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Cuadernos de Barcelona · Feb 8, 2026

Sobre el miedo al viento.

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Alan Grabinsky · Cuadernos de Barcelona

Cuando observamos a los seres que habitan en el fondo del mar, pocas veces nos sorprende el hecho de que, de vez en cuando, alguna marea los levante y los deposite en otro lugar. Muchos de estos animales tienen caparazones duros para sobrevivir a los vaivenes o se resguardan en corales o rocas hasta que pase el peligro.

Ellos nos ven a nosotros y se preguntan cómo sobrevivimos sin armaduras, inconscientes de lo volátil de nuestro entorno. Como ellos, nos construimos caparazones y los habitamos bajo la idea de que nos protegerán de las materializaciones más extremas de nuestro elemento. Y creemos estar seguros: nadie se pone a pensar que en cualquier instante puede descender una marea aérea y destruirlo todo.

Hasta que sucede.

Cuando uno ha experimentado en carne propia el poder del viento, su capacidad de transformarse en una pared y tumbar refrigeradores y tráileres, atravesar concreto, hacer estallar ventanas, arrancar el plafón del techo y doblar a un edificio de quince pisos como si fuera una vela, adquiere conciencia de lo frágil y permeable que son nuestras membranas. De lo frágil que es esa ilusión entre un afuera y un adentro, al que llamamos hogar.

Aquella noche en Acapulco pasamos cuatro horas en un closet con nuestros mellizos de cuatro meses y dos noches más, sobreviviendo el naufragio de lo que, durante décadas, había sido mi segundo hogar.

Yo había dejado recientemente mi trabajo como editor en una organización civil especializada en desastres naturales. Había visitado restos de casas en Juchitán, en Oaxaca, tras un terremoto, y tiendas de venezolanos que sobrevivían en los asfixiantes pantanos en la frontera de Colombia con Venezuela.

Buscando explicaciones, me adentré en la literatura del cambio climático, lo cual me convenció de que nos adentrábamos en una nueva época de escala geológica.

Lo que no creí era que fuera a convertirme en refugiado climático. Que la aceleración del tiempo fuera a sentirse con tal brutalidad a escala individual.

Otis nos convenció de salirnos de México. Y, como queríamos vivir junto al mar, decidimos que Barcelona sería una buena opción.

Pero resulta que Barcelona se encuentra en el planeta Tierra. Cuando llegamos, una terrible sequía había decimado los recursos hídricos de la ciudad. Se hablaba de traer plantas de desalinización flotantes, barcos que limpiaran el agua del mar y mantuvieran a la ciudad a flote. Por todos lados había carteles rogándoles a los ciudadanos que no desperdiciaran agua.

Nosotros trajimos la lluvia.

Durante dos días el año pasado, el cielo se colapsó en una cortina impenetrable de agua y desde entonces no ha parado de llover en el invierno. Estuve en Nueva York durante el huracán Sandy, y perdí mi casa en el terremoto de México, del 2017. Estas experiencias me han acostumbrado a la escena de voluntarios en filas para la entrega de víveres. Como los que se formaron afuera de mi casa, el año pasado, para los afectados de la DANA.

Pero el viento.

Ese sí me tomó por sorpresa.

Desde los setenta, cuando Serrat escribió la única canción suya que me gusta, Mediterráneo, el viento extremo forma parte de la vida en Barcelona, y supongo que en cualquier ciudad costera, donde no haya montañas para quebrar su recorrido, pienso en los Nortes, de Veracruz.

Serrat utiliza una palabra: vendaval.

Son tan fuertes que nos hemos acostumbrado a recibir notificaciones en el app de la guardería, ubicada frente a una zona de pinos, de que alguno (tres, en el último) se había desplomado, arrancado de sus raíces con las cuales sostenía su edificio.Llegan a tener ochenta kilómetros por hora.

No es nada.

Aún recuerdo el amanecer, tras la catástrofe de Acapulco. El desvelamiento, por parte de los rayos del sol, de la escala de destrucción.

Como una bomba nuclear.

Los árboles de alrededor, parte de un rico ecosistema de manglares y bosque tropical, todos, todos arrancados de raíz. En su lugar, hectáreas y hectáreas de un nuevo desierto con palitos como de cerillos; los tlaquaches y pájaros, buscando desesperadamente resguardarse de la inusitada visibilidad.

Comprenderá entonces, querido lector, que, para alguien que ha atestiguado tal grado de destrucción, el silbido del viento, cuando se filtra por los huecos de la ventana de nuestra recámara, cala hondo.

Sucedió, el último lunes. Una noche en la cual nos invadió un terror primitivo. Yvonne me dijo que se sentía como en un mal viaje, como si el músculo de sus piernas y caderas se le estuviera pegando a los huesos.

Una delirante noche de miedo que solo logré templar con mis tapones para los oídos.

Pero pasó. Y a pesar de todo, estoy agradecido con el huracán Otis, por arrancarme toda ilusión de seguridad, por enseñarme que no hay un afuera del clima, y revelarme que soy como esos calamares y crustáceos que habitan en el suelo arenoso del océano.

Y en cualquier momento puede venir una fuerte corriente área, un vendaval, que le ponga fin a mis certezas.

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Read the original on alangrabinsky.substack.com

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