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Cuadernos de Barcelona · May 3, 2026

Sobre las manos

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Alan Grabinsky · Cuadernos de Barcelona

Nuestra casa era mágica. Todo regresaba milagrosamente a su lugar. La ropa tirada se recogía y doblaba en los cajones. Los cepillos de dientes se quitaban la pasta. La tierra arrastrada desaparecía del pasillo. La cama se tendía. La popó se limpiaba de la taza y los meados, del piso.

No recuerdo a todas, solo un ambiguo calor: la recámara claustrofóbica, ubicada hasta el fondo de la casa, la ventana perpetuamente empañada por el cuarto de lavado, la televisión encendida. Estas personas trapeaban, aspiraban, lavaban, enjabonaban, desempolvaban, cocinaban, limpiaban, barrían, secaban, planchaban, manejaban… mientras yo veía la televisión.

En mi casa no existía un ápice de inteligencia doméstica. Ambos padres, sumidos en libros y música clásica, nunca hicieron la limpieza del hogar, el tendido de la cama, o la elaboración de la comida. Las raras veces en las que nos quedábamos en un lugar donde no había servicio, con el transcurso de los días la visión de las sábanas y cobijas enroscadas sobre sí mismas, el piso cubierto de arena, el lavabo con capas de pasta de dientes, el excusado con puntitos cafés y el piso del baño encharcado me dejaban perplejo, como ante un acertijo cósmico. No me reconocía como agente de ése caos.

Aclaro. No es que las manos de mi madre y mi padre no hicieran nada. Escribían. Sostenían libros. Tocaban piano. De hecho, al leer un ensayo llamado La mano que piensa recordé la de mi abuelo que, tan pronto llegaban a un lugar, se ponía a dibujar intervenciones arquitectónicas sobre servilletas; manos que le heredó a mi madre, que, como yo, siempre tiene que estar apuntando; pero sobre todo a mi tío Moisés, que llena cuadernos acordeón con sus dibujos y luego los exhibe en las paredes de su sala. Hace poco desdobló frente a mí una servilleta que guardaba entre su iPhone y su carcasa. Un finísimo sketch de su cara, pero o era un dibujo suyo, sino de su hija, Raquel, la nueva heredera.

Manos que dibujan. Manos que piensan. Pero no manos que arreglan.

Durante mucho tiempo pensé que era cosa de judíos de la diáspora la incapacidad de afrontar problemas prácticos. ¿Cuántos chistes no tiene Seinfeld o Larry David sobre las averías de los coches o de la casa, y su incapacidad de comunicar siquiera el problema? Pero luego conocí a mi suegro, un judío que resuelve; un señor de Home Improvement, con todo y sus herramientas. En Viena, donde vive, la mano de obra es cara: uno pone las suyas a la obra. Para limpiar, cocinar y cuidar las plantas, como lo hace mi suegra.

Para armar...

Es un escándalo. Yvonne, mi esposa, disfruta hacer muebles de Ikea. Le gusta empacar regalos, arreglar cosas, poner cuadros en las paredes. Casi todas las maquetas y modelos que armé durante mi primaria y secundaria fueron con las manos extras de mis trabajadoras del hogar. Pero Yvonne es una maestra en el desconocido (para nosotros) continente de la artesanía.

Fue quien me encaminó hacia la emancipación manual. Durante mi relación con ella me entrené a tender la cama, cocinar, limpiar, empacar, limpiar los platos.

Luego vino la paternidad y, por primera vez en mi vida, me faltaron manos propias. Usaba las dos con las que me diseñaron para abrazar, alimentar, limpiar caca y pipí, acariciar, sobar, cargar, recoger y todo lo demás. Ni siquiera leer podía: dios bendiga a los audiolibros. Tirado boca arriba sobre la sala de mi casa con mis mellizos saltando encima de mí, me imaginé que era un dios indio —Vishnu o Shiva— con una mano para cada tarea. Yvonne me compró hace poco un libro que se llama Un pulpo. El personaje es un padre. De dos.

Y, de pronto, la semana pasada, la ocupación de mis manos desapareció. Por primera vez, tras dos años y medio, me ausenté de mi familia.

Y me quedé con mis padres. En su reino de manos contratadas. Nada que recoger, nada que cocinar, nada que lavar, nada que cuidar, nada de nada. Con la sola voz, hacía. A veces ni siquiera eso. No sabía dónde ponerlas.

Y por eso escribí esto, para hacer algo con ellas.

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Read the original on alangrabinsky.substack.com

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