Nos hicieron creer que solo podemos amar —de forma erótica y afectiva— a una sola persona. Pero nuestra capacidad de amar y desear no se limita a un solo corazón ni a un solo cuerpo.
Para que el amor entre dos personas dure, tiene que poder transformarse, pues no es lo mismo la etapa de conquista que la del enamoramiento. Tampoco se parece la vida de pareja en los primeros años de convivencia a la etapa de la crianza. El sexo apasionado del inicio tampoco es igual al sexo que, con el paso del tiempo, se cultiva para compartir placer, intimidad y complicidad.
El sentimiento hacia la persona con la que convives durante años —mientras construyen un hogar, una historia y muchas veces una familia— inevitablemente va cambiando.
Pero muchas personas creen que el amor “verdadero” debería sentirse siempre igual que al principio y solo de forma exclusiva. Y cuando eso no ocurre, aparece la desilusión.
Una desilusión tan profunda que, en lugar de permitir que el amor evolucione, termina convirtiéndose en un obstáculo para seguir amando. Y no podemos negar el hecho de que para muchísimas personas llega un momento en el que aparece el deseo de experimentar eróticamente con alguien que no es su pareja.
Y cuando eso sucede, muchas veces es posible amar a esa otra persona de una manera completamente distinta que a la pareja.
Es un amor diferente. Otra forma de conexión que no necesariamente significa que dejemos de mostrar el amor, que seguimos sintiendo, por la persona con la que compartimos la vida —por el padre o la madre de los hijos, por el compañero o compañera de camino. Y esto ocurre incluso cuando no hay hijos.
Por el miedo a perder lo que tanto amamos y por la falta de valentía para compartir lo que estamos sintiendo muchas veces aparece el engaño. No siempre como un acto de traición deliberada, sino como una forma torpe de proteger lo que no queremos perder: nuestra autonomía, nuestra familia, nuestra historia compartida.
Se oculta lo nuevo intentando no destruir lo que ya existe. No es la forma más honesta de hacerlo. Pero sí es, muchas veces, la forma en que los seres humanos intentamos resolver un conflicto para el que nadie nos enseñó un lenguaje.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de hacernos preguntas cuyas respuestas, en el fondo, ya conocemos.
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Para que una relación amorosa dure, tiene que poder transformarse… y también expandirse.
Pero nuestro miedo a aceptarlo lo impide.
Nos guste o no, el constante deterioro del sistema patriarcal y el invento de los anticonceptivos han ayudado a que las mujeres tengamos más autonomía, independencia y libertad. Y, sin embargo, todavía hay hombres que se resisten al cambio ya sea por la fuerza física, económica o emocional.
Y aunque el feminismo sigue impulsando a las mujeres a ejercer su libertad y a rescatar su sexualidad del sistema que las oprime, en cuestión de relaciones de pareja a los hombres se les tolera aquello que a las mujeres no… que sientan deseo por otras personas.
Si antes el objetivo del matrimonio era la procreación, la producción y la supervivencia, en la actualidad es posible vivir el erotismo sin casarse. Ya muchas personas cuestionan el matrimonio convencional como el único estilo relacional válido. Y al cuestionarse la finalidad del matrimonio surge la liberación sexual, amenazando los códigos conservadores. Cuestionamos y replanteamos la forma de relacionarnos. Las normas cambiaron y lo que antes estaba prohibido, ahora forma parte de un amplio catálogo de lo que podemos elegir hacer, explorar y probar.
El enamoramiento, sin embargo, sigue empujando a infinidad de parejas a prometer exclusividad, promesa que pocos logran cumplir cuando la pasión se esfuma. Se sigue confundiendo el amor romántico con saber amar de forma práctica, se confunde desear sexualmente a una persona con amarla y el enamoramiento con el amor.
Y pasa porque enamorarse es fácil: sucede, irrumpe, nos sorprende. Amar, en cambio, requiere decisión, conciencia, responsabilidad emocional y una capacidad constante de revisar nuestras propias creencias.
Prometer exclusividad desde el enamoramiento muchas veces no es una elección consciente, sino una extensión del miedo: miedo a perder, a no ser suficiente, a no ser elegidx. Y desde ese miedo construimos acuerdos que, con el tiempo, se vuelven difíciles de sostener no porque el amor haya desaparecido, sino porque esos acuerdos nunca fueron diseñados desde la realidad de quienes somos, sino desde lo que aprendimos que “deberíamos ser”.
Tal vez lo que tenemos que cuestionarnos no es si el matrimonio o la exclusividad funcionan o no, sino desde dónde elijo la exclusividad.
¿Elegiste ser exclusivx con tu pareja desde la libertad o desde el miedo? ¿Desde el deseo genuino de no volver a conectar con nadie más o desde la necesidad de seguridad?
Porque cuando una relación se vive como elección amorosa y no como obligación cultural, deja de ser una estructura rígida que “debemos” sostener… y se convierte en un espacio vivo, que evoluciona junto con quienes lo habitan.
Y quizá ahí podemos aprender otra forma de amar: una donde no se trata de poseer al otro, sino de encontrarse con él —una y otra vez— desde el amor y la libertad.
Tal vez hemos puesto el foco en el lugar equivocado. Hemos creído que el amor se mide por la capacidad de no desear a nadie más, cuando en realidad podría medirse por la honestidad, la empatía, la libertad y la forma en que elegimos cuidar al otro incluso cuando nuestra naturaleza no monógama nos confronta.
Desear a alguien más no es el fin del amor con tu compañero o compañera de vida. Es, solamente, el posible inicio de una conversación incómoda que pocos se atreven a tener. Porque aceptar que podemos sentir atracción, curiosidad o incluso conexión con otras personas rompe con la narrativa que nos enseñaron… pero también abre la puerta a relaciones más conscientes, menos idealizadas y más amorosas.
El problema no es sentir o no deseo. El problema es todo lo que construimos alrededor de eso: el silencio, la culpa, la mentira y el miedo.
Puedes aprender que amar no es dejar de sentir por otros… sino descubrir cómo sostener lo que hemos construido, al mismo tiempo de ser fieles a lo que sentimos sin traicionarnos ni traicionar al otro.
Y entonces, amar deja de ser una promesa de exclusividad eterna… para convertirse en un comportamiento de amabilidad constante.
Porque el amor no se acaba cuando uno desea a alguien más, sino cuando dejan de amarse.
Así que el verdadero acto de amor no es prometer que nunca miraremos hacia afuera de la relación… sino, incluso haciéndolo… elegir, una y otra vez, cómo queremos seguir amando dentro.
Porque el amor no se acaba cuando deseas a alguien más… es cuando se revela.
Atrévete a cuestionar tus certezas.
Abrazo con cariño.
Adriana Reinking
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