Hace algunos días, mi hijo Liel se aventó un clavado desde un banco hacia el pavimento. Yo conversaba con amigos y cuando me volteé yacía bocabajo, como un delfín encallado. Por suerte su golpe fue acolchonado por la chamarra de invierno, pero se pegó la boca: cuando lo recogí sangraba y lloraba desconsolado.
Yvonne le habló a nuestra pediatra, que sugirió que fuéramos a una clínica dental de la universidad. Tomamos un Uber. Liel se durmió en el camino.
Afuera del ambulatorio me comí un sándwich de jamón y queso con mi hija Talya mientras esperaba el dictamen. Al cabo de unos minutos Liel salió como si nada. No había mucho que hacer, me informó Yvonne: solo darle de comer cosas blandas y esperar —hasta un año— a ver si los dos dientes flojos se ponían negros o regresaban a su lugar.
No habían transcurrido ni tres minutos desde la visita al dentista cuando los niños ya bajaban las escaleras, corrían por la banqueta y se subían al autobús descontroladamente. Ni siquiera dormidos nos dieron tregua: en el autobús, la carriola con Talya se volcó en una curva. Un escándalo. Todos los que pudieron me ayudaron a recogerla. Estaba seguro de que se había roto algo, pero no podía ver su cara, cubierta por el techo retráctil. Comprobé, atónito, que seguía dormida. La estructura de aluminio la había protegido.
Dos días después Liel pisó el patín del diablo y estampó el manubrio contra sus dientes flojos. Y dos horas después se resbaló con una silla y se pegó en la cabeza con la mesa.
Antes veía a padres de niños mayores preocuparse cuando sus hijos corrían sobre un ancho malecón sin que yo percibiera ningún riesgo, y pensaba que exageraban. Pero en esta etapa, en la que confunden el pavimento con una piscina, hasta lo más obvio —como la impenetrabilidad de lo sólido— es una fuente de preocupación.
A cada etapa de la vida le corresponde cierta ceguera, supongo. ¿Qué riesgos les resultan obvios a nuestros padres que nosotros ni intuimos? Uno necesita estamparse para reconocer los límites de lo propio.
Quizá esta sea la razón del optimismo irracional de los padres: no es más que bloquear el ruido de los problemas mayores, existenciales, como la guerra, el armamento nuclear y el cambio climático. Antes de ser padre me había adentrado por completo en cavilaciones sobre el futuro apocalíptico. Ahora simplemente no tengo la capacidad cognitiva ni emocional para procesar esas implicaciones. Los problemas no se han ido, pero uno se prepara como puede.
Hoy considero un éxito que un día transcurra sin accidentes. Y, al final del día, toda mi atención se encuentra enfocada en eso: en proteger una parte muy pequeña de este vasto universo.
En particular, dos dientes sueltos.
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