RSS Amplifier

Cuadernos de Barcelona · Jan 27, 2026

Sobre el safarí de intimidades.

0
Sign in to vote or save

Alan Grabinsky · Cuadernos de Barcelona

El sábado pasado, tras hacer uso del espacioso departamento de un amigo, le pedí una membresía.

En casa no cabemos. En la sala hay dos tendederos. En la cocina, bolsas de ropa sucia. En el comedor, la cama de nuestra perra, Josefina. La lavandería se desparrama en la cocina y la sala; los juegos de los niños, en el baño; la recámara, en su cuarto.

Vivimos en la intersección de un diagrama Venn —si un diagrama Venn pudiera apestar a medallones de salmón a la mantequilla— razón por la cual no invitamos a nadie, no vaya a ser que no encuentre una esquina en la cual recargarse.

Al valiente que se atreva a adentrarse a nuestro piso le advierto que lo primero con lo que se topará será un único pasillo de medio metro de anchura y tres closets de Ikea hinchados de toallas, chamarras, baberos, traje de baño, mochilas, bolsas, gorros, sudaderas, bolsas de caca para perro y una barroca colección de lo que nos hemos olvidado de bajar a la bodega. Sobre los closets: cajas de cartón, una pila de sombreros, una mochila de natación y varias carpas para la playa. Y aun más chamarras y gorros, además de las llaves y la correa de Josefina en ganchos que hacen que los closets parezcan degenerados arbolitos de Navidad .

La sala es un campo de obstáculos, es más cómodo echarse sobre la cama que en el sofá. Pero también nos queda pequeña: por las noches, tras la invasión por parte de los de los vecinitos, la superficie queen size se convierte en un juego de Tetris en el que los padres cumplen la función de paréntesis, usando su cuerpo para proteger a los críos del desfiladero; noches karatekas tras las cuales se amanece con dolores en las piernas, la espalda, los hombros y el cuello.

Faltaría, como dice el chiste judío, meter una cabra.

La situación era previsible y nos la debíamos haber olido cuando descubrimos que nuestra carriola no pasaba por la puerta del ascensor. Ese aparato es tan pequeño y lento que genera una fila de vecinos en el vestíbulo, la mayoría de los cuales, tras sumirse en largas y acaloradas discusiones euclidianas sobre las formas geométricas que caben o no aquel vehículo pastilla, tienen que apretar la barriga para participar en aquellos encuentros cercanos del primer tipo.

Nos la debíamos haber olido, digo, pero estábamos huyendo de México y de un huracán categoría cinco, y fuimos seducidos por la terraza —ahora una bodega al aire libre— que duplica el metraje total, además de las hermosas vistas a la montaña y el mar que brindan la ilusión de amplitud.

La mayoría de los españoles viven en pequeños pisos. De ahí que la vida social sea afuera: se la viven, por ejemplo, en bares.

Pero yo no.

Y lo insostenible de nuestra situación se me volvió patente al caer en cuenta de que nos habíamos convertido en okupas de salas ajenas, ya sea mediante un intercambio económico, como en los family clubs, la auto-invitación a pisos más grades de amigos, o de plano la toma de un sillón, durante todo un día, del enorme vestíbulo del Museo del Diseño.

Por eso, y con miras a expandir nuestra Lebensraum, desde hace medio año nos hemos embarcado en un arriesgado safari de bienes raíces. Eso de visitar casas es raro. Por un lado, uno tiene que vaciar mentalmente el espacio y colmarlo con combinaciones de lo propio; por otro, tiene que descifrar la personalidad del que ahi habita, a partir de la disposición del bricolaje, sobre todo, si es con quien se va a negociar.

Nos hemos adentrado en decenas de casas y departamentos y hemos detectado regularidades. Abundan en hábitats ajenos las fotos de graduaciones, celebraciones, vacaciones o de estudio de los críos, padres, abuelos; en casi todas he encontrado trofeos, diplomas o medallas de torneos, estudios o competencias deportivas. Los refrigeradores son una pizarra de avisos comunitarios y las salas están distribuidas alrededor de la televisión, inclusive cuando obstruye una gran vista.

En lo que difieren es en los contenidos.

Y es ahí donde comienza la ficción.

Nos adentramos en un pequeño departamento repleto de enormes baúles y muebles de época de madera, negros, rescatados, según nos enteramos, de una venta de una casa anterior, más grande, y que le daba a todo un aire de bodega trágica. Una señora con peluca y su hija se sentaban silenciosamente en un sofá en la sala mientras nosotros inspeccionábamos su hogar. En un pequeño estudio había un piano de pared. Sobre él colgaban todo tipo de diplomas de conservatorios de música europeos.

—Ella era una pianista muy reconocida—susurró el agente, a modo de explicación.

Nos adentramos en la casa de una libanesa que, además de un Tesla y refrigeradores inteligentes con pantalla táctil y dos Alexas, tenía un robot inteligente, en cada piso.

Nos adentramos en una casa pintada de colores mexicanos en cuyo ático la dueña, una señora mayor, nos confesó que plantaba mariguana y otros psicodélicos, y que se encontraba decorada con cuadros de temática indígena, pintados por el esposo, quien me dijo orgullosamente que le habían dicho que su estilo era colorista (yo entendí colonialista).

Nos adentramos en una mansión atiborrada de porcelanas y muebles abigarrados de una señora rusa. Tras inspeccionar el cuarto del hijo adolescente — decorado con banderas, un cartel pro-LGBT (Liberty, Guns, Bravery, Trump) y unas tiernas postales del camarada Stalin— nos topamos con que la casa era habitada, no por una, sino por, al menos, tres familias diferentes, cada una de las cuales ocupaba un espacio recóndito del recinto, lo cual le daba a todo un aire de burdel del siglo dieciocho.

Entramos, como contrapunto, e inmediatamente después, a la casa minimalista de un danés. Limpia, cálida, sobria: sin objeto alguno fuera de closets y armarios y la puerta del refrigerador completamente vacía.

Las razones que motivan la transacción —vejez, divorcio, desempleo, falta de fondos— son desconocidas muchas veces, pero la disposición de los objetos bastan. Como menciona Robert Alter en Imagined Cities: Urban Experience and the Language of the Novel, desde el auge de las ciudades en los siglos XIX y XX, la literatura ha sido ese tránsito de interiores, un descifrar personajes a través de su setting íntimo. Desde el departamento cómodo de Madame Bovary hasta la mansión derruida de la señorita Havisham, en Great Expectations, los detalles de cómo viven los demás, en la ficción, nos facilitan un mapa emocional para ubicarnos entre los extraños.

Quizás y deberían leer más novelas los agentes, que siempre buscan domesticar las excentricidades de la flora y la fauna local traduciéndolas a lo que, según ellos, son las imaginadas preferencias de sus clientes (“podrías poner una tele aquí, podría ser una sala de billar”). O al menos para poder advertirles sobre los posibles riesgos o shock de adentrarse en cierto ecosistema.

Pues, como dirían los novelistas de los siglos pasados:

Fachadas vemos, interiores no sabemos.

Sin posts

Read the original on alangrabinsky.substack.com

Comments

Nothing yet. Say the first thing.

    Sign in to join the conversation.