Si hay una experiencia que vincula a casi todos los judíos de la diáspora en algún momento de su vida, es el majané, palabra hebrea para “campamento”, a la cual le corresponde todo un universo de otras como mifkad, formación de escuadra; peulá, actividad educativa; madrijim, guías y janijim, algo como seguidores.
He asistido a muchos majanés en México, como parte de un movimiento juvenil llamado Macabi Hatzair, y a unos Jewish Day Camps en Massachusetts y Nueva York. En estos campamentos, fuera de casa, lejos de la familia, se tejen las vivencias más importantes y más traumáticas —sobre esto, les recomiendo el libro de Eduardo Halfón, Tarantula— de la juventud judía.
Conservo muchos recuerdos de las casas de campaña sudadas y las caminatas nocturnas, y mi esposa austriaca, Yvonne, también, solo que no de estancias en Morelos o Guerrero, sino en los Alpes, junto con otros judíos europeos.
Y es que, para las comunidades más pequeñas, los campamentos son la oportunidad para que los niños se sientan como parte de algo más grande. Me he enterado de algunos que realizan las comunidades a lo largo del Mar Adriático y otros realizados por judíos de los países de la ex Unión Soviética.
Los majanés son cosa de niños y adolescentes. Solo conozco un puñado que se realice entre familias, uno de ellos organizado por la comunidad judía de Atid, en un camping de la Costa Brava, del cual me enteré hace dos semanas.
Cuando Yvonne me informó nuestra participación, se activó —al final de cuentas, soy escritor— mi instinto antisocial. No quería ir. Qué hueva.
Pero ¿qué se le va a hacer? Uno es extranjero en un nuevo país y tiene que construir lazos y aprovechar cualquier oportunidad.
Así que fuimos.
En pleno puente.
Con una carriola doble que, además de sus pasajeros, cargaba con: a) una nevera con una sandía, dos pepinos, una cebolla, jitomates y queso feta para hacer una ensalada griega “tropical” para la cena comunal; b) una bolsa para los snacks con palitos de pan, agua y plátanos. c) una bolsa pañalera con múltiples mudas de calzones, pañales y una vacinica plegable, además de todo tipo de ungüentos, cremas, geles y sprays, atrayentes y repelentes. Y una enorme maleta rosa de rüeditas con: a) ropa para todo, b) juguetes de playa, c) flotties, trajes de baño y toallas, d) otra vacinica plegable, e) etcéteras.
El día de la partida tomamos la estúpida decisión de no llevar a los niños a la guardería, así que tuvimos que hacer todos los preparativos con esos bultos trepados encima y, al final, resignarnos a salir tres horas tarde, con el departamento hecho una pocilga, para tomar el taxi.
Que no nunca llegó.
Así que, con todo y un niño delirante, por no querer treparse al autobús, nos subimos a uno, que, en poco tiempo, se atiborró con estudiantes de la cercana universidad técnica, de regreso a sus casas, así como trabajadores y adolescentes, que iban a Barcelona a pasar el viernes por la noche. Liel no dejó de hacer berrinches mientras Talya dormía y yo intentaba leer Dune en mi ereader, parado, con un brazo agarrado al tubo, y haciendo malabares para no caerme sobre la carriola en mi esquina del vehículo.
Nos bajamos y nos adentramos a otra caja de sardinas.
Que ahora corría sobre un riel.
Una hermosa ruta de tren, el R1, que avanza frente al mar, aunque con dos niños uno apenas puede disfrutar de esa vista; sí puede, en cambio, reflexionar sobre la extravagancia de cortar el acceso a la playa para que los pasajeros de un tren puedan sumirse en un estado oceánico. Una línea histórica que, según leí, se encuentra en riesgo de ser literalmente devorada por el mar debido al cambio climático.
Si ya estaba desesperado, Liel casi se rasga la ropa en el trayecto al intentar por todos los medios salirse de su amarre. Y por si fuera poco, cuando el cuarteto de judíos errantes se bajó por fin en la estación y Liel se había tranquilizado, fue Talya la que, ante un sol inclemente y sin que encontráramos la manera de cruzar las vías del tren para llegar al camping del lado de la playa, armó un escándalo por querer que le compráramos unos inflables que parecían globos.
Por fin llegamos a la descuidada y cincuentera edificación blanca de recepción del camping, un enorme espacio en una zona de pinos justo frente al Mar Mediterráneo que se divide en tres: una sombreada zona de bungalows de madera y pasto artificial; una zona de piscina, restaurante y supermercado, que me recordó al tiempo compartido que visitábamos en Puerto Vallarta, y un estacionamiento donde RVs y campers despliegan sus gadgets para la vida on the road— antenas parabólicas, toldos retráctiles, mesitas y sofas plegables—, que, francamente me quitaron las ganas de emprender ese tipo de turismo; al final de cuentas, lo único que están haciendo estos “aventureros” es prolongando el tiempo que pasan en el coche.
Pero lo que más impresión me causó fue toparme, de camino a mi cabaña, con una marabunta sincronizada de señoras y algunos señores con extravagantes mallas y playeras de colores psicodélicos con las palabras Zumba Vibes estampadas al frente. Un monstruo con miles de manos y pies que durante toda la estancia se encargó de “amenizarla” con el bajo a todo volumen y la música imparable y que, para darnos la bienvenida, bailaba una versión salsera de Thriller de Michael Jackson. Nunca dejaron de bailar. Cada vez que iba al supermercado repleto de productos franceses pero sobre todo alemanes (”les encanta lo de los RVs”, me dijo Yvonne) a comprar una leche o un pan me topaba con los insaciables zumba zombies en su cuarta o quinta reencarnación.
Y aquella sensación de enajenación, de los españoles y sus campings, de los alemanes y sus RVs, de los zumberos y sus caderas descontroladas, y de los turistas en general, solo se incrementó aún más al encontrarme, en aquella primera noche, rezando en un círculo con una rabina vestida de pantalones rosas junto con judíos venezolanos, ingleses, chilenos, mexicanos, pero sobre todo argentinos, muchos argentinos, en nuestro pasillo frente al mar y con la mirada en el horizonte, pues ahí se encuentra Jerusalén.
De cuando en cuando, algunas parejas que paseaban sobre el camino de terracería frente a las cabañas se detenían para contemplar a ese grupo de encapuchados que sostenían libros y cantaban semi-armónicamente, convencidos, seguramente, de que éramos miembros de una extraña secta, lo cual no es tan far off. Y lo más curioso de todo era que en el pasillo de al lado otro grupo cantaba, al igual que nosotros, y hubo un momento en el que me pregunté cuántos clanes habitaban aquel lugar.
Y suficientemente desconcertado me sentía por todo el asunto para poder relajarme, máxime cuando paso todos los días solo y de pronto tengo que interactuar con desconocidos, para encontrarme de pronto, a mis cuarenta años, nuevamente en el papel de janij en todo tipo de peulot para “romper el hielo”. Actividades que ya conozco hasta la saciedad pues son la carne que alimenta todos los congresos y encuentro judíos. Pero funcionan. Al final uno termina por sentirse, aunque sea temporalmente, como parte de una comunidad, a pesar de nunca antes haber oido de ella. Inclusive cuando, inevitablemente, entre los argentinos, la conversación sobre identidad judía y La Situación se tornaba en un acalorado simposio sobre el pasado, el presente y el futuro del fútbol local, nacional, regional y mundial, con su despliegue de comparativos y métricas de cada jugador y repasos de eventos fundacionales y discusiones sobre lo que dijo Maradona o Messi antes o después de quién sabe qué jugada o de ir al baño o de lavarse los dientes.
Y si usted ha llegado hasta aquí, le aclaro, por si no lo intuye, que toda esta amena socialización se realizó bajo el cobijo de tres individuos con lentes oscuros, una misteriosa cangurera y un walkie talkie al oído que, durante todas las actividades, permanecían alertas o recorrían la circunferencia y revisaban las inmediaciones y analizaban a los transeúntes para detectar y neutralizar una posible amenaza. Uno como judío les pierde la vista eventualmente a esos elementos de seguridad comunitaria, pasan a ser parte del trasfondo, y uno se resigna a aceptar que, inclusive en aquel lugar paradisiaco, puede haber alguien que le quiera pegar un tiro a un familiar o explotar una bomba en tu bungalow.
Y lo que más sorprendió el último día fue enterarme que aquel novedoso ritual del majané familiar se lleva celebrando durante quince años, y han participado generaciones de judíos. Judíos que, en algún momento, fueron, como nosotros, desconocidos, inmigrantes, recién llegados a este país y a esta ciudad, y que, como nosotros, tuvieron que atravesar momentos incómodos y hacer actividades de niños que parecen ridúculas, a sus cuarenta, o cincuenta años. Todo, para volver a empezar.
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