Ayer, de camino a dejar a mis hijos con la bici a la guardería, me percaté de un curioso fenómeno. Al parecer una especie de pulsión colectiva había causado que un número no menor de los niños que caminaban acompañados por sus padres rumbo a la escuela, las señoras que corrían apuradas camino al trabajo y los señores que regresaban de los suyos, portaran la misma camiseta.
Pensé inmediatamente en aquellas ocho horas de layover que pasé en Madrid —rumbo a Tel Aviv— que coincidieron con la semifinal en la que España le ganó a Portugal (creo) y, también, con la marcha del orgullo gay. Alineación de astros que tuvo como resultado que el perímetro del parque central de Madrid, el Retiro, se llenara de hombres musculosos en speedos, crossdressers vestidos de serpentina rosa y, al mismo tiempo, los muy machos aficionados de la selección nacional. Al subirme nuevamente al avión hacia Tel Aviv sentí como si me hubiera bañado en un turbulento encuentro de aguas, un extraño bacanal de tribus solapadas que tenían más en común de lo que pensaban.
España, me enteré en el aeropuerto, ganó.
Los aullidos retumbaron por los pasillos de la terminal.
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El tema del Mundial es tan ineludible que el hecho de que no me interese, o más bien, que no me apasione, me convierte en miembro de una minoría aún más diminuta que la judía. El deporte debe de contar con más adeptos que el cristianismo. Trasciende fronteras; suena a cliché, pero me quedó muy claro al llegar a Israel, cuando comprobé que los cafés y bares hipsters estaban tapizados de pantallas verdes.
Confieso que me siento extrañado por los rituales de la orden futbolera. Y creo que la razón es que con el tiempo he perdido la disciplina televisiva. En México vivía a unas cuadras del Ángel de la Independencia, un punto geológico de atracción de masas. Sucedía, entonces, que me encontraba solo por la noche un domingo, leyendo un libro, cuando de pronto escuchaba unos gritos estremecedores surgir de la calle. Preocupado, corría hacia el balcón y veía a una turba con banderas, a la cual le seguía otra y otra. Todas yendo en la misma dirección, como gotas de mercurio hacia el cuerpo madre.
Confieso, también, que siento cierto orgullo idiota de mi desinterés. Y en esto sí que no estoy solo. Estudié en una de las únicas facultades, la de Filosofía y Letras, que, a pesar de encontrarse a un lado del famoso estadio olímpico de la UNAM, no parecía muy interesada en sus desarrollos. Eso del fútbol estaba por debajo de la mayoría de los intelectuales: uno nunca quitaba su atención del mundo platónico de las formas, aun cuando el piso temblaba, literalmente, por las pisadas de la afición. ¿Fútbol? No, gracias: mejor estudiarlo como fenómeno, perderse en cavilaciones sobre el espíritu dionisiaco.
Y, sin embargo, aquellos eruditos no dudaban en integrarse a otras masas cuyas causas creían más justificadas. Es decir, “más serias”: los derechos de las mujeres, de los indígenas, o de algún otro grupo minoritario. Con toda la pena debo decirle a mis comprometidos colegas que, tras más de dos años de vivir en el Centro Histórico de la Ciudad de México, he comprobado —y esto ya lo descubrió Canetti— que no hay una gran diferencia entre una protesta y una celebración.
Soy, como digo, una minoría. A veces, con respecto al fútbol, me siento como un antropólogo que ha pasado suficiente tiempo con su objeto de estudio como para haberle perdido interés. Ahora solo me entero del desarrollo de un partido por los gruñidos, bufidos, gritos y pisotones de mi vecino, a través del techo. Pensé que escucharía otros el día en que todos portaban la camisa.
Pero solo hubo un silencio espectral.
España empató.
No importa. Con el Mundial el independentismo catalán se doblega ante la selección y todos se ponen la camiseta nacional, que, curiosamente, tiene la misma paleta de colores que la del Barça.
Y de pronto brotan banderas de las ventanas y los balcones, y uno se entera de que el símbolo de cierto pedazo de tierra es también una capa, y que inclusive los más progres de los progres —aquellos que expulsan a visitantes de museos por exhibir símbolos nacionales— se rasgan las vestimentas al ver a sus ídolos nacionales en el campo.
Brotan, como dije, las banderas. Y con ellas, los inmigrantes.
Gracias a las proyecciones del Mundial ruso en las playas artificiales junto al canal del Danubio, en Viena, pude comprobar la presencia de un gran número de asistentes de países africanos o árabes que venían con su familia extendida a festejar en una ciudad que, en mi imaginación judía, seguía siendo cien por ciento aria. Con solo contar la cantidad de uniformes de esta u otra nacionalidad en un partido, los demógrafos podrían hacerse proyecciones sobre la presencia de inmigrantes sin necesidad de gastar tantos recursos públicos.
Aquel Mundial coincidió con las celebraciones de mi boda.
No soy ingenuo. Sabía cuáles eran las prioridades de los asistentes. En los encuentros en mi casa y después de la ceremonia siempre teníamos a disposición la pantalla grande de la sala para quien quisiera mantenerse presente, en cuerpo, si no en mente.
Y toda esta distancia con respecto al deporte y su afición sobraría, o más bien sería intransigente, para mí, si no fuera porque me mudé a un pueblo cuyo renombre viene del cobijo que le han otorgado ciertas deidades de la cancha. La gente no conoce Castelldefels por la construcción del siglo XV que le da nombre, que se yergue encima del pueblo y servía para proteger a los habitantes de los piratas del Mediterráneo, sino porque aquí es donde viven muchos de los jugadores del Barça.
Messi, para ser exacto.
Que ya no vive aquí, pero que es dueño de una casa y acaba de comprar los terrenos para construir dos casas más. Noticia de orgullo local, comentada por todos, todo el tiempo. Dicen que se le vio paseándose por el malecón con su guardaespaldas. Y es cierto, he visto las fotos: parece estar comprándole, a los vendedores senegaleses del paseo marítimo, camisetas piratas del Barça. Es tan importante el padrinazgo local del Barça que algunos restaurantes y no pocas peluquerías tienen paredes enteras donde se exhiben las playeras del club firmadas por su jugador, o presumiendo el corte de pelo que le dieron.
Y no creo que sería muy descabellado pensar que una fracción no menor de la población argentina que habita este pueblo se haya mudado aquí solo para respirar el aire enrarecido por la estela de su dios. Pues aquí abundan los cafés y restaurantes argentinos con murales, y miembros del cuerpo con tatuajes en honor al número diez blanquiazul, como si tuviera peso cabalístico. Veo uno en particular, un enorme trofeo grabado en el tobillo de un padre que recoge a su hijo en la escuela opuesta a mi edificio.
Sobre aquella boda: mi hermano aprovechó la “cercanía” con Rusia para darse un baño de multitudes futbolísticas. Desde entonces se le creó el vicio. Asistió al Mundial de Qatar. Y más recientemente sacudió sus caderas al ritmo de las muy honestas de Shakira en el juego inaugural de esta edición, en el mismísimo Estadio Azteca. Como mi cumpleaños va a caer pronto, me envió, baruj atá Amazon, una playera con el logo de “México 86”, el Mundial que se realizó un año después de uno de los terremotos más devastadores de la Ciudad de México, y, más importante, de la fecha de mi nacimiento.
Me queda un poco apretada. Pero me gusta. Me recuerda a una que tenía de México 68. Me la voy a poner.
Pero espero que nadie me haga plática. Me pondrían en una situación incómoda. Podrían pensar que sé mucho de fútbol.
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