Imagina que una empresa lanza un producto al mercado y después de décadas de uso los datos muestran que cerca del 50% de quienes lo adquieren, lo abandonan porque dejó de funcionar o no cumplió lo prometido.
¿Lo comprarías sin cuestionarlo? ¿Defenderías el diseño si no te funcionó? ¿O exigirías que revisen su arquitectura?
Ahora miremos la exclusividad en las relaciones de pareja.
En buena parte de Occidente, las tasas de divorcio han oscilado históricamente entre el 40% y el 50%. A esto se suman las rupturas en relaciones no formalizadas y los datos sobre infidelidad, que diversos estudios sitúan en porcentajes significativos a lo largo de la vida relacional.
Y sin embargo, frente a estas cifras, rara vez cuestionamos el modelo predominante de exclusividad romántica. Cuestionamos a las personas. Decimos que faltó compromiso. Que alguien no supo amar. Que los valores se perdieron. Pero casi nunca analizamos la estructura del acuerdo.
La monogamia, como señalan la antropología y la historia social, no surgió exclusivamente como una expresión romántica. Durante siglos estuvo ligada a la organización de herencias, de la propiedad privada, de filiación y del control social. Era, ante todo, un sistema económico y jurídico.
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El romanticismo del siglo XIX añadió la idea de que la misma persona a la que te unías debía ser también la fuente de pasión, intimidad emocional y sentido existencial.
Hoy le pedimos a la pareja algo aún más ambicioso: que sea amante, mejor amigx, confidente, co-terapeuta, socix financierx, compañerx de crianza y de proyecto de vida… durante décadas.
Como señala la terapeuta y autora Esther Perel, estamos intentando que una sola relación nos proporcione simultáneamente seguridad y misterio, estabilidad y novedad, pertenencia y libertad. Esta tensión entre eros y apego no es trivial, porque no siempre se alimentan de la misma fuente psicológica.
Desde la psicología del apego, investigadores como John Bowlby, mostraron que los seres humanos necesitamos vínculos seguros para desarrollarnos. Pero seguridad no es lo mismo que control y exclusividad no es sinónimo automático de apego seguro.
Además, estudios de instituciones como la American Psychological Association, han documentado que la calidad relacional no depende únicamente del modelo relacional… monógamo o no monógamo, sino de variables como comunicación, regulación emocional, equidad percibida y manejo del conflicto.
Es decir, el éxito no reside exclusivamente en el modelo, sino en cómo se diseña y se practica. Entonces la pregunta es si hemos elegido con consciencia la exclusividad.
¿La deseo porque se alinea con mis valores y mi estructura emocional? ¿O porque es el único modelo socialmente validado?
Porque cuando un modelo no se cuestiona, deja de ser elección y se convierte en mandato cultural. Y cuando algo es mandato, la transgresión se experimenta como falla moral, no como señal de que el diseño tal vez necesita revisión.
Cuestionar la exclusividad no es promover la no monogamia. Los modelos no monógamos también exigen altísimos niveles de comunicación, regulación emocional y claridad ética. Elegir una relación sin exclusividad no es un atajo.
La cuestión es más profunda: ¿estamos evaluando críticamente nuestros acuerdos o simplemente repitiendo lo heredado? Tal vez el problema no es que “las personas no sepamos amar”, sino que no nos enseñaron a diseñar conscientemente nuestros acuerdos relacionales.
Si eliges exclusividad después de examinarla, conversar sus límites, explicitar expectativas y asumir sus desafíos, entonces es una elección consciente. Pero si nunca la cuestionaste, entonces no es exactamente una elección. Es una herencia cultural no revisada.
Y si decides amar, obviamente aceptando que amar nunca incluye controlar, necesitas pasar de la herencia a la consciencia. Porque no se trata de cambiar de modelo relacional solo por rebeldía. Se trata de dejar de vivirlo por inercia.
¿Elegiste tu forma de relacionarte después de analizarla… o simplemente la aceptaste porque era la única socialmente aprobada?
Y aquí es donde aparece el vértigo. Porque cuestionar el modelo no solo es un ejercicio intelectual. Es una experiencia emocional. Es darte cuenta de que quizá lo que dabas por obvio… no era tan obvio. Que lo que sentías como certeza… era costumbre. Que lo que defendías como verdad… bien podía ser miedo.
El vértigo ante lo desconocido no surge porque estés destruyendo el amor. Surge porque estás soltando la ilusión de control.
Cuando revisas la exclusividad —o cualquier acuerdo relacional— no solo estás cuestionando una norma cultural. Estás cuestionando la fuente de tu seguridad. Y eso mueve el cuerpo. Activa la ansiedad. Despierta pensamientos catastróficos.
Es más fácil defender el modelo que atravesar la incertidumbre de replantearlo.
Crecer emocionalmente implica tolerar la incomodidad de no tener respuestas definitivas. Tal vez vas a seguir eligiendo la exclusividad. Tal vez no.
Lo importante es que la elección sea consciente. Porque el amor consciente no elimina el miedo, sino que aprende a sostenerlo sin obedecerlo.
Y es justo ahí —en ese punto donde el miedo no dirige pero tampoco desaparece— donde comienza la libertad. No la libertad de hacer lo que quieras, sino la libertad de elegir con consciencia. Y eso, inevitablemente, produce vértigo. Un vértigo que no siempre es señal de caída, sino que a veces es señal de expansión.
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Adriana Reinking

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