Ahora que buscamos desesperadamente acceso a piscinas públicas y ajenas para que los niños escapen por algunos momentos del calor, recuerdo los incontables veranos que pasé en una en específico.
En los noventa, mis padres habían aprovechado la recién inaugurada Autopista del Sol para comprar un departamento en la Bahía de Puerto Márquez. El conjunto era de los únicos edificios en aquella pequeña bahía, con excepción del Camino Real, al otro lado. Originalmente concebido como un hotel de lujo en los sesenta, por alguna razón el proyecto no se concretó y dio el giro hacia lo residencial. El enorme terreno, con varias hectáreas de selva, tenía una cancha de tenis de concreto cuarteada por la falta de uso, y una gran alberca que funcionaba como espacio comunitario y cueva de piratas.
Hice muchas estupideces en aquella alberca, pero quizás lo más inaudito fueron las horas que pasé parado al borde sosteniendo una caña de pescar con un pedazo de jamón amarrado al anzuelo, intentando que uno de los gatos que vivían en el conjunto se lanzara hacia el agua.
Nunca funcionó.
Aquella alberca era épica. Mi hermano y yo nos embarrábamos nos zambullíamos hasta que se nos arrugaran los dedos; pero a pesar de nuestra vocación acuática inclusive nosotros nos aburríamos. Entonces les pedíamos a nuestros padres que nos llevaran al Mayan Palace, un enorme complejo con espejos hídricos que formaban parte de una galaxia de varios niveles que le daba la vuelta a todo el recinto. Con la excusa de ir a comer al restaurante pasábamos todo el día ahí, inmersos en su interminable y serpenteante pileta, en ese glorioso cosmos clorificado.
En fin, que todo era deleite en las albercas, hasta quinto grado de primaria, cuando desarrollé unos innegables senos de gordito y visitarlas se convirtió en un calvario. Nunca me quitaba la camisa: estaba tan obsesionado con mejorar mi figura que seguía con religiosidad el sistema de puntos de la dieta Weight Watchers a la cual se habían suscrito mis padres. Por las noches llegué a enrollar mi estómago en una faja de plástico azul que compré por tele-marketing, práctica que fue remplazada algunos meses después por un sistema de electrodos que, según el anunciante, permitía bajar de peso, sin sudar.
Tampoco sirvió.
Pero mi cuerpo cambió, me estiré de golpe y la grasa se perdió en mi recién adquirida verticalidad.
También la alberca se transformó. Antes, desde las alturas, me parecía que tenía forma de Mickey Mouse.
De pronto me pareció más bien que era un conejito de Playboy.
Atravesar aquel nuevo mundo era un doloroso deleite que en ocasiones se convertía en pesadilla al sentir cómo bajo mi traje crecía una protuberancia que me forzaba a encontrar un camastro lo antes posible, acostarme y doblar mis piernas, para disimularla; o correr al baño más cercano, para desquitarla.
En The Sandlot, una película sobre unos púberes beisbolistas, había una escena en que el personaje más nerd de todos se avienta a la parte honda de una piscina sin saber nadar. Angustiada, la salvavidas en turno —una güera despampanante idolatrada por toda la pandilla— se lanza, lo saca, y le da respiración de boca a boca, solo para encontrarse con la sonrisa extasiada del ahogado, que recibe aquel beso de la vida.
Gran estrategia, pensé.
Pero en Puerto Márquez no aplicaba: el vigilante era un señor barrigón y feo cuyas habilidades de rescatista uno no quería poner a prueba.
Aun así lo despampanante sobraba y tenía que contemplarlo de alguna forma. Entonces descubrí un método que, al parecer, todos utilizaban.
Los lentes de sol.
Se sobreentiende que, para entonces, siempre tenía una excusa para ir de un lado a otro, ya sea porque tenía que comprar una coca, visitar el baño, agarrar mi bloqueador, ponerme otras chanclas, secar mi toalla, ir nuevamente por el bloqueador, o por otras chanclas que me gustaban… siempre y cuando el camino fuera a través de las tumbonas codiciadas.
Con este objetivo, llegué a aventurarme, a pesar de mis heredables maldiciones dermatológicas, a la inexplorada zona soleada del recinto. Me sentaba en una tumbona a leer literatura que encontraba en la biblioteca de mi madre, cosas ligeras, cmo El hombre en búsqueda de sentido, de Viktor Frankl, un tratado psicológico sobre la búsqueda de sentido y la sobrevivencia en los campos de concentración nazis, y utilizaba el libro como celosía para mirar de reojo los contornos del seno y el bikini, el agua escurriendo por la piel, justo al lado de mí. De vez en cuando aquella lectura se interrumpía por una cita del filósofo Luis Miguel que expresaba mi éxtasis: “Siento tu cuerpo vibrar, cerca de mí”.
Y realmente era algo que sentía.
Pero a veces no había camastros o no conseguía un ángulo correcto, entonces me subía al departamento, agarraba unos binoculares, y pasaba horas enteras protegido por la distancia, viendo nalgas o senos flotando sobre la superficie del agua. Sucedía también que, mientras aparentaba leer El Señor de los Anillos, la chica en cuestión se zambullía. Entonces simulaba calor y entraba, tras ella, con googles bien puestos. Protegido, según yo, por la opacidad del agua, en ocasiones mi cabeza sumergida llegaba a encontrarse a menos de medio metro de la zona del cuerpo deseado.
Aquello era un descaro. No sé cómo nunca recibí alguna tunda.
Con el tiempo, aquellos arrebatos hormonales cedieron a la templanza de la edad, o, más bien, he encontrado formas más sofisticadas de espiar.
Por supuesto que la playa y la piscina siguen siendo caldos de calentura, máxime tras meses de invierno y primaveras frígidas en los que la población de Barcelona ha ido de aquí para allá cubierta de cuerpo entero, pero falta mucho para que mis hijos descubran esa dimensión pulsante, casi desquiciante, de las albercas.
Lo cual no quiere decir que no sea, a sus tres años, una fuente de otros miedos y placeres. Pues lo que ahora tienen que hacer es librar la batalla más básica: la que se da contra el agua.
Tienen que aprender a flotar.
Y esto quiere decir que, inevitablemente, tendrán que tragar agua, mucha mucha agua, y uno sufre, como padre, al verlos mover los brazos y abrir los ojos desesperadamente, intentando recobrar la respiración tras un chapuzón.
Cada uno tiene su filosofía de como afrontar este elemento. Liel, por ejemplo, le ha perdido el miedo y, como su padre, se zambulle sin pensar en las consecuencias y sin asumir los riesgos. Talya, por otro lado, se queda en la orilla, marcada por una tratante y reciente inmersión en la alberca del camping.
Y, aunque quiere entrar, se agarra con todas sus fuerzas y presa del pánico al hombro o la espalda, rogándome y llorando para que no la suelte.
Pero la tengo que soltar.
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