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Cuadernos de Barcelona · Jul 5, 2026

Sobre una nariz indómita.

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Alan Grabinsky · Cuadernos de Barcelona

¡Ah, el verano! La playa. El mar. El sol. La arena entre los pies…

Y el tranquilizador runruneo de una enorme máquina traga-aire.

A los diminutos balcones de por aquí les brotan unas moles que permanecen apagadas y estorbando durante la mayoría del año, hasta que a alguien se le ocurre cederle a la tecnología una función biológica.

—¡Al diablo el afuera! — se escucha entonces a diestra y siniestra. Y en un santiamén se cierran las puertas y las ventanas y el adentro se convierte en un refrigerador. Pero en cierto momento uno tiene que salir y afrontar el sol, y cuando vuelve a entrar siente como que carga una pesada camisa helada.

Dan ganas de quitársela. No siempre es bien visto.

Y es que la vida urbana es una afrenta a los sentidos, ya lo dijo Simmel. Pero me parece que el sociólogo se refería a los chirridos del tranvía, las señales de neón o el hedor de la basura, no al choque perpetuo con diferentes microclimas, a pesar de que el alemán escribía muy calientito en su casa mientras afuera estaba bajo cero.

Que no se me malinterprete: si me dan a escoger entre el invierno y el verano, prefiero el calor, me conecta con el origen tropical de nuestra especie: hay que quitarse menos.

Pero el problema es que vengo de la dichosamente room-temperatured Ciudad de México, donde nadie se quiebra la cabeza a la hora de construir. Mi suegro, arquitecto vienés, siempre se impresiona de la falta de aislamiento térmico en las casas de México y en Israel, donde vive otra hija.

Los habitantes del último país no tienen excusa. Todos en la región sufren el calor. Quizás en vez de un domo antimisiles puedan construir uno acondicionado, tipo El show de Truman, en el que todos, TODOS, convivan bajo un mismo clima, templados en cuerpo… y, por lo tanto, en alma.

De todas las partes de mi que sufren un sartenazo frío/caliente al entrar o salir de algún lugar, es la nariz la que más batalla me da.

Fluye.

A tal grado, que ayer en el súper una cajera se apiadó de mi catarata y me regaló varios metros de un enorme rollo de papel de cocina que tenía escondido bajo la caja. Atravesé el Sahara del estacionamiento con los bolsillos llenos de papel y me subí a mi bici como a un camello, solo para desplomarme sobre la cama al entrar al igloo de mi casa.

En el consumo de Kleenex les gano a mis hijos. ¿Quién, me pregunto, es el verdadero mocoso?

De niño me corría tanto la nariz que en los días de invierno decoraba mis gorros con dos pañuelos como si fueran alas. Desde que tengo memoria saludo al sol con un estornudo, forma instintiva de marcar territorio. Dicho estornudo mañanero viene acompañado por una sinfonía de ruidos guturales de cuya existencia no me había percatado, hasta que, en un cuarto del hotel Sofitel de Times Square —donde nos habíamos atrincherado toda la familia para ver caer la estúpida bola de año nuevo, en la víspera del nuevo milenio— un primo con el que reñía me preguntó que desde cuándo hacía esos sonidos de apareamiento.

Los demás animales que viven conmigo ya se han acostumbrado a mi orquesta de tics matutinos. Los dirige una comezón en la garganta que me obliga a insertar el dedo en la oreja derecha para intentar rascarme desde adentro, con tal fuerza, que durante el resto del día persiste el dolor en el orificio vulnerado.

Yo pensaba que era solo el smog de la CDMX, pero el tic empeora en la naturaleza. Fue solamente hasta mis treinta, tras una brutal rebelión sinusítica, que se me ocurrió que quizá tengo una alergia. Una doctora llamada Palmira me arañó el brazo con agujas en búsqueda del alérgeno.

Era el cedro.

Maldito cedro. Árbol de origen libanés. Y creo que fue un libanés quien pobló de árboles la Ciudad de México, porque hay más cedros que en Beirut. ¿La solución? Durante cuatro o cinco meses, tomar unas gotas de aceite sublingual con una concentración del alérgeno.

Funcionó.

Hasta que no.

Pues resulta que, como los demás miembros del cuerpo, la nariz puede sumergirse. Y aunque haya moqueado ya el equivalente de una piscina olímpica, no voy a parar de nadar porque un químico —el cloro— irrite mis “sensibles” mucosas. Me protejo del elemento con un clip que cumple la función que tan natural le viene a los anfibios: cerrar la nariz para que el agua no entre.

Pero aun así. A pesar de eso. Corre. Fluye. Es un río. Un manantial.

¡Argh, mi reino por otra nariz! ¡Aunque sea de los Protocolos! Así me expresé, creo, con el psicoanalista, pero el trauma infantil, posible origen de tanto moqueo, no mordió el anzuelo; y suficientes problemas tengo ya con el aire limpio como para hurgar en el polvoso pasado.

Pero quizás…

Quizás mi nariz sea un receptáculo, un medio a través del cual se están comunicando seres de otras dimensiones. En ese caso la cuestión sería cómo descifrar el mensaje. Como entender su comportamiento. Podría, por ejemplo, registrar cada estornudo como un punto, cada moqueo como una línea, y desplegar de esa manera al final de un día, el código frente a mí como si fuera clave Morse. ¿Qué descubría? ¡Podría ganar fama inmortal!

¿Pero a costa de qué?

¿De mi bienestar?

Le tengo demasiado respeto a mi enemiga crónica. Mi nariz ha resistido el arsenal de sprays, pastillas antihistamínicas y aspirinas que le he aventado a lo largo de los años, y siempre vuelve con más fuerza.

Pero hay que celebrar las pequeñas victorias. A mis cuarenta y un años he encontrado una solución al reflejo térmico: un spray que me recomendó la inteligencia artificial y que, sorpresivamente, parece prometedor. Son las tres de la tarde. He nadado. Atravesado todo tipo de fronteras climáticas. Sudado. Y hasta ahora. Ni una gota.

No me hago ilusiones. No soy ingenuo.

Sé que solo he ganado una batalla. No la guerra.

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Read the original on alangrabinsky.substack.com

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