición para socializar? ¿En el mercado feudal? ¿En la plaza pública colonial? ¿Quién seguía a quién en las alamedas? ¿En las procesiones (bueno, ahí sí)? Tan solo la imagen de peatones “compartiendo” —con megáfonos, o conos de papel enrollado— lo primero que se les venga a la cabeza es risible. Aún más si suponemos que compiten por unas estampitas de popularidad. Ya no estamos en el kínder, chavos, no hay pegatinas1, superémoslo.

Pero yo no estoy exento de esto, pienso, ahora, en cómo atraparlo a usted y convencerlo de que se suscriba a mi boletín:

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Desde siempre publicar me ha generado euforia. Es una droga.

Pero siempre le sigue la resaca.

En Twitter, por ejemplo, apostaba con que una frase soez me ganaría el apremio de miles de nodos anónimos. No solo nunca servía, sino que tras el fracaso me sumía en intentos de descifrar qué había pasado mal: ¿la hora de publicación? ¿el tono? Entonces me resignaba a leer tweets ajenos. Pero esto también me vició, pues me forzaba a pensar axiomáticamente. Yo no sé lo que pienso del conflicto árabe israelí, de la crisis migratoria, de las marchas de todo tipo, de la Unión Europea, y mucho menos puedo resumirlo en unas cuantas palabras.

Carezco de contundencia. ¿Para qué pedírsela a los demás?

A pesar de que el formato es más largo, Substack no es mejor. Yo puedo ver lo que usted, querido lector, ha hecho con este correo: si lo ha abierto o no, si lo ha leído, o no. Me obsesiono, tras la publicación, con esos números, algo que me quita la libertad creativa y acaba dominando mi día.

No le echo la culpa. Quiero crecer mis followers. Por eso me he metido a Facebook e Instagram, tras años de abstinencia. Entro, publico el link y salgo. Chip chop.

Aun así, me he topado en ese corto tiempo con los fantasmas fotovoltaicos de amigos, conocidos o extraños con los que alguna vez crucé caminos. En algún momento creí en el valor de mantener estos “vínculos débiles”: en virtud de su lejanía, podían servir como accesos a recursos u oportunidades. Pero esta concepción rompe la máxima de que cada persona es un fin, no un usuario a quien minar.

No me he salido de Facebook, solo dejé de usarlo. Cada año, me llega un diluvio de felicitaciones de cumpleaños. Recuerdo cuando la red empezó: se requería un poco de esfuerzo para felicitar a los amigos: había que escribir algo. Entonces la definición de “amigos” se amplió y Facebook facilitó la congratulación. Lo cual diluyó el mensaje. Y aplanó la relación. Lo que se necesita es el consuelo de lo propio, no el vértigo del network.

Y, sin embargo, aquí estoy.

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  1. Castellano para estampitas. Lo aprendí aquí.

Read on alangrabinsky.substack.com

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