La identidad judía se ha sostenido a lo largo de milenios, no a pesar de, sino gracias a, su dispersión. La mediación judía no es solo abstracta o relacional. Es también lingüística. Y es en la lengua donde esta posición del judío como el tercero —un término entre nativo y extranjero— se vuelve más visible, más radical, más irreducible.
Durante los últimos doscientos años los judíos han hablado decenas de lenguas. Yo he contado catorce propias, cada una de las cuales ha funcionado como vehículo de identidad, incluyendo algunas en peligro de extinción y otras que ya se han extinguido.
Las más fuertes entre las vivas son el yiddish, que venía de Europa Oriental y que es una mezcla de alemán medieval con hebreo y eslavo; y el judeoespañol, o ladino, que se habló a lo largo y ancho del Imperio Otomano y que es un híbrido de español antiguo con hebreo y lenguas de la diáspora sefardí.
Pero también existe el judeoárabe, hablado por las comunidades de Irak, Egipto, Yemen, Siria, Túnez y Marruecos, y que consiste en la mezcla entre el dialecto árabe del lugar y el léxico hebreo; el judeopersa (Irán); el judeo-tártaro; y, claro, el hebreo moderno, una lengua que surgió del ritual religioso, se secularizó y ahora se considera una lengua nacional.
Cada una de estas lenguas, excepto el hebreo, funciona de la misma manera: toman la lengua local —alemán, español, árabe— y la vuelven propia con elementos hebreos. El resultado es una lengua que nunca es plenamente local. Cuando un judío yiddish hablaba, los alemanes entendían que se encontraban ante algo familiar, pero el acceso a la lectura les estaba vedado, pues se escribía en caracteres hebreos. De igual forma con el ladino: los sefardíes, gracias a la expulsión de la península ibérica en 1492, conservaron vivo un español medieval que se fue transformando de manera paralela al castellano peninsular bajo influencias del mundo otomano, y es ahora un punto de comparación para trazar historias lingüísticas.
Encontré otras en peligro de extinción: el judeogriego (de Volos e Ioánina), el judeo-georgiano o Kivruli, el judeo-kurdo, las lenguas arameas judeocristianas. Todas operan de manera similar. El hebreo no unifica estas lenguas; las marca como extrañas, ambiguas. El adjetivo “judeo” se añade al nombre de la lengua local para dar vida a un lenguaje que no encaja en la idea de lengua nacional.
Catorce lenguas.
Un “pueblo”.
Y esas solo son las judías.
Las lenguas no judías habladas por judíos en los últimos doscientos años: en Europa, alemán, polaco, ruso, húngaro, rumano, francés, inglés, italiano, holandés, checo, ucraniano, bielorruso, lituano, castellano, catalán; en el Mediterráneo y Medio Oriente, árabe marroquí, tunecino, argelino, libio, egipcio, sirio, iraquí, yemení, turco, kurdo, persa, armenio, griego moderno; en África y Asia, amhárico, tigrinya, beréber, gujarati, maratí, malayalam, hindi-urdu, bengalí, birmana, mizo, chino; en América, inglés, español, portugués.
Sesenta o más. Un solo “pueblo”.
Inclusive en nuestros tiempos posnacionales, o trasnacionales, en los que una nacionalidad no se encuentra vinculada necesariamente con una lengua —aunque, como en el caso de Cataluña, la lengua lo es todo— esta variedad lingüística rompe no solo con la idea del colectivo, sino con la idea que tenemos de comunidades diaspóricas o minoritarias, como los latinos, en Estados Unidos, o los marroquíes en España, todos vinculados, hasta cierto punto, por un lenguaje común.
Ni siquiera el hebreo moderno es la lengua de los judíos del mundo, pues la gran mayoría no lo habla, o lo habla como lengua segunda. Bien podría haber sido el yiddish o el ladino —hablados por muchas más personas en su tiempo— los que hubieran triunfado en la carrera por determinar cuál sería la lengua “nacional” durante el establecimiento del Estado de Israel. La elección del hebreo fue política, no demográfica.
Pero la tercería persiste incluso después de la creación del Estado-nación.
Las lenguas judías son porosas, son cruces, son fronteras entre lo religioso y lo secular, lo nacional y lo trasnacional, lo local y lo diaspórico; lenguas donde la comunidad expresa su pertenencia múltiple. Son lenguas formadas a partir de la necesidad de traducción, un mestizaje constante que se fractaliza por el movimiento constante.
Las lenguas judías y no judías habladas por los judíos son un tercer término en la lógica no solo del estado moderno sino inclusive de bloques multinacionales como la Unión Europea, constreñidos a territorios con límites exactos y fronteras determinadas, por más multilingualistas que sean.
Este tipo de identidades políticas, relativamente novedosas, aun no pueden domesticar al judío, que en su hipermodernidad ha encarnado la mediación y la política identitaria multifocal desde hace cientos, si no miles, de años. Pero no son los únicos, otros pueblos como los romani, los parsis en la India, y otras diásporas similares también han tenido ese carácter de mediadores. De hecho aquella capacidad de establecer puentes es en ciertos círculos una virtud, algo a lo cual aspirar.
Pero, ante ojos extraños, genera ambigüedad. Y es debido a esta ambigüedad que, como he mencionado en posts anteriores, el judío se vuelve una amenaza, sobre todo para los que intentan hacerle frente a la vorágine cotidiana formando bandos ideológicos o nacionales. Pues, mientras más se solidifican estas colectividades, más vulnerables se vuelven.
Hasta que llega el momento en que, con una aguja, se pueden pinchar.
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