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Cuadernos de Barcelona · May 10, 2026

Sobre la resistencia a la asimilación.

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Alan Grabinsky · Cuadernos de Barcelona

Desde que existe la llamada cuestión judía todo tipo de pensadores se han preguntado cómo crear las condiciones para que aquel elemento “foráneo” se disuelva en el colectivo. El judío, en otras palabras, es algo que debe ser superado, ya sea por razones religiosas, ideológicas o nacionales.

Esta promesa de disolución ha tomado al menos tres formas históricas distintas recientes.

El cristianismo: “Si aceptas a Cristo, desaparece tu particularidad. Serás parte de la comunidad universal cristiana.” El judío que se convertía era absorbido, homogeneizado.

El marxismo, que vinculaba el judaísmo al espíritu capitalista, decía algo así, “Si renuncias al particularismo nacional y religioso y abrazas la clase, serás universalmente proletario.” El judío que se unía al movimiento podía desaparecer como judío, librarse de la enajenación causada por la supuesta abstracción de su supuesto dios, el dinero, y volverse simplemente un camarada. Pero, nuevamente, la resistencia persistió. Los judíos seguían siendo judíos incluso cuando eran marxistas. Sobre todo ante los ojos externos.

El nacionalismo liberal europeo dijo: “Si eres leal al Estado-nación como tu única identidad, desaparece tu diáspora. Serás francés, alemán, inglés.” La emancipación europea de los judíos tenía como trasfondo la creencia de que sería un paso intermedio hacia su fundición con la identidad nacional.

En cada caso, el judío podría haber desaparecido. La lógica binaria lo permitía: o eres cristiano o hereje; o eres proletario o eres burgués; o eres nacional o eres cosmopolita.

Sin embargo, el judío se ha obstinado en mantener su diferencia. Lo cual está irónicamente vinculado al hecho de que se le ha señalado como judío.

Mantiene su diferencia, pero sin hacer proselitismo.

Lo cual no es menor. Estamos tan condicionados a la evangelización que dudamos de los que no difunden masivamente sus creencias todo el tiempo. De lo que se trata, pensamos inclusive después de la pos-modernidad, es que la verdad, si es tal, sea aceptada por el mayor número de personas. El que haya una minoría que no busque expandir sus números por medio de la conversión o imposición de su verdad la vuelve en una astilla, un comezón. ¿Por qué no me quieren convencer? Ahí el germen de cierta sospecha.

Pero hay otro lado del mismo asunto, una dimensión digamos comunal. Llevo décadas de activismo en el mundo judío y si hay algo que siempre surge, ya sea en círculos seculares o religiosos, es el tema de la asimilación. Persiste esa obsesión por la pérdida de la identidad judía, inclusive tras el establecimiento de Israel. Una percepción de enormes presiones externas que buscan diluir el núcleo del judaísmo.

Esto se explica en parte por el hecho de que los judíos no constituyen más que el 0.2% de la población global. Las presiones son reales. Pero también se podría decir que una de las razones por la cual esta identidad hiperminoritaria ha subsistido es porque la resistencia a la asimilación es constitutiva.

Cuáles son y en qué consiste exactamente las presiones externas frente a las cuales hay que luchar para no perder aquel núcleo judío, whatever that means, son objeto de interminables discusiones en mesas de shabbat, pero lo que importa no es tanto el contenido de esas discusiones, que dependen mucho del contexto, la observancia religiosa, las posturas políticas… sino la prevalencia de la forma de esa conversación, a lo largo del milenios y continentes.

Para los evangelistas —universalistas, nacionalistas, occidentalistas, poscolonialistas, o marxistas— esa obstinación, por parte de un grupo tan pequeño, de diferenciarse, esa negativa de someterse a los términos de la mayoría, sea los que sean, pone en crisis la elegancia de su modelo del mundo.

Y es más fácil eliminar el elemento incómodo que cuestionar toda una cosmovisión.

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Read the original on alangrabinsky.substack.com

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